PÓLVORA Y AZAHAR

Me preparo para la emboscada. Voy a cruzar el parque desde abajo, desde el sur. Aguardo el  asalto en la mañana. Nada más asomar la cuesta, las sirenas me acosan, agazapadas en los puestos repletos de libros tendidos al sol abrazador.

—Compra uno, solo uno, anda, compra.

No me dejaré convencer, pienso mientras me llega desde algún lugar un intenso aroma a azahar, como si alguien hubiera abierto un frasco gigante, todo un patio de naranjos en mi nariz, de pronto.  Desde un puesto, un librero advierte a otro de que va a prender fuego a algo, un reguero oscuro, como de pólvora, en un plato viejo bien alejado del puesto, sobre la acera. Vaya, cómo está de animada hoy la cuesta.

— Lo hizo mi hijo ayer, con su juego de química. A ver si arde.

Los pocos transeúntes observan con un libro en las manos

Acerca una cerilla y el reguero se incendia. Los dos hombres se echan para atrás entre risas y susto. Huele a humo. Huele a pólvora en la mañana. A pólvora y azahar. Los pocos transeúntes (una hermosa mujer morena y el que podría ser su hijo de unos veinte años en un puesto más abajo) observan la humareda desde cierta distancia, con un libro en las manos. No puedo evitar inhalar el humo, detenido un instante, desconcertado:  absurdo y, sin embargo, no me resulta extraño.  En fin, juegos de sirenas.  Seguiré mi camino y atravesaré el Retiro una vez más, un nuevo día, una nueva vida que brota con cada sol, que hoy es de invierno y esparce ya el fulgor del mediodía. Bajo el reinado de la mañana, me dirijo a la inauguración de una exposición de una pareja de artistas nórdicos en el Círculo de Bellas Artes. Él es de Copenhague y se llama Lars Karlsson. Ella es sueca, de Malmo, y se llama Lena Moln. El editor me ha liado y tengo que escribir una reseña para Cultura. Creo que me quiere cambiar de sección. La muestra se llama “La construcción del amor”. Viene directa de Copenhague, donde los críticos de arte la han puesto por las nubes, me dice el jefe.

—¿Por las nubes?

—Sí. Sospechoso, ¿no?

No sé si soy yo quien ha hablado o si es mi editor el que lo dice, leyéndome el pensamiento. En cualquier caso, pongo cara de fastidio. No me van las exposiciones de vanguardia. Me resultan cargantes. Aunque si viene de Copenhague…Humm, giro la cabeza de lado a lado como para sacudirme el recuerdo de  Ruth, en Christiania, en Copenhague, cuando me reclutó para Novella… Y de la visita posterior a Malmo, cuando el óxido corroía mi sueño… (ver https://blogdelasnubes.com/2016/05/07/oxido/)

—Pues quiero  algo más que tus impresiones —el jefe no está para ensueños—. Quiero un reportaje sobre el papel del arte en los tiempos neosalvajes que se aproximan, que ya están aquí. ¿Podrá curar nuestras almas, enfermas de autoaislamiento? ¿Las agravará con su pretenciosidad en el entorno narcisista al que hemos claudicado? —¡ay!, ese es mi editor. Convierte una exposición petarda en una medida de los tiempos y la vida. Un poco exagerado. Aunque reconozco que sus encargos suelen dar juego.

…deslumbrado por la luz que lamía los cantos de los libros

Superada la prueba de la cuesta, la mañana se desenmascara: es ella la verdadera sirena y me asalta entre senderos arbolados tan familiares. Aún distraído con el reciente olor a pólvora y azahar, caigo deslumbrado por la misma luz que antes lamía los cantos de los libros en la cuesta de los libreros y que ahora inunda el paseo del Ángel Caído. Me habla al oído: te confirmo otro día de vida en la tierra, otro mar por navegar, aprovéchalo, antes de que llegue la tarde. Y no es un día cualquiera. No: es laborable. ¿Quién puebla el parque una mañana laborable? Solo los afortunados. Yo tan solo lo cruzo, camino de mi ocupación. ¿Por qué me siento tan ligero? Es como si el viento soplara bajo mis pies y caminara sobre un colchón de aire.

Me planto frente a su tronco, brazo fuerte que se incrusta en el cielo

Solo después de dar tres vueltas sin saber por qué a un mismo árbol gigante me planto frente a su tronco impresionante, un brazo fuerte y entramado que se incrusta en el cielo. Su copa se mece majestuosa, invitada a bailar por el viento. De sus ramas, en sus extremos, parecen colgar hojas caducas y perennes, esplendorosas caducifolias y acículas, ágiles hebras y frutos de colores variados, tan atractivos como juguetes, que van del rojo al azul, pasando por multitud de verdes y amarillos, todos distintos, pero ninguno chillón, en este árbol imposible como un sueño. Todos llegan directos a su destino (el cerebro reconstructor) en un único momento de impacto colosal: estaba prevenido, pero he caído en la emboscada sin poder evitarlo. Atrapado sin remedio en la mañana intento seguir las indicaciones de las ramas. Señalan grácilmente distintas direcciones del parque. Una, de verde intenso, cuajado de primavera, me transporta a la parte de atrás del Palacio de Cristal.

Verde cuajado de primavera que me transporta a la parte de atrás del Palacio de Cristal

Vivo el primer gran desconcierto, una vuelta amarga a la casilla de salida entre praderas y árboles urbanos, entre jubilados y petanca, en la mañana, que aún quiere oler a la pólvora y el azahar, pese a lo cual los versos se agolpan en la cabeza para escribir una canción que vivirá para siempre. Querría quedarme ahí, en aquella mañana, pero para qué, parece decir otra rama, de verde apagado, conjugado, que me saca de allí y me transporta a otra mañana de invierno, tan triste, sin futuro, probablemente en el mismo día del calendario de hoy, años después, en que, ya mayor, con todos los ritos previos cumplidos, incluidos la mili, el desamor y el desempleo, me asomaba al vértigo del mundo adulto sin fe, sin expectativas. Sin descanso, una rama colgante como de sauce, empapada, con olor a lluvia, me urge a revisitar otra pradera, en donde cierro los ojos, apoyada la cabeza en un regazo blando que late mientas yo respiro y trato de imaginar qué es lo que viene ahora que emprendo nuevos estudios, que el sueño toca materia. Intento agarrar la rama con la mano, exprimir su jugo mágico, que me permita revivir ese tacto aún tímido que luego inflamará los cuerpos y traerá el primer gran amor. Ah, septiembre, mojado de lluvia de otoño, poblado de primeros besos, ceño y torpe conocimiento que atesoro (también fue dulce, ¿recuerdas?). Adiós. Y giro hacia esa otra rama que me acaricia el hombro y me invita a mirar hacia otro lado del parque. De repente la ciudad se calla para no distraer los pensamientos del adolescente sentado en ese otro banco, que busca trascender pero aún no sabe cómo.

…ese otro día en el Palacio de Cristal, bañado de ocre y lluvia

En el fondo, desea que llegue ese otro día en el Palacio de Cristal, bañado de ocre y lluvia y un cuerpo blando. Pero antes tendrá que pasar por otros momentos, otras pruebas. Como no puede imaginarlo aún, se inventa una realidad compleja, alejada de la superficie, que compense la ausencia de ese contacto que ya llegará. Ah, y esta otra rama con hojas como de arce rojo me lleva al trote por un circuito deportivo, acompañado. Reímos, bromeamos, nos acordaremos tantos años después, unidos en nuestra nube surgida de las cenizas de pólvora y azahar. Todo se ha vuelto el mismo momento. La matemática, la física, la cuarta dimensión, la ciencia, el tiempo universal, el presente, ese arma tan formidable, desde la que ordenar la masa vivida, la materia que da sentido a esta vida orgánica surgida de miles de amaneceres y que puebla la ciudad. Y una vez más, los muertos. La conexión con todo lo anterior, el homenaje, el agradecimiento, la memoria como arma de futuro. ¿De verdad ocurrió todo así, o lo invento para enfrentar la inevitable llegada de la tarde? Junto al árbol se eleva una montaña hojas que huelen a fermentación. El otoño ya terminó, aún no han retirado sus restos. El invierno reina pero no gobierna en esta mañana junto al árbol de los recuerdos en la que os respiro y me hincho de vosotros, los otros, mis semejantes, mis amigos, mis amantes, mi razón, mi historia. El colchón de hojas amortigua la caída, vuelvo a pisar la tierra. 

Me sabe a beso reciente, a promesa de futuro

De  todas las bifurcaciones a la vista, todas arboladas,  escojo un camino claro para seguir en la mañana. Qué hermoso está hoy el árbol de los recuerdos, pero ya me voy. Una última hebra, un último fruto, de color carne, colgando desde una rama muy baja, me acaricia la cara. Me sabe a beso reciente, a promesa de futuro. Su lengua vegetal roza las comisuras de mis labios antes de acariciarme el oído con un mensaje:

— 3 x 20

El ritmo de unos tambores de fondo, que llegan desde el paseo junto al estanque, me devuelve al presente. Si se puede imaginar un único latido de la ciudad, los tambores lo representan, lo amplifican, conectan con el mío. Una voz rotunda de hombre se acompasa al sonido, una voz  entrenada en muchos mercadillos.

3 x 20: Tres maquetas del parque por 20

—¡El Retiroooooo: Tres maquetas del parque por 20. Una por diez! —mientras me acerco a él, el sonido de los tambores se vuelve ensordecedor: proviene de una docena de jóvenes fibrosos, chicos y chicas, que baten y bailan perfectamente conjuntados, envidiables juncos salvajes brotados del estanque, agitados por la mañana. Quien grita es un joven gitano que se amolda al ciclo de los tambores para lanzar su mensaje justo cuando paran las baquetas.

— 3 x 20: las tres maquetas, El Retiro completo, por veinte. Los tres colores, verde, azul y rojo. Una por diez — y vuelven a arrancar los tambores.

Nunca he visto una maqueta del Retiro

Nunca he visto una maqueta del Retiro. No se me ocurre que a nadie le pueda interesar, más que a mí, en este momento. Estas son extrañas. Apenas tienen relieve. Parecen preparadas para encajar una sobre otra.

— ¿3 x 20? —inquiero con extrañeza, aturdido por la sacudida de los tambores.

—Matemática muy simple.

No puedo evitar un gesto de superioridad ante el comentario. El hombre se sobrepone:

—El amor siempre se refugia en las matemáticas, caballero. Todo cabe en ellas. Llévese las tres maquetas y lo comprobará.

—¿3 x 20? —repito, obstinado. Siento que los números enuncian otra realidad distinta de la económica.

—Si hablamos de dinero, son 20 euros. Si hablamos de otras cosas, eso ya es asunto suyo.

El billete azul abandona la cartera sin que pueda dejar de mirar a las tres maquetas (¡casi diría plaquetas!) superpuestas. 3 x 20. Todas tienen una base de cristal transparente. La luz vertical que las atraviesa en la mañana dibuja sobre el suelo un plano del Retiro muy desdibujado, como la realidad hace tan solo unos minutos junto al extraño árbol. Todos los lugares que me acaba de señalar el parque vibran en la imagen que se forma en el suelo. La materialización tan evidente, tan real del recuerdo se arranca a latir en mí, provocándome una agitación incontrolada mientras ambos corazones, el mío gastado y el que me ha alimentado durante toda la travesía del parque, buscan la sincronía.  El gitano me agarra del antebrazo, para apaciguarme, me indica la salida más próxima, la de la Plaza de la Independencia.

—Debe salir cuanto antes. Está a punto de entrar la tarde. Le llevo yo —el gitano me señala un tuk-tuk, un “bicicarro” como los que hay a la puerta del parque, para turistas.

Atrapado en el parque, con un ataque de hipermnesia

Me doy cuenta de que es casi la una,  la hora prevista para la inauguración en el círculo de Bellas Artes. Y estoy atrapado en el Retiro, con un ataque de hipermnesia, tres maquetas y un gitano que me ayuda a introducirlas en la mochila. Me entrega las instrucciones respectivas. No sabía que una maqueta casi plana de cristal las necesitara.

—Lea primero las de la primera maqueta, mientras yo le llevo. Agárrese y no haga tonterías que hay por aquí mu mala gente.

Me acomodo aún aturdido en el asiento y saco la primera hoja. El gitano arranca sin dejar de controlar movimiento a su alrededor, vigilante. Tiene mucha fuerza. El aire en la cara es frío. Voy a leer la hoja pero está casi totalmente en blanco. Solo un encabezado: “1 x 20= PÓLVORA Y AZAHAR”. Cierro los ojos y siento el vértigo de la aventura, una vez más. Con el papel en la mano, puedo escuchar el tac-tac de la máquina de escribir dentro de mi cabeza mientras volamos hacia el Círculo de Bellas Artes.

***

1 x 20= PÓLVORA Y AZAHAR

— ¡Qué desastre!— mi padre me está esperando cuando al fin aparezco después de cuatro días fiesta. He perdido el autobús de vuelta, en el que venían  mis amigos. Me quedé un día más, porque no me podía levantar de la borrachera. Su rostro se desmorona. Eso no se debe decir. Se lo podía haber ahorrado. Aún tengo que digerir la fiesta, el abandono de mis estudios apenas un mes antes sin saber qué voy a hacer, el disgusto que lleva impreso en la cara mi padre. Solo acabo de cumplir veinte años.

—¡Qué desastre! —resuena el eco por el pasillo de la conciencia mientras me refugio en mi habitación, confuso, agotado, dislocado. Regreso de la experiencia más brutal vivida hasta entonces. Y también de cerrar en falso el primer gran sueño de mi vida.

***

Amanece entre olor a pólvora y azahar

Amanece en la ciudad entre olor a pólvora y azahar. Se ha quemado todo lo que se podía quemar en los últimos tres días. Es un San Juan adelantado. Con la llegada de la nueva luz, con la nueva estación, el aroma del naranjo se cuela por la ventana abierta de un piso urbano y se impone poco a poco sobre el olor agrio de la pólvora quemada, que se obstina en prolongar el recuerdo abrasador de las noches precedentes. Ahí estás, en la misma habitación con ella, ante la primera encrucijada importante de tu vida, hablando y escuchando, sintiendo, probablemente maldiciendo por no haberla esperado, qué tienes, muchacho, acepta, igual que invocas, el juego, la ilusión, la apuesta mediterránea fechada poco antes, entre mar y palmeras, suelo seco pero increíblemente fértil, sobre todo para ti, que solo conoces el norte. Las palabras han viajado en carta, han regresado una y otra vez, generando espera, expectativa, emoción, preparación para el encuentro, enviando señales sobre el otro, la letra, la puntuación, el destinatario, el remitente. Años y sueños de amor, escarceos y escaramuzas, tan torpes como necesarias, convergen de pronto en el viaje: salir al encuentro del otro, aún envueltos en el grupo. Ahora, toda una pandilla se va a crear alrededor de esta expectativa tuya, que impulsa el viaje: la fiesta es en una ciudad junto al mar, a punto de estallar la primavera, que siempre lo hace allí entre ruido, pólvora y azahar. De esta van a surgir emparejamientos duraderos entre tus mejores amigos, vas a conocer a la que romperá para siempre tu pasado de ensueño para embarcarte finalmente en la física de los cuerpos celestes. Pero eso un será un tiempo después.  Quién puede imaginar todo esto en el autobús de ida, cuando aún nos acabamos de conocer, todos y todas, a ambos extremos de la carretera, aquí y allí. Vaya: ella, atrapada entre palmeras familiares, no va a estar. Y todo esto era para verla, para comprobar. Al final, después de todo, se va a perder el encuentro entre dos pandillas cuyo único nexo es tu interés en ver a la que, precisamente, no va a poder ir. Pero la fiesta no espera. Es su misión. Tres días y sus tres noches por delante. Sin pasado, sin futuro. Solo presente.  

La fiesta los absorbe, los regurgita

 Veinteañeros fibrosos de pelo largo, listos para ser despachados por sus contrapartes, chicas en flor, en los próximos días, aceptados, elegidos, revolcados, intoxicados de la esencia de la pólvora y el azahar. La calle tomada por la gente, una experiencia nueva, sin control, los padres a cientos de kilómetros, la luz de la ciudad junto al mar, las horas que se beben, la sensación de novedad y fuerza, la desinhibición del grupo y el alcohol, cada paso sobre un tapiz de flores y desafío. La fiesta los recibe, los absorbe, los regurgita. Tan distinto todo a lo imaginado, al sueño que ha creado la correspondencia escrita, al recuerdo del rostro aún poco retenido que se dibuja en la mente con excitación al recoger las cartas del buzón. Todo estalla sin miramientos entre olor a pólvora y azahar.  Los vapores de esta primera incursión en la inimaginable explosión de libertad y descontrol te desmayan en los brazos imprevistos. Deseo, alcohol,  veinte años, una decena de sacos de dormir alineados en un salón,  todos por el suelo,  todo por el suelo, la ciudad abierta, recorrida, pubs de nombres gloriosos, Tres Tristes Tigres, y la música: Fleetwood Mac y su himno, “Don’t stop”, arrancándote hacia la pista por un instante de las manos expertas, las que no correspondían, según el sueño, pero que te esperan cuando vuelves, brincado, exprimido por la música, entregado sin remedio al destino. Las horas son vasos llenos de alcohol, las calles una pista de pruebas, la luz del día una extraña bendición que pone en pausa la noche. Nadie escapa al influjo de la fiesta. Nadie imagina el fin de la fiesta, cuando acabe la pólvora, cuando haya que subirse de vuelta al autobús, cuando haya que regresar al angustioso presente, en el que hay padres preocupados, pero también una inspiración poética, musical, más intensa que nunca antes. Y sientes que te debes a ella, a que debes alimentarla con cuanto te ocurra. Y a la vez, sigues anhelando el sueño del amor y la correspondencia, una combinación de la educación y algo único, que no tiene explicación y te seguirá sorprendiendo siempre: tú. Infancia y adolescencia lo han precedido, han fabricado algo potente, delgado y fuerte, un sueño con piernas, con cuerpo de veinte años unido a todo lo anterior. Una bomba o un bombón, entregados a la celebración más salvaje de la vida. Al cabo de tres días, nadie es igual. Como sabremos después, los que no fueron a este viaje se perdieron un acto fundacional, el principio de la vida adulta.  

Después de tres días de fiesta, se presenta a los restos

Quizás ella lo intuye. Por eso, después de tres días de fiesta, se presenta a los restos, seguramente alertada del terremoto. Amanece el cuarto día y están frente a frente. El amanecer los ilumina juntos, primera luz de primavera, perfecta para instalar el recuerdo con marco de oro en la perfecta máquina de la memoria. Los han dejado a solas, en un salón, toda la noche. Todos sabían más de ellos que ellos mismos. Eso suele ocurrir, aprenderás mucho más tarde. Durante meses, el deseo se ha construido sobre palabras. Ahora están solos, con sus silencios y la atmósfera desbocada de la calle, que entra atenuada por la ventana. Palabras, noche, más palabras, amanecer. Nadie resiste eso sin besar, aunque en medio se interpongan tres días de fiesta.  Qué hermoso, beso ansiado, universo sellado, puerta a la madurez. Son los labios deseados antes de la fiesta. Pero no son los únicos de esos días. La realidad pesa toneladas, los silencios se apoderan más y más de la mañana, la ilusión se frena, retrocede a cada paso que damos por la calle mientras, en la ciudad, los restos de fiesta se entregan a la autoridad.  En la resaca de azahar y de noche, eres incapaz de comprender aún el daño infligido. El primer día de primavera es también el último de esta relación de amanecer. Mañana, con dolorosa dificultad, empezará otra, que durará siempre, quién lo diría.  Pero, aunque no habrá más besos, el tiempo creará algo hermoso, porque, al menos antes de la pólvora hubo un sueño. También mañana, al llegar de vuelta a casa, comenzará la vida adulta. Primera lección: nada es gratis, ni siquiera los sueños.

—¡Qué desastre, hijo!

Sí, papá.

 ***

(FIN DE LA PRIMERA PARTE). 1 X 20.

PRÓXIMAMENTE: 2 X 20 Y 3 X 20.

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