LA TEMPESTAD

 

IMG_0082La barriga reventona, el último día: es cosa de mañana o pasado. ¿Estamos listos? Sentados en un banco de Lavapiés en donde lo gitano aún prevalece sobre el color de la inmigración, la tarde de sábado se va en una última contemplación de la ciudad, de la juventud, del mundo tal como lo hemos conocido desde que nos conocemos. Lo que viene, una vez más, es el futuro. Y está en su barriga. Parece un futuro con sentido. ¿Lo hemos logrado?

***

Teléfono 1— ¿Lena? Soy Raquel, una compañera suya…, de la revista. Nos presentó Julián el día que fuiste a la redacción. Ese día que él traía cara de susto porque casi había tenido un accidente. ¿No te acuerdas? Entré en la sala donde estabais reunidos para ofreceros un café.

El silencio al otro lado me preocupa, más que incomodarme. Está ahí. Es ella, Lena, la camarera. Estoy segura. Vamos, confía en mí. Yo también quiero ayudarle, como él intenta sacaros de aquí.  Pero es que ha desaparecido. Hace varios días que no se pasa por la revista. Me envió un mensaje antes de esfumarse, de quedar fuera de cobertura. Con suerte, desapareció de sus radares también. Vamos, Lena, por favor, contesta. Necesito que me ayudes a encontrarle. Si tú no puedes, al menos ponme en contacto con Novella. Ellos tienen más recursos. Julián está en peligro, lo sé.

— Por favor, Lena, sé que estás ahí, al otro lado del teléfono. Necesito que me ayudes. Tenemos que encontrarlo. Le ha pasado algo. Reacciona, por favor. Si él no aparece, poco podrá hacerse por vosotros.

La oigo respirar, la muy cretina.

—¡Vamos, tía, joder!

Ya no oigo la respiración. La he cagado. Ahora escucharé el click de fin de llamada. No hay derecho, joder.

—¿Raquel? Sí, claro que me acuerdo. Me llamaron la atención tu flequillo y tus zapatillas de colores. No sé, no me pegaba para una periodista. Oye, no nos estarán escuchando, ¿verdad?

Qué alivio. Es mi único hilo. No te pienso soltar, Lena.

—Mejor en persona. Confía en mí.

Mensaje móvil

El mensaje me llegó en dos partes. Al recibir la primera, me asusté. Pensé que el texto inconcluso indicaba lo peor. Pero luego, media hora después llegó la segunda. Al menos, se despedía.

 

***

IMG_0046Me han seguido hasta aquí. Ese Jacobo, de la Normal, no suelta el mordisco. La culpa es de Ramiro. ¿Por qué me citó en este puerto de montaña después de haber guardado silencio todos estos meses? Es más fácil despistar a un sabueso en la ciudad. Aquí no pierde el rastro fácilmente. Mezclarse con los excursionistas es arriesgado. Incluso él puede ser uno de ellos. No conozco su rostro. Y cada vez que me cruzo con un par de jóvenes en la subida y escruto sus saludos, espero no detectar ningún acento foráneo. Ramiro no está para subir por estos riscos. Acabaré conociendo a alguien nuevo de Novella hoy, seguro. O quizá incluso aparezca ella, Ruth. Y volveremos a estar en la montaña juntos. El sueño de la montaña. Miro en derredor: picos enhiestos, el valle frondoso abajo, los árboles, como las laderas, aún cubiertas por restos de nieve. ¿Por qué me atrae hacia aquí, por qué me tima así? Igual que con Ramiro, pero él ya no está para estos trotes, y con cuántos más. Cómo sé que no ha atraído hacia Novella a decenas de incautos como yo, que la poseyeron una vez, o diez. O es ella la que me posee a través de esta obsesión, esta locura de colaborar con su organización, con su causa. Y al hacerlo conscientemente, ella me acoge en su cuerpo y en su alma.

Palmeras Guadalquivir—Este trabajo exige pasión y entrega. No hay medias tintas —Ramiro hablaba bajo las palmeras de la ribera del Guadalquivir—. Te pasas la vida peleado con el presente, batallando sin fin para que no desaparezca el sentido de todo. Para que aquello por lo que peleas no se desvanezca en un instante porque se desmorone tu alrededor. Ruth… —hace una pausa, como si no estuviera seguro de que debe contármelo— me ha devuelto a la senda cada vez que he dudado de todo mi pasado, que es algo que ocurre con más frecuencia de lo que imaginas. ¿O acaso piensas que por ser vasco de Getxo no creo que me he equivocado cien veces, que no he tomado a tiempo las decisiones que podrían haberme llevado a otra vida?

El recuerdo plácido de aquella conversación bajo las palmeras del lado de allá aleja de momento el frío que insiste en anunciarse  en ráfagas en esta zona de alta montaña, igual que las nubes que antes recorrían deshilachadas el cielo sobre mí ahora se vuelven tupidas y cierran el azul. Nada de esto me llega aún pues el recuerdo de Ramiro me retiene bajo el sol del sur.

—Tuve esposa e hijos. Y en ellos no necesitaba buscar la felicidad. La tarde anterior al nacimiento del mayor, me abracé a la barriga de la Miren y le dije: ¿y nosotros? “Ya no es solo nuestra vida”, contestó.  Sí, pero yo nací para cruzar la muga. No puedo dejar de hacerlo. Y ella me dijo: “Ya nos apañaremos”. Siempre tan práctica.

Palmeras guadalquivir 2El viento de poniente doblaba los juncos en la ribera. La tarde intentaba anclarse al reflejo ondulante del sol en las aguas del Guadalquivir. Este trabajo requiere pasión y entrega. Como la vida, según la entiendo, que llega en ráfagas de presente.

Ventisca 2Como el viento helado que me despierta para recordarme que he de hacer frente a la siguiente batalla, la tempestad súbita en la montaña, la ventisca heladora, las nubes cargadas de hielo. Ha sido una insensatez citarnos aquí arriba. O quizá es la prueba definitiva, la que Ruth impone a quienes se han ofrecido a Novella. Porque tal vez no baste con la entrega y la pasión. Y en ese caso, Ruth estaría seleccionando solo a los mejores, los que, además, sobrevivan al temporal.

Sobrevivir. Estoy muy alto y muy alejado del puerto. Y la ventisca me desorienta. Hace unos minutos que me alejé de la senda buscando refugio bajo un árbol y no hay forma de encontrarla. El viento se me cuela por el cuello. El impacto de  agujas de hielo en el rostro y en los ojos me impiden pensar. Me he perdido. Todo es blanco alrededor. Tengo que pedir ayuda. Antes había cobertura. Debo poner un mensaje antes de que se me congelen los dedos. ¿En quién confío? Dios mío. Solo Raquel. Si no salgo de esta, y no hay por qué pensar que vaya a sobrevivir una noche aquí con un equipo tan básico, al menos que alguien continúe mi trabajo, ese que no he hecho pero con el que tanto he soñado: cumplir la misión de Novella, que Ruth se lleve al menos la impresión de que lo di todo.

“Hola, Raquel: Soy Julián. Estoy perdido en la montaña, pero no puedes hacer nada por encontrarme. Acudí a una cita secreta y me ha sorprendido una tremenda tormenta aquí arriba. Creo que me seguían. Si me rescatan, la Normal me echará el guante. Estoy en su lista. La camarera te ayu”

Ventisca 1Interrumpo la escritura al escuchar hablar en inglés a andanadas, que me trae el viento, muy cerca de mí. Voz joven de hombre.

—El hijoputa tienen que estar por aquí. No podemos bajar. Nos perderíamos. Voy a dar las coordenadas por el teléfono de satélite. Al menos nos rescatarán vivos.

La voz femenina que le contesta  lleva la misma tempestad dentro:

—Al diablo el rescate. Vamos a buscar a ese cabrón y llevarlo ante Kink nosotros mismos. No necesitamos ayuda. Suelta ese puto teléfono de satélite. Vamos a quedar como unos inútiles. Aún hay algo de cobertura en el móvil. Vamos a llamar a la otra célula. Tom y Joyce estaban cubriendo el otro lado de la montaña. La próxima vez, a ver si nos dan información más fiable, joder. No tiene sentido duplicar equipos y además, el periodista es nuestro, ¿entiendes?: ¡NUES-TRO!

No lo pienso dos veces y le doy al botón de enviar. Lo que sea que haya conseguido escribir antes de que se me subiera el corazón al cuello ha salido hacia el móvil de Raquel. Ahora escucho callado. Si hablo, si pido ayuda, salvaré la vida. Si no lo hago, tendré que enfrentar la ventisca, que todo lo hiela. ¿No es quizá mejor pedir ayuda, entregarse? ¿Acaso no me entregué ya una vez, asumiendo que pasaba a ser juguete de las aguas, barquito de papel?

***

Reclinado en el banco, me abracé a su barriga. Todo lo que viniera de su cuerpo era sagrado.

—Enséñame la nigra.

—¿La nigra? Qué escándalo, qué van a pensar los gitanos —muerta de risa, se levantó la camisa. La línea nigra se marcaba perfecta sobre la piel reventona de la tripa. El parto era cosa de horas.

Unos días atrás, proyectados sobre su tripa inmensa y preciosa, habíamos recordado nuestros grandes viajes juntos. Nada comparado con lo que venía.

— Y ahora, ¿qué? —mis palabras se quedaron flotando, ondulantes, en el aire, como el reflejo del sol aquella tarde, tantos años después, en las aguas del Guadalquivir—. ¿Eres consciente de que nada será igual?

—Será mejor.

—¿Es posible mejorar lo que hemos tenido?

Se señaló la barriga.

—Lo de aquí dentro es tuyo y mío. Pero no somos ni tú ni yo. Vendrán algunas tempestades.

IMG_0091Apenas habíamos pasado ninguna tormenta de importancia juntos. ¿Qué quería decir?

—No pensarías que la vida iba a ser tan fácil, ¿no?

¿Cómo leer el futuro tan fácilmente? Sin duda, era el instinto de futura madre quien hablaba por ella, ese que los hombres no tenemos. Por eso armamos causas y cosas tan alejadas del suelo. El parto duró casi un día completo y fue tremendo. Cada minuto, cada hora, se confundían con la eternidad. Fue la primera contorsión de la metamorfosis que se avecinaba. El secreto mejor guardado entre las chicas jóvenes, según van alumbrando vidas, para no desalentar a las que tienen dudas, en un deseo casi sectario de que pasen por lo mismo, que traigan vidas al mundo, sin pensárselo demasiado y así tachar de golpe una de las tareas naturales asignadas desde su parte animal.

Nada fue igual después. Simplemente, fue distinto. Y, sí, vinieron las tormentas. Porque navegamos nuevas aguas, probamos la sal de nuevos mares, descubrimos nuevas costas a bordo de nuestra barca insumergible. Novísimas tierras que no nos modelaron por igual, convertidos en seres nuevos, diferentes, quizá nunca ya tan próximos como nos habíamos conocido y, a la vez, compañeros insustituibles de un viaje único, tallados por las tempestades que a partir de entonces batieron nuestra cáscara de nuez. Y muchas veces entró el agua en ella, y muchas veces la achicamos, y perdimos el rumbo, y lo recuperamos. Y tuvimos que alzar la voz para poder escucharnos en el fragor de la tormenta. Y, de pronto, juntamos las cifras de nuestras manos y abrimos los ojos y celebramos: “¡tanto!”. Sí. Solo a una isla no debemos poner rumbo. A Isla Decepción.

 

isla Decepción mapa 1—¿Dónde dices? ¡No te oigo!

—¡A Isla Decepcióooon!

—¡Noooo, a esa noooo!

Y siguieron batiendo las tempestades.

 

***
Ventisca con nubes 1Con esfuerzo creciente, extraigo el móvil del bolsillo de mi anorak y tecleo lo más rápido que puedo. La tormenta de nieve lo engulle todo. Los dedos pierden sensibilidad por momentos, como la mente. La sensación resulta conocida: parece que no vas a salir, aunque hasta ahora siempre lo has superado. Pero mientras ocurre, nada te garantiza que lo vayas a conseguir. Debes prepararte para lo peor. Es mejor avisar, pero no alarmar.

“Raquel, no te preocupes. Ruth sabe dónde estoy. Lena te llevará hasta ella. Es importante que continúes mi trabajo si yo no regreso. Besos. J.”

***

Ha pasado más de un una semana desde que recibí los mensajes de Julián. El editor está preocupado. Creo que sabe más de lo que dice.

—Me pidió unos días libres. No me queda claro si eran estos. Seguro que está en la playa. Se le veía muy estresado. Cuando regrese, volveré a mandarle de viaje al norte. Le sienta bien.

Redacción digitalPor primera vez escucho al editor mostrar aprecio, quiña cariño, hacia Julián. No sé si está relacionado, pero hace una semana rescataron a seis excursionistas perdidos en la tormenta de nieve, en las montañas de aquí. Salieron en las noticias, maltratados por la ventisca, con mantas sobre los hombros, a salvo ya en una carretera. Un padre de familia daba a cámara las gracias a sus rescatadores mientras describía el infierno de toda una noche a la intemperie. Compartió refugio improvisado en el bosque con su esposa, sus hijos y una pareja de norteamericanos jóvenes muy bien equipados.

coches en la nieve 2Al parecer, estos llamaron por teléfono de satélite y dieron su localización exacta, clave para el salvamento. Allí los encontraron los equipos de rescate. Los americanos parecían expertos en supervivencia: habían excavado un refugio en la nieve y encendido un fuego con una bengala, pero luego no quisieron salir en la tele. Lo sé porque llamé a mi amiga Maite, de los servicios informativos de televisión, que estuvo allí cubriendo la noticia:

—Se esfumaron en cuanto la Guardia Civil los trajo al hotel Siete Picos. Esos escondían algo.

Exposición 1Llamo a Lena de nuevo. Sé que no tiene noticias, pero necesito escuchar su voz para calmar mi angustia. Quedamos hace unos días en una exposición de arte para evitar encerronas. Allí, frente a cuadros que mirábamos pero no veíamos, ella me dio las claves para entender el juego de Julián, el sortilegio que viví junto a él la noche de Paul Simon.  Hay un montón de gente como Lena y como el músico que necesitan cruzar al otro lado de la frontera para reforzar nuestra libertad. Novella se encarga de esto y Julián puede haber pagado el precio de su militancia.

Recibo una llamada. Es una voz de hombre, con acento vasco muy marcado.
—Las nubes nunca podrían matar a un tipo como Julián. Si no lo han cogido preso, aparecerá pronto. Quizá solo está batallando consigo mismo, perdido en su propia tormenta. ¿No te ha pasado alguna vez? Las nubes de su cabeza pronto se volverán cúmulos y se colarán en la primavera que ya se siente ahí fuera.

Gracias, Ramiro. Has descargado la angustia de mi corazón.

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***

Calma y tempestad. Desde los dos lados. La canción Both sides now, de Joni Mitchell: “He mirado a las nubes desde los dos lados…” en versión original de J.M. y la mucho más reciente de Dexys Midnight Runners. Muy British. Oh, yeah.

 

Both sides Joni Mitchell

Versión de Dexys Midnight Runners

 

6.000 LEGUAS DE VIAJE BLOGMARINO (LA FELICIDAD)

botas-1LEGUA: antigua unidad de longitud que expresa la distancia que una persona, a pie, o en cabalgadura, puede andar durante una hora; es decir, es una medida itineraria. Y también literaria.

***

La ciudad rueda bajo la moto. El asfalto. El frío de marzo. Hoy las nubes parecen platillos volantes. Terminaré pronto la clase a la hija del teniente. No puedo evitar mirar hacia arriba y aspirar hondo mientras conduzco la moto, atado al trayecto, con prisa.nubes-lenticulares-1

Es tan especial: la tarde, las nubes lenticulares, la mili eterna. Qué cadenas, otros 11 meses aún. Pero la ciudad es mía, las nubes son mías, la vida es mía. ¿Qué vendrá  después de la mili?

***

manos-volante-1Conduzco camino de la redacción. Agarro con fuerza el volante intentando fijar en la mente los temas que voy a llevar a la reunión de contenidos esta mañana, nada más llegar. Necesito imponer mi criterio al jefe: que me quite de cultura y sociedad y me devuelva a investigación. Sí, voy a explicarle que necesito un poco más de tiempo y quizá la ayuda de otro periodista (¿Raquel?) para llegar hasta el fondo del asunto, asegurar que los procedimientos son correctos, que podemos conseguir testimonios comprometedores y que destaparemos la conspiración (trabajando para una organización clandestina me garantizo el testimonio en primera persona: cruzar al músico y, si sobrevivo, reportajearlo o… ¿morir en el intento?) Repaso mentalmente la primera parte, la que aspira al Pulitzer: volver a entrevistar al músico, localizar a la camarera, conocer sus razones para la fuga. ¿Por qué es ella tan importante? Qué difícil es concentrarse a esta hora, adormecido por el tráfico. Coincide con la hora de la epifanía, ese momento del día, en su comienzo, que me suele pillar en algún punto intermedio de la carretera 323 y la sucesión eterna de rotondas suburbanas atestadas de vehículos huraños.

tren-y-nubeLa inclinación del sol me obliga a entrecerrar los ojos. Me aferro al volante para que no se me escape la realidad, pero no puedo evitar que una niebla amable, juguetona, se apodere del habitáculo. Me invade una sensación conocida, próxima, de confort, como de un sitio en el que he estado alguna vez, en mi primera juventud, solo, en algún lugar del campo francés, con mochila, en plena búsqueda, y al que retorno una y otra vez en sueños con la nube de la felicidad planeando sobre mi cabeza como un algodón pegado al cielo. Me siento ascender en busca de esa nube, alargar la mano para tocarla, para conocer de qué están hechas.  Si pudiera confirmar que estoy soñando, diría que es un sueño recurrente, el del anhelo de la felicidad, o de la vida, más bien, que me visita muy a menudo. Pero el problema es que no sé si sueño o no, porque esto me ocurre casi a diario, mientras conduzco hacia el edificio de la revista, que es real como la vida misma que retrata en sus páginas. He intentado repetidas veces (como en un sueño) atrapar ese estadio, retenerlo unos instantes, pero es inútil. Dura muy poco y me lo juego a cara y cruz con el tráfico, lleno de conductores con prisa a esa hora. Para cuando llego a la oficina, se ha desintegrado y me deja en un estado de estupor.

—¡Estúpido! ¡Despierta!

volantazo¡Ostras! Ha faltado poco y la culpa habría sido mía. “¿Despierta?” ¿Cómo sabía que quizá estaba en un sueño? Me quedo temblando, aferrado al volante, clavado en la desviación, con medio coche hincado en la cuneta por el volantazo. No he visto venir el todoterreno y tenía que haberle cedido el paso. Qué raro, le he oído claramente llamarme estúpido, y eso que que tenía la ventana cerrada (la mía siempre está abierta). Me aseguro de tener todo bajo control antes de arrancar de nuevo. Me pongo en movimiento con cuidado, ajeno aún al tráfico que ruge en la rotonda. No puedo reincorporarme.  Tengo que seguir por un camino de tierra unas decenas de metros, hasta que pueda dar la vuelta.

poste-animado-brujaEntre la vegetación que rodea el camino, asoma un poste, claro intruso en el bosque animado  me invita a entrar.

poste-leguas-1El poste sostiene una señal que indica una distancia y un lugar: “Allá: 6.000 leguas”. Me pellizco en medio de la epifanía. Ya estamos otra vez. Si es  Novella, me pilla en un momento fatal. Expulso un poco de aliento, para ver si me huele, por si de pronto aparece Ruth. Puff, hoy no me he lavado los dientes después de desayunar. Abandono coche y camino y me adentro en la vegetación sin perder de vista la señal, que no estaba ayer y que, con seguridad, tampoco estará mañana (me está molando la parte de feria de la clandestinidad. Lo mejor hasta ahora, y que no me oiga, fue el sueño de la montaña. Por mucho que os empeñéis, aquella Ruth era de verdad. Y copulamos sin freno. Ahhh, por Dios, cómo fue aquello). Miro hacia los arbustos más próximos mitad deseando que aparezca, mitad calibrando si serán mullidos para un nuevo ataque de espontánea devoción a la causa. Pero no hay respuesta. Me resigno a mirar de nuevo a la señal en busca de una ídem. No parece haber en la mañana ningún atisbo de arte o sortilegio.

senal-traficoO sea, que la organización no necesita comunicarse conmigo. Mierda. Pero la señal no estaba ayer, ni hace un momento. Y señala hacia la vegetación que rodea el camino de tierra. “Allá”. “6.000 leguas”

Taciturno, comprendo por fin que Ruth no va a aparecer hoy. Que la señal es un recordatorio de que hace casi dos años me depositó un tsunami ante el edificio de la revista que ahora me publica, comienzo de otra etapa. Al principio de estas 6.000 leguas, una enciclopedia reencontrada de la infancia.

img_5797Según los controladores de veredas digitales, a lo largo de esta marcha me he encontrado con unas tres mil quinientas personas que han caminado, de media, casi dos leguas cada uno conmigo, un tiempo más que notable de acompañamiento en esta era de atención fragmentada. Sí, ya sé que con muchos de vosotros he compartido muchas más que dos leguas, pero las estadísticas son así.

No os quito mérito (Recuerdo la obra de Gabriel Miró, “Años y leguas”, la ensoñación modernista del autor alicantino que me enamoró en la primera juventud). ¿A cuánto equivale hoy una legua digital? anos-y-leguas-2A la distancia recorrida por un pensamiento más allá de lo trivial en una lectura en pantalla, una distancia que se mide en profundidad, un tiempo suficiente para sentir el avance por un camino sin prisa, sin distracción, hasta completar el paseo con otro ser humano y despedirte hasta el siguiente encuentro. De pronto, he recorrido cientos y cientos de millas en agradable conversación con conocidos y desconocidos. Con cada uno de ellos he compartido itinerario por bosques, prados, ciudades, montañas, habitaciones con ventanas y sin ventanas, bares, pubs, salas de concierto, lugares íntimos del corazón, bromas y añoranzas. 6.000 leguas desde que salimos, porque salimos juntos. Cada una de esas leguas, un trayecto al paso contigo. Nos hemos obligado a ir despacio, pendientes de la vereda, asombrados de la vida, como al principio. Hilario Camacho y su nube, Lafsalonsón, Neil Young cabalgando hacia la luna, una libreta inquieta, una librera de infancia, unos deseos de adolescencia, narración de cuerpos dispuestos, listos para vibrar en sábado, un Central Park en miniatura, un editor que, en el fondo, sabe que tiene al mejor sabueso de la noticia, que ha pillado ya el rastro de una gran exclusiva. Quizá he abusado de la confianza y a veces me he enrollado en exceso. Si lo he hecho, discúlpenme. Todos mis compañeros de trayecto han resultado ser, cuando menos, corteses. Han escuchado atentos y han creído que les relataba historias cuando, en realidad, recorrían en paralelo sus recuerdos conmigo.

Muro control alt deleteSu amabilidad en estos tiempos veloces, escuchando mi voz cantarina, me ha dado argumentos y fuerzas para parapetarme junto al muro al anochecer y esperar mi momento para cruzar la muga yo también, para saltar al otro lado, junto al músico, la camarera y los demás.

6.000 leguas de lectura blogmarina, que han llegado a toda España y han cruzado el charco a bordo del navío mágico por excelencia: El Nautilus. Hemos buceado bajo su panza, hemos peleado a brazo partido con el pulpo gigante.

portada-libro-kirk-douglasY hemos escuchado la voz grave del capitán Nemo mostrándonos, como en un sueño, la maravilla del viaje blogmarino. Somos sus huéspedes, no sus prisioneros. Pero, ¿por qué sus hombres de uniforme nos imponen tanto? ¿Y esa “N” de sus uniformes? ¿”N” de Nemo, o de “Normal”? ¿Somos verdaderamente libres? Sí, pero solo dentro del Nautilus, insiste Nemo.ventana-nautilus-1 Si lo abandonamos, quedaremos a merced de las fuerzas del mar. Quédense, contemplen la belleza de la vida desde mis ventanas. No salgan ahí fuera. Y sin embargo, salimos, una y otra vez.

Tranquilos, confiad en el periodista: el músico está en buenas manos, con el recuerdo de su amor sublime escondido en la canción que le han robado. También la camarera.

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Todos están listos para llegar al otro lado si vosotros queréis desde las Américas, la vieja Europa,  Asia, África, Oriente y Occidente, todos los lugares desde los que han llegado vuestras voces a lo largo de estos miles de leguas hasta mi atalaya, en donde me parece escuchar constantemente la melodía de la canción robada, que ya he hecho mía después de conocer al músico y compartir su sentimiento.

— Yo no escribo canciones banales —me confesó en la entrevista en el jardín del Museo Romántico—. Y aquella fue la mejor. Tú estás aquí para ayudarme a recuperarla. Por favor, empiezo a desesperar.

Es cierto. Parece desesperado. Quien roba una canción a un músico se apodera de su alma y un hombre sin alma propia vaga por la vida. Novella sabe lo que se hace, pasando a este tipo de gente a un lugar seguro, para que vuelva a ser persona y, quién sabe, quizá así marcar el camino a muchos otros. Suena de fondo en mi mente la canción, que habla de nubes y de amor más allá de la eternidad. Qué carajo, este músico debía estar bien enamorado cuando la compuso. Novella me hizo llegar la documentación que Ramiro tenía sobre él. Recuerdo unas páginas turbadoras, por increíbles, que llevaban por título “La FELICIDAD”. En algún momento, Ramiro debió llegar al corazón del músico si es que este, en verdad, le soltó lo siguiente a modo de retahíla:

LA FELICIDAD

Pareja dibujo 3He sido muy feliz montando en moto. He recorrido la ciudad de arriba a abajo. He conducido por carreteras y caminos, saludando a desconocidos por el hecho de ser humanos. He andado por  veredas y arboledas. He sido muy feliz corriendo suelto de chico, por una acera, con la cartera del colegio colgando como un badajo, escondiéndome de mis amigos que me perseguían sin entender mi juego. He sido muy feliz agarrando una cintura para acercar unos labios, abrazado a una guitarra, acariciando cuerdas y palabras para sembrar los años en una canción.

nino-chapelaHe sido muy feliz sin saberlo, de niño. He crecido feliz, sin saberlo, me he hecho mayor feliz, sin darme cuenta. Todo lo que me rodea es rico, yo soy rico. Mucho más de lo que a veces creo o practico. Cada vez que recuerdo, oh, cada vez que recuerdo, me agarro a la cintura, aplasto la nariz contra el escaparate de la tienda, jadeando, escondido de los amigos, a la caída de una tarde más, sin saber que en ella se oculta para siempre el germen de la nostalgia.

He sido muy feliz practicando la vida, incluso cuando ella me practicaba a mí sin permiso. He sido inmensamente feliz reencontrando a mis padres después del combate. He disfrutado de cada día de visita con mi nueva novia, esa que mi madre miraba ya con tranquilidad y con pena anticipada, pues sabía que no llegaría a conocer a su nieto.  He creído en todos y en todo durante largos períodos, feliz e indocumentado, a merced de la opinión de los demás, de sus tejemanejes, que sabia e inconscientemente he ignorado. He apaciguado oscuros conflictos que no podía comprender, parapetado en mi torre de felicidad a prueba de bombas.

p1110650He conquistado menos corazones de los que se puede imaginar, absorto en una busca unidireccional. He disfrutado del calor de los cuerpos entregados, de los tiempos sin preguntas. He empezado a subir las verdaderas montañas pasados los 40 para encontrar ahí arriba el reflejo que buscaba. He revisitado lugares que quedaron a medias, inventando un presente increíblemente gozoso. Me he pellizcado entonces y he buscado sus labios para confirmarlo.

He apretado las manos que se me han ofrecido y pocas me han producido rechazo. He consultado miradas y siempre he encontrado lo que buscaba en ellas. He bajado a la calle y siempre me han acogido sus viandantes. He criado hijos que me han prestado su infancia. He amado intensamente al ser humano y a aquellas que realmente me enamoraron. He intentado volar y he conocido muchos cielos. He intentado cantar y me he escuchado feliz y eterno. He acariciado piel y acero.

No puedo imaginar la vida sin lucha, a la vez que a veces desespero. Y, sin embargo, he llegado hasta aquí, increíble para un tipo tan disperso.

***

Al llegar a la revista, Charo, la recepcionista, me dice que tengo una visita. Recién llegado desde el bosque animado, me resisto a entrar del todo en el edificio. La recepción es la puerta de contacto con el exterior de donde vengo hoy, arañadas las piernas por tanto arbusto del camino.

—Es una chica —indica con el gesto hacia una chica que permanece de pie, de espaldas, junto a la máquina de café—. Se llama Lena. Dice que es la camarera.

***

Comparto hoy mi felicidad para celebrar vuestras 6.000 lecturas de este blog nebuloso, 6.000 leguas de viaje juntos, maravilloso paseo de a dos, mientras los caminos se insinúan hasta el fondo.

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HOMBRES DE ACCIÓN

—¿Nos quedamos así para siempre?

La frase flota, suspendida en el espacio-tiempo. Recorro la fina línea que junta los cuerpos con el índice, que se despista enroscado a su pelo, al salir fuera de nuestro perímetro  en pos de su voz, esa que acaba de detener la vida con un solo impulso de su boca.

***

hombre-de-accion-de-vitruvioHe decidido alejarme de la academia y convertirme en un hombre de acción. No puedo bucear más en los libros, en los apuntes, en el griego clásico que nunca estudié. Es tarde, demasiado tarde. Todo en la vida me llega con sensación de retraso. Pero hoy estoy iluminado. Toca un grupo llamado The Teardrop Explodes, la última sensación de Londres, originales, finos. Los jóvenes que nos vamos reuniendo en la acera junto al Rock Ola compartimos sensación de avanzadilla, de iluminación exclusiva.

memorias-de-un-hombre-de-accion

Ese ronroneo es parte de la sinfonía que ambienta mi decisión, que he tomado mientras cabalgaba por la ciudad, poseído de vida y energía. Mañana volveré a subirme a la moto, mensajero, pero seré Zalacaín el aventurero, el inquieto Shanti Andía, un piloto de altura o un futuro cruzador de fronteras clandestino de nombre Ramiro. Seré el aventurero que consigue zafarse de los libros de aventuras para vivir la suya propia, impelido, eso sí, por lecturas sísmicas, la última de ellas, la definitiva, un libro sobre el camino, On the road, de Jack Kerouac. Tarde, muy tarde, como dice la canción. Con retraso, añades tú. Por qué siempre tardas tanto en decidirte. Pero esta vez es en serio. Tu vida es la gran aventura. No piensas desaprovecharla.

rockola-puerta-nocheNo tienes tiempo para bucear en los libros de texto, en los aburridos currículos de las facultades de filosofía, en todo lo que retrasa lo fundamental, que es pillar al vuelo el sentido de la vida, de cada noche. El ser y el no ser, la razón y la moral, lo que no entiendo de tu amor, mi deseo loco de tu cuerpo y del viaje, todo está ya en las canciones de Dylan, de Springsteen y, quién sabe, se cuela ya también en las mías. Ahora llega esta nueva generación de creadores cuyo mensaje estético es tan distinto, qué raro se me hace buscar mensajes en su música. Pero, claro, los tiempos han cambiado. Son los ochenta. Y yo no me los pienso perder. No tengo tiempo para los clásicos. La vida está ahí, en el camino.

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nobel-dylanEn la redacción aún cae algún café sobre el Nobel de literatura a Dylan. Nos citamos por mail en la cocina, nos retamos a polemizar con una taza en las manos. Curiosamente, los más belicosos contra el bardo de Minnesota se apoyan en su supuesta pobreza musical, no en el compendio sobre amor y sociedad convulsa, sobre seres errabundos, perdidos, gente que no llega a ningún sitio (¿Existe mejor himno de los 60 que Like a rolling stone?), con el que guió a toda una generación. Después de escuchar a los chicos de deportes, sociedad y nacional contra Dylan (“ los pringaos del Nobel, que no tienen ni idea”), me decido a intervenir, con el café ya frío en las manos:

—Dylan cabalgó los tiempos que estaban cambiando. Desató la pasión colectiva a través de la palabra y la música. Su poesía llegó mucho más lejos que cualquier otra poesía porque lo hizo revestida de música. Así viajó mejor al corazón de la gente. Eso es lo que han premiado. Porque traspasó las fronteras de lo literario y llegó a las masas que ya no podían vivir sin música. Y lo hizo sin corromperse en su largo camino. Cada Dylan nuevo e irreconocible nacía de las cenizas del anterior, al que él mismo había arrojado a la pira.

Raquel, la joven redactora que me acompañó en el concierto de Paul Simon, suelta su taza, que se hace añicos contra el suelo. Se sonroja. Es el improvisado punto final a la enésima polémica de café. Los de cultura me temen. Y ahora, más aún, porque parece que el editor se ha empeñado en retenerme un tiempo en la redacción sin viajar. Me ha enviado temporalmente (“chico, se te está dando muy bien esa proximidad a los creadores”) a cultura y sociedad. A ver cuánto duro ahí. Echo de menos los saltos imprevistos, las invitaciones sospechosas a viajar, echo de menos el puente de Oresund y la torre retorcida de Malmoe, el Central Park a escala del milmillonario Kink. Ahora estoy embarcado en una investigación sobre experimentos sociales, esas cosas que nos llegan en forma de video viral que muestran nuestras contradicciones evidentes y, cuando ya estamos perplejos y angustiados, nos muestran una salida que nos recuerda lo felices que podemos ser. Me huele a guionista de Hollywood y a algoritmo sabihondo. Y a sutil patrocinio de marcas. Quizá porque hasta en el rock and roll he descubierto las trampas, desconfío de tanto contenido afín que nos busca por las redes. Ahora, Silicon Valley, Finlandia, Suiza o Dinamarca se plantean otorgar una renta fija por no trabajar a un colectivo experimental para ver cómo serán las sociedades de un futuro en el que no habrá trabajo para todos gracias a la espléndida tecnología, la que ha apeado materias inútiles, como la filosofía, de las universidades. Jubilados llenos de energía y tiempo libre. ¿Mmm…? No sé, no sé.

big-brother-1984Me suena a Farenheit 451, a 1984, a distopía incómoda sobre mundos futuros que antes ideaban escritores críticos y que ahora alumbran por encargo guionistas bien pagados. Todo lo que sea para entretenernos mientras caminamos hacia ese futuro que era la vida y que ahora ya sabemos que no espera. Un poco denso, quizá. Sí, el editor va a querer rebajarlo.

—No quiero opinión, chico. Es un reportaje. Tienes que informar. De momento, airéate un poco en la Cineteca. Ponen un documental sobre niños que escalan, lo típico que no verías en la tele por miedo de los programadores por fomentar una actividad de riesgo. ¿Quién hace un documental así? A ver quién ese realizador. ¿A quién crees tú que le puede interesar?

pico-himalayaLa montaña. Escalar es gozar de la montaña. El sueño de la montaña. Los picos, los pechos de Ruth, tan cerca del cielo, de las nubes. Niños que escalan suena a pura subversión, a catacumbas, a prédica prohibida en un mundo obsesionado por la seguridad e insensible a la aventura. Y la montaña es el último refugio para las almas doloridas y soñadoras. No creo que pueda haber mejor plan de trabajo que cubrir la presentación de este documental. Y antes de eso, por la mañana, un paseo por el Retiro.

***

img_5243Caen hojas de los árboles sobre los libros usados en el puesto callejero junto al gran parque urbano (se dispara el verso: “Hojas del árbol caídas/ juguetes del viento son”). Unos minutos antes, mis pies abrían surcos por los lechos acolchados de materia vegetal. El sol oblicuo de invierno obliga a entrecerrar los ojos. Pero su inclinación tiene premio: al abrirlos, la vista se llena con la imagen de una joven hundida materialmente en una búsqueda literaria, visión que me admira además de reavivar un sentido siempre despierto por la aventura amorosa. ¿Qué estudiará? Porque no hay duda de que es estudiante. Necesito ambientarme para el nuevo trabajo que me ha encargado el editor, en una mañana inusual y cálida, como tantas cosas en este invierno. Sí, me está sentando bien la proximidad a los creadores. Tengo la excusa perfecta para entablar una conversación con la joven del puesto de libros de la cuesta de Moyano.

—¿Puedo hacerte una pregunta? Soy periodista y estoy haciendo un reportaje sobre creadores, ya sabes, pintores, escritores, músicos, cineastas. Y te veo muy concentrada en tu búsqueda. ¿Es algo para la facultad?

—¿Para la facultad? —es evidente que gana tiempo mientras se pone en situación.

img_5240— Bueno, he deducido, bueno, he pensado que eres estudiante.

—Claro. Estudio filología clásica. Tenemos que leer no sé cuántos libros a lo largo del año. Algunos los pillo por la biblioteca, pero otros los tengo que buscar aquí. Vivo literalmente sumergida entre textos, entre idiomas oficialmente muertos como el latín o el griego antiguo, además del español, el inglés, el árabe y el italiano, que también ayuda.

—¿Y no lees nada de literatura moderna?

—Por supuesto. Pero para mi propio consumo. El último que he leído es En el camino, de Kerouac. Es lo único bueno que escribió, en realidad. Tengo que elegir bien lo que leo, porque no hay tiempo. Tengo la sensación de que llego tarde a todo. Y después de leer ese libro es muy difícil no echarse a la carretera.

Su franqueza me ha desarmado. Aun más, su belleza, su conversación, todo lo que parece ofrecer, me parecen irreales. Me pongo en guardia. Esa chica no existe, o quizá sí, y la hemos descartado de nuestro imaginario después de nadar en pésimas noticias oficiales respecto al mundo, la tecnología y los planes de estudios. Ella corrobora que no son ciertos, que hay esperanza. La chica se ríe ante mi parálisis y me señala la libreta abierta y en blanco. No he podido tomar ni una sola nota. Me meto en el papel. Solo me interesa su nombre, nada más. Para recordar siempre este momento. Garabateo sin sentido. Cuando termino, levanto la mirada, que se cruza con la suya, y se lo pregunto.

—¿Cómo te llamas? No hace falta que me lo digas, es por citarte en el repor… —sueno tan inseguro que no espera a que termine.

—Carolina. Cuarto de Clásicas. Somos los últimos. Cierran la facultad después de nosotros. También trabajo medias jornadas de camarera en el VIPS y dos fines de semana al mes estoy de voluntaria en una ONG. Hoy es uno de esos días raros en los que me permito pasear y holgazanear un rato. Pero eso no lo pongas en el reportaje, ¿eh?

on-the-road-carreteraSu sonrisa lo puede todo.  Acaba de leer En el camino. Una enamorada de las lenguas clásicas.

—¿Te das cuenta de que eres una persona de acción, que vas a conseguir lo que te propongas? —mi mente se pasea por la excitación ante el futuro en la puerta del Rock-Ola.

Ahora es ella la que se sonroja. Seguramente no entiende nada de lo que le digo.

—Gracias. No sé por qué lo dices, pero se agradece la fe de un desconocido cuando se busca tanto como yo busco —se va suavemente, hiriendo mi corazón, que la siente partir como una oportunidad maravillosa de vivir otra vida.

—Espera, Carolina. Necesito preguntarte una última cosa. ¿Qué es el arte para ti?

Carolina refulge en la mañana de invierno. Me resulta imposible escribir nada en la libreta. Me abandono al espectáculo.

—Como Prometeo, que desafió a Zeus al robar la chispa del fuego divino para crear seres humanos, los artistas, al crear, retan a lo establecido, al sistema, que los necesita igual que los devora. Cada pieza creada es un foco de luz en las tinieblas del mundo. Porque en ella condensan buena parte de la vida pasada para iluminar el camino hacia el futuro, que siempre ha sido bastante jodido, al menos por lo que he podido aprender en los libros y en mis largas jornadas como camarera.

Ahora sí, Carolina, ya puedes marchar. Tú y tus espléndidos veintitantos años. Qué suerte, el que te enamore.

***

cineteca-publicoLa sala de la Cineteca está a rebosar de familiares y amigos. Encuentro un sitio libre a duras penas en un lateral. El cineasta termina su presentación, con un micrófono en la mano. Luego habrá coloquio. Pero antes, la proyección a buen volumen sonoro. Se hace el silencio de cuñados, tíos, abuelas, padres, madres, niños protagonistas (de eso va el documental). Solo se escucha a los niños realmente pequeños, los que tienen que salir atropelladamente de la mano de padres jóvenes después de berrear un rato en la oscuridad incomprensible.

De entrada, la música a gran volumen se cuela entre los pliegues de la piel, estira las arrugas de los ojos, espabila, predispone para un viaje que un simple visionado en ordenador o en una pantalla de televisión no conseguiría. Conocemos a los niños protagonistas.

banner-de-jugandoaescalarY también a sus  padres, todos ellos seres de verdad, seres que llevan y traen a los niños de esta actividad tan distinta: escalar paredes rocosas, agarrarse a sus salientes como un juego, una metáfora de lo que podría ser la vida si ella misma no se empeñara en apagar los muchos fuegos que nuestro corazón inicia.

ana-belen-2Niños entre 12 y 15 años sueñan con volar, atados a unas cuerdas que no les libran de la rugosidad de la vida, incluso de un tobillo roto: escalar es, para ellos, lo más natural del mundo. La montaña se abre para ti, te recuerda que siempre hay un vacío bajo tus pies, pero que siempre hay que seguir trepando hacia la cima. Me esfuerzo por buscar mensajes ocultos, pero no los hay. La película es puro gozo sensorial. Todos somos esos niños que quieren subir, subir, solo subir.

Al acabar la proyección, las caras irradian satisfacción. Conocen al cineasta. Lo han acompañado en otras proyecciones. Quizá le han escuchado en comidas familiares explicar cómo pensaba rodar, lo estupendos que eran sus protagonistas. Les ha hecho partícipes de su ilusión, su sueño (“La película tenía que salir” — comenta al finalizar). Y ellos, sus parientes y amigos, están hoy allí, llenando la sala, aplaudiendo a rabiar. Ellos, que han contribuido con su paciencia y su escucha a que el artista no se desvíe de su camino. Más de uno piensa que ya es hora de que asiente la cabeza, que abandone la senda empinada que parece conducir a la cima, pero que se pierde en la niebla. Por qué ese camino, si hay muchos otros para recorrer el monte sin perder de vista el valle. Caminos en los cuales uno encuentra frutos del bosque, gentes corrientes compartiendo la belleza de lo común.

img_5389Pero él insiste en que puede subir. Lo ha hecho varias veces. No solo porque ha rodado a más de 7.000 metros de altitud. Él disfruta también del valle, de la gozosa paternidad de sus dos hijos, le encanta el verdor, las carreteras asfaltadas que desde arriba parecen hilos plateados. Le cuesta tanto explicar que la vista desde la cima no se puede comparar con nada: ahí arriba se divisa, a veces, la chispa del fuego divino de la creación. Solo por esa posibilidad, daría todo por volver a subir, una y otra vez.

Termina la proyección. Recibe abrazos, felicitaciones. Algunas de ellos esconden un gesto de paternalismo: ¿cómo será tu próximo proyecto?, ¿vas a hacerte ya cargo de tu situación? Pero ni siquiera el abrazo sincero de quien le compadece cae en saco roto. Todo es aprovechable para el artista, que bebe siempre de ese primer pase, esa primera lectura, esa primera escucha de familiares y amigos que recuerdan al chaval que fue, con el que jugaron a subir paredes.

Me identifico como periodista al final para poder hacerle unas preguntas. El artista es aún joven, alto, moreno, de barba densa y mirada franca. Se llama Daniel (“¡Dani, Dani”, se escucha por doquier) y tiene muchas millas en la arrugas de los ojos. Y sigue buscando su camino. Sin duda, un hombre de acción.  Asegura que lee mi revista habitualmente.

—El mes pasado lo hice desde el Himalaya, por internet. Me tienes enganchado con tus entregas. Entiendo que el músico está en peligro. Está claro: el robo de su canción le ha sumido en un estado de estupor y, muy posiblemente, se ha enamorado de la camarera esa y no lo puede reconocer, porque él es fiel a un amor antiguo, el de la canción.

¿La camarera? No creo haber mencionado a la camarera en mis reportajes. Y si lo he hecho, ha sido sin desvelar los detalles que yo ya conozco de la historia. De repente, pienso en Carolina, la joven que he conocido por la mañana en el puesto de libros. ¿Es posible enamorarse en un instante, fantasear con abrazarla, desnudos después del amor, y desear que la vida se detenga allí, en el pulso de su cuerpo acompasado a tu respiración? ¿Es una vida de libro o es real, la de un hombre de acción? Pero hasta ahora yo apenas he hablado de la camarera.

—¿Cuánto más conoces de la camarera? —mi pregunta es un cebo, mientras me pongo en guardia. No me gusta nada el joven de aspecto yanqui sentado en la primera fila de butacas, que no nos quita la vista de encima. Podría estar grabando nuestra conversación con el móvil que aprieta en su mano. Suponiendo que sea un teléfono, claro. Detecto un movimiento extraño, una mujer de mediana edad que baja desde una fila más elevada. Mi pregunta se queda sin contestación.

El cineasta extiende la mano hacia la mujer, la recoge y te la entrega. Os deja solos. Navegas por su rostro, sin atreverte a quebrar el silencio. Empiezas a desempaquetar aquel instante de vida detenida. Su piel blanca, que fue camino. Su cuerpo, su temblor. Sobrepasado por la realidad, la encasillas en lo único que te puede ayudar en ese momento.

—¿Eres de Novella? ¿Te envía Ruth? Por Dios, que no seas de la Normal o de Kink.

Su cara, tan cerca de la mía, tan jóvenes.

—¿Cómo estás?

— Por favor, no me digas que eres camarera.

Sonríe y su sonrisa me obsequia con la ternura anterior al chapoteo vital en el que se sumergió el hombre de acción.
img_5392—Soy la madre de ese joven instructor de escalada que guía a los niños en el documental. Por eso estoy aquí. A veces, cuando salíamos al monte, tú solo querías subir, subir. Señalabas las cimas y las figuras diminutas que se movían por las crestas, pero yo no veía el sentido. Al final, qué gracia: tú te fuiste, pero, la montaña se quedó en casa —señala hacia la pantalla y los protagonistas, entre ellos su hijo, repartidos por el escenario.

La canción del músico, su fidelidad al recuerdo, su presente despreciado, la camarera. Las montañas que subí en solitario después de ella.

—Soy profesora en la universidad. ¿Y tú?

—Soy periodista de una revista de papel, o sea, figúrate: como cuando nos reíamos del siglo XIX. Bueno, también se puede leer por internet. Mi editor me tiene siempre ocupado. Creo que ya confía en mí. Estoy preparando un gran reportaje.

—¿Sobre escalada? —su pregunta encierra muchas más incógnitas que la que plantean las palabras.

—Sobre una conspiración para acabar con un tipo de gente, para arrebatarles su don más preciado después de la vida: la sensación de estar vivos.

—¿Quizá te estás implicando demasiado? No te recuerdo capaz de hacer las cosas sin tomar partido. ¿No temes que te pueda pasar algo?

accion-poeticaSu voz transmite preocupación real. Suena a aviso convencido, como si supiera más de lo que dice. Sus palabras me adulan por un instante, pero el recuerdo me estremece. En aquella primera encrucijada, escogimos caminos distintos, embarullados en el amor. En este momento comprendo que eso es, precisamente, lo que pretendo, lo que pretendía: ser un hombre de acción, que no acabase un día que no hubiera estado lleno de color, en la realidad o en la imaginación. Si se cruzan ambas (¿Ruth, la montaña?) querré detener el tiempo una vez más, es lo que llevo haciendo desde entonces. Ahora comprendo: quizá por ello Novella me ha reclutado, el apasionado de una vida que se desarrolla a ambos lados del espejo.

—¿Puede haber algo peor que que no te pase nada? —suspiro pensando en el largo camino hasta aquí, los parones, las magulladuras, las plenitudes que alcancé después de ella.

— Muchas veces me acuerdo de ti, de tu mundo no tan inocuo como crees. Fue dura tu partida.

Y yo de ti. Y compruebo que mi paso por tu vida dejó rastro, inevitable. Como tú. Pero, ¿por qué ahora, por qué aquí?

—Sé lo de Novella, pero lo sé porque yo también he leído el archivo 323-B, el del músico. La Normal se me aproximó hace poco, preguntando por ti. Te están investigando.

Me pongo en guardia. Su rostro de tierno recuerdo se vuelve mármol: ¿es informadora de la Normal? Daniel, el cineasta montañero, regresa a la acción y se interpone entre los dos. La aparta suavemente y ella se va, despidiéndose de mí con la mirada, quién sabe hasta cuándo: ¡hasta la próxima!

—Su hijo ha tenido algunos problemas con la ley. Seguramente, le han ofrecido un trato si colabora. Tiene que decidir si colabora con ellos contra un antiguo amor para ayudar a su hijo. Empiezas a interesar a mucha gente. Ella ha querido decírtelo. Pero a partir de ahora, no sabes si aceptará el trato. Debes cuidarte.

O sea, que ya no solo el músico les interesa. Saben que el periodista trabaja para Novella. Probablemente, hay un nuevo expediente abierto en la Normal con mi perfil. Me pregunto cuál será el número. ¿415-A, quizá? Tengo que acelerar el cruce. De repente, siento el vértigo, el miedo a la libertad, como el preso que recibe de pronto la noticia de que mañana lo sueltan. Al final, quizá no solo tenga que guiar en la huida, sino también huir yo mismo, convertirme en proscrito, como el músico, como los demás que buscan cruzar al otro lado.
vuelves-en-cada-cancion

SÁBADO

jovenes-al-sol-en-terraza-cafeLos sábados por la mañana, la llama aún se enciende con regularidad sospechosa. No importa el tiempo, la época del año. La luz de esa mañana parece llegar desde algún lugar a salvo de todo.  El espíritu se hincha, los pulmones recogen el doble de oxígeno en cada respiración, la ciudad se ofrece como nunca, los proyectos se acumulan en la cabeza.

En la casa familiar, se producía un despertar tardío y gozoso, un desayuno sin prisa, distinto al de los domingos, pues este era el festivo de verdad, al que había que honrar como mandaba nuestra ley, con solemnidad, ritos y comida especial.

La alegría del sábado, sin los tributos del domingo,  se colaba por los resquicios de las puertas, entraba en todas las estancias. La casa se despertaba en varios tiempos, se hacían recados, se acompañaba a la madre, las tiendas estaban abiertas. La librería. Algunos sábados, bajaba por mi calle, en dirección al Retiro, atravesando esquinas que solo se alcanzaban en días especiales, pues nunca llegaba tan lejos entre semana. Palpaba el dinero en el bolsillo al caminar, hacía sonar las monedas y pronunciaba mentalmente el título que me llevaría ese día. Y un sustituto, por si acaso. Y que me atendiera ella, esa chica a la que le pegaba llamarse Carmen o Teresa, joven, de nariz respingona, inevitablemente adulta, o sea, inalcanzable. Nunca hablamos mucho. Qué le iba a decir un niño de 10 años. Y sin embargo, me gustaba su cara, su físico, su nariz, me gustaba ella.

libros-de-los-cincoEra parte del rito de algunos sábados: unos minutos allí, dejando que ella lo hiciera todo: escuchar la campanilla de la puerta a media mañana, responder al “hola” infantil con un “qué tal” que me hacía casi enrojecer, para después escuchar de mis labios un título, rebuscar un poco en la estantería de detrás de ella y ponerlo sobre el mostrador, ofreciéndomelo para tocarlo, olerlo (¡cómo olía al entrar!), admirar su portada, con dibujos de vivos colores de los chicos y chicas que siempre vivían inmersos en la aventura. Quizá me esperaba desde el viernes por la tarde, porque a veces adelantaba mi visita, o incluso me seguía a través de mis lecturas, acudía a la solapa interior de un ejemplar cualquiera e iba tachando los que ya había comprado, se preguntaría por qué este o aquel, siguientes en la lista, no los adquiría. Nuestra conversación era no verbal y ocurría casi siempre en sábado.

Después de comer, la tarde se colaba en el salón a través del ventanal de la terraza.  Desde la altura de la alfombra, en donde me tiraba, los sillones donde se sentaban mis padres parecían castillos. La televisión de la época llenaba de contenido la sobremesa, un momento que había que guardar. Recuerdo la sensación de protección, el pitillo que se encendían los dos, la sonrisa de mi madre, la cabeza de mi padre, dormitando, que asomaba por encima del respaldo del sillón frente a la tele. Por encima de todo, esa sensación de excepción en lo que aún no era capaz de interpretar como rutina semanal, con mi padre en casa en la sobremesa, y ese día no había que ir a misa.

***

bellas-artes-exteriorEl editor me encarga cubrir un festival cultural en el centro, en plena semana de lluvia, el sábado por la tarde. Por la mañana me asomo a la ventana y me parece ver un rayo de sol abriéndose paso entre la cortina de agua. Sin duda, es sábado. En ese rayo de luz, que quizá solo yo veo, cuántas mañanas de sábado llenas de gana y fuerzas, de proyectos, de sueños, y algunas preguntas que trae consigo la lluvia: cuándo habría desaparecido aquella librería, cuándo se extinguió la protección parental, cuánta nostalgia anticipada al compartir aún el hogar con ellos, los padres, y comprobar los destrozos del tiempo. ¿Por qué me envía un sábado lluvioso por la tarde a cubrir un festival literario?

—Un periodista tiene que hacer de todo, no solo viajes exóticos.

— Pero un festival que se llama “EÑE” tiene que dar para poco. Además es en sábado.

— ¿Y qué quieres decir con eso? ¿Cuándo lo van a hacer? ¿En miércoles?

tecla-eneTiene razón. Solo que esta semana de lluvia, para cuando vaya al cubrir el festival, el sábado ya habrá entrado en fase de tarde y se estará transmutando en nostalgia, mala sazón para el periodismo impreso. Aun así, no es razón válida para rechazar una encomienda de tu jefe. Mucho menos cuando te has enrolado en una organización secreta y tienes que llevar, ahora sí, una doble vida. No, señor. Al fin y al cabo, a la tarde le sigue la noche. Y la del sábado tira del mundo. Un buen día saliste de tu hogar y el mundo se vistió de sábado: toda la alegría de sus mañanas sin las obligaciones rituales del festivo. Qué estupendo es hacerte mayor.

vagon-metro-actores-1La vida es como un sábado que nunca termina. ¿O será solo la juventud? El metro también viste de sábado tarde: todos preparados para asaltar la noche, esa que traerá, quizá, el encuentro mágico. Y, si no, al menos, las expectativas. Y tú, a cubrir una reunión de gentes de letras y sus admiradores callados y contenidos, con sus paraguas mojados, arracimados en salas de pésima acústica de un palacio citadino. Se ha cubierto de gloria el editor.

Ni siquiera tienes que acreditarte. Entra todo el que quiere. Será para fomentar la lectura. Esto no ocurre con la música, con el espectáculo. Para eso siempre tienes que acudir a jefes de prensa, normalmente mujeres, que te interrogan sin que te des cuenta antes de colgarte el pase al cuello. Hoy eres uno más del público. ¿No es mejor así, por un día? Un anochecer de junio, golondrinas, una tarde de sábado en casa de tus padres. ¿Por qué no sales, hijo? charlie-brown-pelirrojaMe gusta leer, y además están poniendo Carlitos y Snoopy en la tele. Quieres saber si la linda muchacha pelirroja hace caso por fin a Carlitos.  Y te apetece decirle que vaya a por ella, vamos, no te quedes ahí parado en la caseta de tu amigo Snoopy. Sal a buscarla. ¿Es eso lo que decían en la serie o esta tarde de sábado está aún más tontorrona? ¿O será el influjo del olor a papel impreso de los miles de libros a la venta en el atrio del edificio del festival, que te droga nada más entrar?

Huele a librería. Tus sentidos te ponen en guardia. Te asomas a una sala abarrotada de espectadores que escuchan a unos ponentes de aspecto normal, tirando a vulgar: todos pasan de la mediana edad, hablan de libros, de negocio difícil, de lectura, y también de sueños. O te lo parece. Tomas nota breve, pero tu instinto te saca de allí y te encaminas a otra sala, como de juntas, en la que dos hombres y una mujer (escritores, según compruebas en el programa) levitan sobre sus sillas, al igual que el resto de los asistentes. No es un espejismo. Te restriegas los ojos, dejas por un momento la libreta para poner todos los sentidos en lo que está ocurriendo. Lo que dice uno de ellos te llama la atención.

andres-ibanez-y-pilar-adon-2Tiene ojos claros, gafas, es calvo con una ligera coleta recogida, de mirada intensa y profunda. Y de verbo supremo. Todo lo que dice resuena en algún lugar de ti. Crees conocerlo, pero no de ahora, sino de algún momento anterior, cuando todo era sábado. Él te reconoce entre el público. Eres el único que aún tiene los pies en el suelo. Déjate llevar, te sonríe. Tenemos sorpresas para ti. De repente lo identifico como uno de los amigos del músico, uno de los que  me ha descrito como fundamentales para llevar al otro lado. ¿Por qué —me pregunto— me persigue el sortilegio? Y en ese momento me noto flotar a diez centímetros del suelo. La mujer escritora también está pendiente de mí. Me dirige una bellísima sonrisa que me turba. Reconozco esa nariz, esos ojos, pero no puede ser, aunque ella asiente con suavidad, para tranquilizarme. Miro en el programa. Se llama Constanza. Y el escritor es Ernesto. Cuando terminan, se produce un aterrizaje colectivo. Todos los asistentes se remueven en sus sillas, como recién llegados de otro lugar. Los protagonistas del encuentro reciben felicitaciones de los espectadores, es fácil acercarse, agradecen el contacto. No hay aglomeración. Constanza atiende a un admirador y yo me dirijo a Ernesto, que me agarra de un brazo, me lleva aparte y me dice:

—Tienes que sacarme a mí también, cuando lo saques a él, al músico.

—¿Eres de Novella? ¿Por qué me dices eso?

—El músico y yo nos conocemos desde hace mucho, de cuando los sábados no acababan, de cuando estaba inspirado y enamorado. Creo que esa fuerza le ha vuelto y hay gente interesada en quitársela.

Todo me suena. Lo que cuenta Ernesto añade perspectiva al relato del músico. Así pues, hablamos de un renacimiento. Ernesto certifica mis sospechas de que al sujeto 323-B podríamos llamarlo Renato. ¿Y quién no estaría interesado en controlar las fuerzas que conducen a un resurgimiento?

venta-libros-atrioCon las palabras de Ernesto aún bullendo en mi cabeza, la joven escritora, Constanza, nos aborda.

—Ernesto, tienes que bajar a firmar. Seguro que hay gente esperándote ya.

Constanza me lleva hacia el ventanal, por el que se cuela la noche de la ciudad, limpia después de la descarga de lluvia otoñal. Abre su bolso y extrae una cartera. Saca una fotografía en blanco y negro. Una joven de nariz respingona y pelo moreno posa, junto a una mujer más mayor, a la entrada de una librería. Se adivina apenas, por encima de ellas, el nombre recortado del local: “…lentum”.

—Se llamaba Teresa.

Paralizado por la sorpresa, recorro los rasgos de su rostro hasta convencerme de que no es otro espejismo, como la levitación colectiva de hace unos minutos en esa sala. Otro peinado, más moderno, otra ropa, otra vida, pero la misma nariz, la misma sonrisa, la misma invitación.

—Era mi madre. Me habló de ti muchas veces. De pequeña, cuando leía todo lo que caía en mis manos (¡imagínate: con una madre librera…!), ella me contaba que uno de sus momentos más felices era el sábado por la mañana, cuando te veía aparecer en la librería. Me decía que seguro que te harías escritor, que tenías la mirada y el corazón preparados, que antes o después sabríamos de ti.  Luego, ya ves, crecimos, ella nos dejó hace ya unos años y yo me convertí en escritora. Llevo varias novelas publicadas, que son, esencialmente, la misma novela. Dedico mi vida a la literatura. Es mi pasión. Y la literatura está llena de momentos mágicos, como este encuentro, o quizá debería decir reencuentro. Tantos años después, otro sábado, y aquí estamos. ¿A qué te dedicas? ¿Conoces a Ernesto? Él a ti sí, o al menos eso parece.

La familiaridad del rostro de Constanza anuncia una nueva manifestación de Novella. Esta vez no hay un sueño erótico y trascendente como en la montaña peruana, sino un nuevo sortilegio de la memoria, la infancia feliz retornada en un instante carnal y palpable (porque Constanza me da dos besos al despedirse, porque le agarro el antebrazo y la retengo un momento sin dejar de escrutar su rostro, porque en su sonrisa está toda la literatura que soñé de niño y la que ella escribe ahora, porque es de carne y hueso, es la hija de Teresa, la librera de Talentum, porque me acompaña escaleras abajo, hacia el atrio que huele a librería a causa de los miles de ejemplares en venta del festival, antes de atender a admiradores que la reconocen y la requieren).

—Hasta pronto— es tan amable su despedida.

***

Después de entrevistarme durante dos largas horas en estado de vigilancia con el músico en el jardín del Museo del Romanticismo y de llenar muchas páginas de notas en la libreta (cuántas páginas habrá escritas en la carpeta 323-B de los archivos de la Normal?), me quedaron dudas sobre su papel. ¿Por qué Novella lo considera tan importante? Solo es un ser humano, apasionado y vulnerable, como casi todos, en busca de respuestas. Además, no tengo claro que sea músico. El dice que lo fue en un tiempo, antes de que llegara a su vida el Silencio y que ahora ha resurgido la llama de la creación. Como dice Constanza, puede que esté reescribiendo una y otra vez su obra, su canción, y que eso sea lo que le pone en peligro. Su cara daba miedo cuando me contaba ese período: El Silencio. Se detuvo conmocionado y la pausa prolongada me incomodó. Mientras reanudaba su relato, yo no paraba de mirar hacia todos lados del jardín del Museo del Romanticismo, esperando que en cualquier momento nos saltaran unos agentes de paisano de la Normal o unos aguerridos jóvenes yanquis de Kink. Pero no ocurrió nada. Una mujer joven interrumpió en un momento determinado nuestra entrevista y se lo llevó sin más explicación.

—Ya la continuarán.

La joven le acompañó a la salida, en donde le esperaba una furgoneta. Permanecí en el jardín un rato más, pensando en lo que había leído sobre él en el plan de fuga de Ramiro (el sujeto se llama Juan, aunque se refiere a sí mismo muchas veces como Johnny). Lo que me transmitió durante la entrevista me pareció bien distinto. Por eso me quedó la duda sobre la auténtica importancia de la misión que me han encomendado. Y, sobre todo, si lo que cuenta es verdad o pura invención.

AMÉRICA

bridge-econtraportada-3-con-letrasNo se llevan los discos a la playa. ¿Quién haría algo así? Algo más poderoso que la curiosidad se encendió  en mí cuando vi a esa chica joven, de la edad de mis hermanas mayores, mostrar a otro chico joven la portada del disco con orgullo. Estaban en traje de baño, como yo, como todos.

Los tenía de frente, por lo que yo veía la contraportada del LP: el dúo más famoso, Simon y Garfunkel. Paul Simon apoyaba su cabeza, juguetón y menudo, sobre la espalda de su compañero, alto y erguido. La cámara los había captado mientras caminaban, haciendo las tontadas que hacen los amigos despreocupados. Los jóvenes (que no adultos, sin duda más próximos al ser en pleno aprendizaje que era yo a los 11 años) parecían compartir algo en secreto. Un disco en la playa. Agosto de 1970. Quizá lo acababa de comprar la chica y rebosaba de emoción, necesitaba enseñarlo al chico. O quizá lo había traído el chico porque quería impresionarla. Era una forma de llamar la atención de la mujer que habitaba ya, sin duda, en la joven. Luz de playa, sonido de mar de fondo, gritos de niños, alguna gaviota, ambiente de verano, montes verdes a los lados de la bahía, una isla en medio.

la-playa-de-ondarreta-en-san-sebastianEl niño no es capaz de imaginar aún lo que se traen entre manos los mayores, lo que les hace hablar y llenar de brillo sus ojos, pero intuye que es algo grande, que la juventud es algo grande, que crecer y hacerse mayor es algo grande, es la meta de la vida, la razón de estar, porque debe haber alguna razón para estar aquí y sentir las cosas como él las siente. Al final del verano se dará cuenta de que le gusta una chica, una niña, como él. Y el disco de la playa, aunque no suene allí, está presente, es el objeto que porta el mensaje mágico, el mismo que escuchan sus hermanas mayores a todas horas rodeadas de ese grupo de amigos, el combustible del cohete que las aleja a toda velocidad de la tierra de sus padres. Como otros discos. Como antes hacían, y siguen haciendo, los libros. Sí, el verano se llevará la calma. Para los hermanos mayores, avanzadilla de la vida, llegarán pronto nuevas aventuras y rebeliones. Y todo lo siente el niño, aún sin entender, a través de esas canciones que escapan por la puerta entreabierta de sus habitaciones. Hay algo en el aire, no lo puede interpretar aún, un mensaje revolucionario de los tiempos.

portada-bridgeEl verano se irá pronto, pero el disco de Puente sobre aguas turbulentas (entonces se traducían los títulos) está en la boca de los jóvenes, en sus miradas. Lay-la-lay, cantan todos, la historia de un pobre muchacho de Nueva York que nos cuenta su vida, que termina convertido en boxeador: “I am just a poor boy, though my story… Lay-la-lay…” Una historia de Nueva York, una más que entra por los poros desde la infancia para llenar el subconsciente de retazos de la capital del mundo que adoramos, que imaginamos, la que lo tiene todo, lo bueno y lo malo. También a Dylan lo construyó Nueva York…

Las voces armonizadas de Simon y Garfunkel siembran una nostalgia indescifrable en la conciencia que aún se está formando. El niño curiosea las portadas de los  discos, las fotos de un chico alto, rubio, de pelo rizado y su amigo bajito, moreno.

¿Quién es quién? Y los títulos escritos en la contraportada, Los Sonidos del silencio, la Feria de Scarborough, el Cóndor Pasa, The Boxer, Bridge over troubled water, las palabras que anclan al cartón los mensajes etéreos que esconde el surco, el groove. Groovy, otra canción, todo es groovy, maravilloso.

groovy-portadaEl premio Nadal del 72 se llamará así, Groovy y al verlo en tus manos a los 14 años tu padre te dirá que no es un libro para ti, habla de una generación que se ha rebelado y tiene la fuerza.

En esa estación de paso, el rock progresivo que capta al adolescente borra momentáneamente el recuerdo de la rebelión de sus hermanos mayores. Le llega el turno ahora y sus himnos son distintos. Pero, en pleno despegue abrazado a la fuerza subversiva del rock, se topa con un disco prestado (sí, antes se prestaban discos, que normalmente costaba mucho recuperar), los grandes éxitos de Simon y Garfunkel. Lo pone de corrido y una emoción salvaje le recorre el espinazo, sacudido por el lirismo de America, que nunca antes había escuchado:

greatest-hits-contraportada“Let us be lovers, we’ll marry our fortunes together”. Es la invitación más directa y bonita escuchada nunca en un primer verso. Las palabras, la música, llevan de viaje por un paisaje desconocido, imaginario, precioso, porque el cantante lo recorre de la mano de su chica, todo es cómplice en el amor: ven conmigo, recorramos juntos esta tierra de nombres aborígenes: Saginaw, Michigan, América, esta tierra en la que pondremos a vivir nuestro amor. Pásame un cigarrillo, creo que aún me queda uno en el abrigo, no, nos fumamos el último hace una hora. Qué risa, el hombre de la gabardina parece un espía. Y la luna se alzó sobre una colina mientras el autobús devoraba las millas sin fin. Un clarinete travieso y libre ponía el contrapunto a la nostalgia incontenible que generaba la canción.

carreterea-usa-con-lunaLa belleza de la composición despertó mundos dormidos: América era mucho más que un continente o un país, Estados Unidos: era una idea, un destino, el lugar donde vivir el amor, el sueño de la felicidad, tú y yo. En nuestra educación sentimental, lo asociamos a una geografía ideal y un estilo de vida que nos liberaría de nuestras cadenas externas e internas, de la dictadura de la edad, invitándonos a crear nuestra propia aventura americana, que para algunos fue incluso física, pues se lanzaron a sus paisajes y a sus millas.

***

CONCIERTO DE PAUL SIMON EN MADRIDEl editor me consiguió otro chollo hace unos días. Iba a ir con su mujer al concierto de Paul Simon, pero le surgió un imprevisto familiar (los únicos que creo pueden justificar una ausencia así) y me pasó su entrada. Dio la otra a una redactora de la sección de sociedad, Raquel. La última vez que tocó Paul Simon por aquí fue hace 25 años y ella debía tener entonces 10 o 11. Quedamos en la puerta, cada uno con su entrada, por si acaso. Llegué más tarde y la vi prendada de las decenas de adolescentes que hacían cola desde hace varios días para conseguir el mejor sitio para ver a su ídolo dentro de ¡una semana! La maravillosa ciudad en que vivimos permite estos cambios de paisaje: las adolescentes se hacían al lado en las puertas del pabellón ante el río de vida macerada que acudía a ver al pequeño gran hombre de 75 años capaz de resucitar los sueños que una vez les guiaron, cuyos temas se convirtieron en portadores de agitación a pesar de ser intrínsecamente románticos.

—Yo también hice lo mismo —me suelta Raquel mientras pasamos el control de seguridad.

—¿Colas de una semana?—mi asombro es espontáneo.

—Sí.

fans-adolescentes-3No puedo evitar pensar en lo que nos manipulan las hormonas, los años, las modas, el poder, la pasión siempre, la belleza, en cuya busca acudimos los miles de veteranos de la vida otra noche de otoño. Raquel, con quien mantengo un trato próximo en la redacción, puede ser buena compañía para este concierto. Raquel siempre destila optimismo. No sé cuál es su conexión con Paul Simon y se lo pregunto.

—Mis padres, evidentemente. Quiero saber cómo llegué a esta tierra tan linda. Y creo que Paul Simon estaba allí cuando mis padres buscaban su lugar en el mundo.

Suficiente para mí. Definitivamente, el editor cuenta con algunas joyas en la redacción. Yo solo quiero música hoy, música para afrontar la misión secreta encomendada, que el concierto me dé valor y alegría, porque son las dos cosas que me hacen falta para llevarla a cabo. Guardo una cierta prevención, para no defraudar mis expectativas sobre Paul Simon, y me mantengo alerta, por si Novella quisiera comunicarse conmigo en mitad del concierto, porque empieza a ser costumbre. Voy acompañado, así que lo dudo. Pero la excitación del concierto se suma a la de mi nueva vida clandestina.

Las primeras canciones son antiguas pero recientes, es decir, no son “las” clásicas. Se establece una calma que al principio parecía pura frialdad entre público y cantante. Pero el escenario está lleno de artistas. Cada músico vierte calor y precisión desde la primera canción, la mejor combinación para la interpretación en directo. Y el público ablanda esa primera piel dura del sedimento de los años para mostrar la de debajo, la que siempre ha estado ahí, dorándose al sol de las emociones. Raquel tiembla, o eso me parece. Solo cambiamos miradas entre canción y canción, cuando el termómetro de los aplausos indica cómo sube a toda velocidad la temperatura del pabellón. Hasta que un arpegio de bajos descendentes revienta todas las prevenciones.

—¡Es América! —Raquel pronuncia el título con la voz temblorosa.

— Sí, América —todos los cerrojos de todas las cárceles se abren de golpe.

Raquel me agarra el brazo. Noto sus dedos incrustarse en mis músculos, es la primera vez que nos tocamos. Busca apoyo, un compañero para el viaje que va a arrancar cuando el cantante pronuncie las palabras mágicas. Dios mío, otro sortilegio.

let-us-be-loversLet us be lovers, we’ll marry our fortunes together…

Suaves colinas se dibujan al fondo del horizonte. El foco de luz sobre el cantante en el escenario se convierte en la luna que se alza sobre ellas en el atardecer. Mi compañera de viaje lee una revista mientras yo miro por la ventana del autobús reconociendo el paisaje de esta tierra que es la que dará sentido y lugar a nuestro viaje juntos.

muro-all-gone-to-look-for-americaComo en un sueño, algo me impide girarme hacia ella para reconocer su rostro. Está, es parte de mi aventura, la aventura americana, América, ese lugar que destaca entre las nieblas, el espacio en que soltaremos al ser enamorado que nos desborda. Todos buscamos América, canta Paul Simon.

Raquel, compañera de asiento en este viaje, me mira con los ojos a punto de sucumbir a una enorme una lágrima:

—Suéltate.

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De repente hace frío, estás en una cabaña, bien alto en una montaña pelada que reconoces. Estás de nuevo en los Andes. Es de noche y te agitas en un jergón humilde pero acogedor, empujando en tu sueño a los gringos que hasta hace un rato te amenazaban en un restaurante andino, a ti y a Ruth. Se abre la puerta de la cabaña y entra aún más frío pero, al cerrarse de nuevo, una voz te tranquiliza y te calienta.

—Soy yo.

Reconoces, aunque es un susurro, la voz que más te habría gustado escuchar esta noche, cuando, tras la aventura, dos mulas os condujeron hacia lugares separados de la montaña (Ver artículo Sortilegio de los Andes https://blogdelasnubes.com/2016/09/15/sortilegio-de-los-andes/). Estamos en América. La tierra donde todo es posible. Ruth, quiero que sepas…

—Hazme un sitio.

llama-de-velaA la luz de la vela, comprendes que esa mujer de la que estás absolutamente enamorado se te está ofreciendo entera. Te ha salido a buscar en la noche helada, como si ella tampoco pudiera tolerar la separación forzosa, en la misma montaña, como si necesitara juntarse contigo por encima de todas las cosas. A pesar del frío, se quita una a una las capas de ropa que la protegían. Su cuerpo espléndido, su pechos divinos que te terminan de despertar del sueño, su piernas lisas como una escultura, el triángulo oscuro que esconde el secreto de la vida, todas sus formas vibran irreales al ritmo que impone la llama oscilante de la vela. Ese cuerpo desnudo y cálido se desliza entre las sábanas del camastro para apretarse a ti como nunca lo hiciera otra mujer. Te abraza con brazos y piernas, se restriega y gime con extraña voz, pidiendo correspondencia. Te incorporas, te frotas bien los ojos, tus brazos, los suyos, para imponer la vigilia, rechazar el sueño y empujarlo hasta la puerta, que se quede fuera de la cabaña, en la montaña, mientras gozas del momento deseado.

—Eres de verdad…

—Abrázame.

Si alguna vez creíste en la magia, el contacto de sus pechos contra el tuyo escribe un nuevo conjuro. Nunca viste ni sentiste paisaje más hermoso que el de esta mujer escalándote, coronando tu cima mientras de su cabeza brotaban mechones de fuego y noche, que bailan sobre ti con cada movimiento. Y a cada empuje, su piel se hace más tuya, sus valles y montañas encuentran los tuyos, las puertas abiertas se juntan en una. Si alguna vez deseaste que una noche de amor pudiera ser el principio de la más grande aventura, la montaña te lo está confirmando. Ruth es la mujer de la selva. Ahora lo entiendes. Es todas las mujeres, te extrae la esencia, todo tu ser, en el momento máximo. Está claro que de este coito surgirá una descendencia. No puede ser solo sexo. Lo piensas mientras, después, te abrazas de todas las maneras y acabas encontrando la postura, un cuatro encajado, en la que pasarás las siguientes horas intentando no dormirte, retener el calor y la felicidad del contacto. Los cuerpos laxos ya no se buscan, porque se han encontrado. Ahora sedimentan la pasión del intercambio. Ruth respira profundamente e imaginas que duerme. Tú no te atreves, no quieres que sea otro amor fallido o, peor, solo un sueño. Abrazado a ella, la oyes hablarte desde el centro de la habitación mientras te parece que se viste. La estrechas más fuerte, no, que no se vaya.

—Vence tu temor. Volveremos a vernos. Pero antes debes sacar adelante el fruto de nuestro encuentro. Es posible llegar a la tierra libre, es posible amar de verdad, reír sin cesar hasta el fin de los días. Somos guerreros, tenemos que creer en la victoria. Estás listo para la batalla.

Aún crees retenerla en tu camastro cuando la ves partir. La noche termina. Se adivina la claridad del nuevo día. El campesino entra poco después y te da los buenos días.

—Luego le bajo a la carretera, para que prosiga su viaje, amigo. Su mochila quedó en el restaurante.

***
A la salida del concierto, Raquel me pregunta si estoy bien. Ella está muy conmocionada.

—Después de América te vi como en un trance. Y me temo que yo también, porque cada tema de los antiguos me transportó a la juventud siempre imaginada de mis padres. Fíjate que mi madre me decía que cuando se acababan de conocer, ella llevó un día el disco de Puente sobre aguas turbulentas, de Simon y Garfunkel, que era lo máximo de entonces, a la playa, donde veraneaban, para enseñárselo a él y hablar sobre esa música. Imagínate: llevar un disco a la playa, solo porque sabes que allí vas a ver al chico que te gusta y todo arde alrededor.

Todo arde alrededor. Me quedo conmocionado por la casualidad imposible. Si Raquel es hija de aquel momento en la playa, todo puede ocurrir. Me contengo para no abrazarla mientras siento una fuerza enorme por dentro, capaz de llevarme a cualquier lugar, a combatir al servicio de Novella por liberar al músico y su troupe y a cuantos seres necesitados me ponga en la lista.

—El concierto ha sido también ha sido mágico para mí. No me lo esperaba. Un viaje a través de la belleza y la memoria. Cuánta emoción, cuánta gente evocada, cuánta vida vivida había en el pabellón. Y el artista lo sabía.

RH1468-50Raquel asiente en silencio y hunde su cuello en el abrigo para protegerse del frío, en un gesto infinitamente femenino. Caminamos ante las adolescentes que siguen acampadas a las puertas. Después del concierto, somos otros. Su pasión es la nuestra. Juntamos las dos, la suya incomprensible y la nuestra, sazonada de experiencia, y se las entregamos a la ciudad, para que siga viviendo y devolviéndonos espacios en los que buscarnos. A veces esos espacios son América. Sería el momento perfecto para un contacto con Novella. Pero claro, Novella ya se me ha manifestado en el pabellón. Aún me duele el paseo por la realidad, el frío de la noche, después de probar el calor indescriptible de Ruth en la montaña.

La presencia de Raquel me ayuda a aceptar la realidad y pienso en mi reciente encuentro con el músico, cuando me contó su historia de presente: alguien robó la canción que escribió hace tantos años, cuando pensaba que el amor duraría para siempre. Ahora, el tiempo se le escapa. Pero ha tenido un sueño erótico con la camarera del bar al que suele ir, que le recuerda a esa primera mujer, y dice que la inspiración, desde entonces, le abrasa, solo puede pensar en escribir su Obra: unas Canciones Urgentes, porque el tiempo le apremia, que el mundo debe conocer. Pero necesita hacerlo en libertad. No puede hacerlo aquí, donde muchos le persiguen. Alguien tiene que llevarlo hasta allí. Y le han dicho que el encargado soy yo, porque Ramiro ha desaparecido y su plan era muy complejo. Tengo que llevarlo yo. Pero ya no tengo miedo. Soy un guerrero. Y estoy inspirado, después de bajar de la montaña. Raquel me escruta antes de despedirnos en una esquina.

—¿Dónde está América? —pregunta, inmersa en su propia evocación.

—Lo voy a descubrir. Tengo que llevar a alguien allí.

 

 

 

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America: Canción y letra en este video de Youtube.

 

 

 

 

 

ASÍ SUENA LA MÚSICA

teatro-real-gallinero—No hay que aplaudir hasta que se termine cada concierto, ¿eh? En total, son tres movimientos, o sea, tres partes por cada concierto.  Y son seis conciertos en total, los de Brandemburgo.

—Claro, claro.

Un cassette de Vivaldi había puesto la música a la escapada definitiva a la montaña unas semanas antes. Octubre llegó abrasado de amor y teñido del rojo de las rosas encarnadas: pasión y vértigo ante el nuevo mundo. Todo un desafío a la adolescencia, que aún peleaba por su espacio con juegos de adulto, como desatender el rock para acudir al encuentro de la música clásica.

madrid169El Real impresionaba por dentro. La lámpara inmensa, los cuatro pisos de palcos, las butacas incómodas pero imponentes, el tejido oscuro gastado pero elegante que parecía vestirlo todo, la mano que no querías perder ni un segundo. Y se apagaron las luces.

¡Así es como suena la música en la realidad! El contrabajo, que sacude el espinazo del teatro, las tubas retorcidas, que evocan territorios escondidos del alma, y la extraña trompeta, y los chelos y esas violas raras, con tantas cuerdas, que se alojan entre las piernas de los músicos. Los instrumentos suenan, son reales, la música está ocurriendo, el rasgado de los arcos sobre las cuerdas, los soplidos en las embocaduras de las tubas, forman parte integral de la música. Así es como suena de verdad, sin amplificación, solo los instrumentos, los siento, la siento.

orquesta-de-camaraHasta ahora la había escuchado en discos, en cassettes, pero nunca allí, en directo, sobre un escenario. Necesitaba decirlo en ese momento, pero había que callar, esperar hasta el final del tercer movimiento, por eso aguardé hasta que los aplausos permitieron hablar. Pero entonces no pude hacerlo, porque ninguna palabra se prestó para describir la emoción que sentía.

****

redaccion-con-genteEn la redacción se hizo un silencio raro cuando volví de vacaciones, como en las pelis de policías, cuando el protagonista regresa a comisaría después de haber perdido a un ser querido o a su compañero. El último artículo lo envié desde la montaña, antes de regresar de viaje. Petra, la asistente del editor, me saluda con una bordería, como siempre:

— Parece que has estado más cerca que nunca del cielo.

¿Lo dice por la altitud o por el viaje astral? Mi rostro inquiere. Petra entra al trapo, como siempre:

— Lo digo por la altitud, claro.

Pienso en la despedida de Ruth en la montaña. Sí, me he aproximado al cielo. A una sugerencia de cielo. Emprender una nueva misión con sentido en mi vida, comprometerme con algo que merece la pena. Si no lo hice antes en mi atolondrado pasado, al menos puedo emprender ahora un compromiso por una causa.

periodicos-apiladosMi editor no tuvo problemas con el artículo (buen trabajo, chaval, se ve que el sur también te inspira). Imagino que ha dado ya buena cuenta de la botella de pisco que le traje del Perú. En agradecimiento, me ha regalado una entrada solitaria en gallinero para el Auditorio Nacional, que le ha llegado de la jefa de prensa, que es amiga suya. Música clásica. Hace tiempo que no voy a ningún concierto clásico. Ni de los otros. Cada vez asisto a menos. El rock empieza a aburrirme, al menos el espectáculo medido de cada show que he visto últimamente. En el ticket  no pone nada más que la fecha, hora y número de localidad. Ni idea de lo que van a tocar hasta que entro a la carrera, como siempre, a cinco minutos de que comience: son los conciertos de Brandemburgo de Bach.

concierto-brandeumburrgo-3-partitura

img_4956Instalado en el gallinero, compruebas que el chelo (los músicos te dan la espalda) no es tal, sino una viola da gamba. Claro: fíjate en el clavijero. Tiene 6 o 7 cuerdas. Entonces, la chica que lo toca no es una violonchelista sino una violagambista. Y se suceden los conciertos. Comienza el  número 3. Al acabar el tercer movimiento, el auditorio estalla en aplausos y ella se levanta,  sujeta el instrumento y saluda de pie, con los otros músicos, hacia el patio de butacas. Luego se gira hacia la grada posterior y los vecinos de asiento aplauden y descargan algún “bravo”.

Pero tú solo buscas su mirada, esperando que se cruce con la tuya, porque estás sintiendo una especie de soroche allí arriba. Has permanecido suspendido en el tiempo durante los poco más de diez minutos que han durado los tres movimientos del concierto de Brandemburgo número 3. El sonido de la música, los instrumentos hablando a través de los músicos, conectando con el tiempo de Bach. El recuerdo se abalanza, otro octubre y muchas rosas rojas después. Desde tu asiento en la grada posterior, los músicos te daban su espalda.

img_4957Y la de la violagambista estaba cubierta por una cabellera negra imponente que se agitaba, presa de la pasión que tú siempre envidiaste en los músicos. La interpretación es eso: servir de puente al mundo en el tiempo y el espacio. Lo que llena la sala, lo que todos habéis ido a ver y escuchar, se compuso hace tres siglos. Los músicos son puentes, fotógrafos de esas mañanas en que el maestro Bach se levantaría temprano en Leipzig para escribir lo que le bullía en la cabeza, que ahora hierve en los dedos de los músicos, de la violagambista, que fluye desde sus brazos desnudos, largos, delgados y jóvenes, firmes, precisos. El escaso centímetro cuadrado de yema de cada dedo en el que se condensa cada instante de magia. Qué raro agarra el arco, su mano derecha baila en horizontal, invitando a la izquierda a encontrarse en el punto exacto sobre el mástil y que está en su cerebro, la misma coordenada que pensó Bach al componer. En cada momento, la música en un lugar distinto de cada instrumento, engranada con los instantes del resto de sus compañeros.

img_4960La violagambista saluda en pie cara a la grada posterior, escrutando al público. Cada “bravo” que escucha es una caricia que calma el dolor de tantas horas de dedicación incomprensible para la niña que sacrificó su infancia, sacerdotisa consagrada seguramente a su pesar, aunque ahora reina sobre los vivos. Ahora es una mujer joven, atractiva, esbelta. Ella escogió (o la empujaron a ello) el sacerdocio de la música mientras sus compañeras de clase recorrían otros caminos más fáciles y evidentes. Y ahora vive en Amsterdam. Y luego lo hará en París, en Berlín, en Viena, en Helsinki. Cada noche actuará como demiurgo para arrancar “bravos” de quienes adoran la música pero nunca se plantearon su sacerdocio.

img_4961Te encuentra entre el público.  Con la mirada iluminada aún por sus ojos, te giras buscando jóvenes parejas en la luz justa del entreacto, jóvenes que acaben de soltar sus manos para aplaudir, caras arrobadas de amor. Te arriesgas a toparte con tu doppelgänger, tu doble de juventud, preso de la misma pasión, pasión por vivir, por empaparte de la lluvia que venga en las próximas décadas, a ciclos, en oleadas. Y en cada otoño, un nuevo círculo se añade, aunque no lo capitalices. Será la inercia de la pasión la que te saque adelante. Y ves a un joven de pelo rizado que aplaude con la boca abierta, intentando decir algo a su novia, apenas escapada de la adolescencia. Ella aplaude y grita: bravo, bravo. Él la mira muerto de emoción, acerca la boca a su oreja, pero es incapaz de articular una palabra mientras los músicos siguen saludando. Relevo de músicos, adiós a la violagambista y el último concierto, tres movimientos, no hables ni aplaudas antes de tiempo, sí, ya lo sé, el joven del pelo rizado no suelta la mano de su novia, tú no lo pierdes de vista en el nuevo sortilegio que sale a tu encuentro. Nuevos aplausos y el director regresa para ofrecer un bis. Rehecho el silencio, se apodera del Auditorio un Re mayor que viene directamente del Real, de un otoño lluvioso en el que solo sabíais mirar hacia delante, desdeñando la memoria.

— ¡Es el aria de la suite en Re! —se le escapa a mi vecino de butaca.

En los siguientes cinco minutos, los otoños, decenas de ellos, se alinean sin cesar, estampados de rosas rojas de aniversarios, despertares envueltos en bruma de montaña, risas y ajetreo, pérdidas y encuentros, cansancio y sensación de que quizá todo lo podríamos haber hecho de otra manera, ahora que nuestros hijos abandonan la adolescencia y se adentran en parecidas nieblas. Los arcos rasgan por última vez las cuerdas y llega el instante de silencio previo a los aplausos en el que se concentra el poso de la maravilla. El silencio que todo lo contiene. La sala rompe a aplaudir y una mano tira de la tuya y te arranca de la butaca hacia las escaleras y el rellano antes de que empiece a salir el público.

—¡Vamos! —¡es la violagambista, aún de negro, esbelta como una diosa!—. Nos esperan.

Te lleva de la mano escaleras abajo por una zona reservada para personal autorizado (músicos incluidos, por supuesto). La sigues y recorres sus brazos con la mirada. Qué belleza.

auditorio-atriles-y-piano-vacioBajáis más pisos de los que habías subido, entre bambalinas, atriles y sillas, hasta que adivinas, contra una pared oscura, una enorme caja de contrabajo abierta, cual si acabara de liberar una momia, todo bajo el sordo trueno del aplauso entero del teatro. Resuenan muy distinto los aplausos allí abajo. Podría haber un segundo bis. ¿Cómo sonará desde ahí? Pero es difícil que el director regale otro, después del Aria de la Suite en Re, que debería cerrar el arco del recuerdo. Una rendija de luz en el techo dibuja la plataforma del ascensor para pianos: estáis bajo el escenario. Te  golpeas la cabeza con un saliente y quedas aturdido. Es uno de los raíles  de la plataforma.

— ¿Quién eres? —la violagambista ha desaparecido de tu vista. Pero su voz se oye aproximarse de nuevo hacia tu cuerpo contusionado.

— Ramiro no ha caído. Se esconde por seguridad. Quiere verte ahora.

—¿Dónde está?

caja-contrabajo-con-hombre-dentro-retocadaTe vuelves hacia la caja del contrabajo. De pronto, parece evidente que Ramiro ha llegado allí dentro de esa caja. Te espera en un rincón oscuro, junto a la plataforma elevadora de pianos. Arriba los aplausos han cesado y se ha hecho el silencio de nuevo. No se escucha el rumor del público al salir.

—Tenemos poco tiempo. Lo que dure este segundo bis.

— ¿Cómo sabías que habría otro?

Ramiro sonríe.

—Pensé que te alegrarías más de verme.

Es verdad. Pareces aturdido aún. Ramiro se hace cargo de tu sorpresa, aunque deberías estar acostumbrado. Arriba, la orquesta de cámara interpreta una pieza alegre, probablemente para danza, un rondó. Imaginas a todo el público bailando en círculos. Su vitalidad te llega a través del cielo, aunque realmente cae desde el techo. Extraño cómo suena allí abajo.

— Tengo que desaparecer por un tiempo. Ruth tampoco sabe aún que estoy bien. Los de Kink me localizaron en Sevilla y tuve que esconderme en un zulo dos semanas, pero he conseguido huir. Imagino que  Ruth quiere que me sustituyas —su gesto sugiere una combinación de compañerismo y celos mal disimulados—.

— Pensó que habías caído de verdad. Todos lo creíamos.

— Y es bueno que lo crean. Así podré ayudar cuando de verdad haga falta. Yo no voy a poder cruzar al músico. Estoy demasiado vigilado. Pero tú sigues jugando  muy bien a tu papel de periodista despistado, no terminan de saber de qué vas. No eres famoso, no has llegado especialmente lejos, tienes buena memoria y seguro que escondes alguna pasión inconclusa a la que entregarte. Es perfecto para este trabajo.

Recuerdas el material que Ruth te pasó sobre Ramiro en un lápiz de memoria, justo al despediros en la montaña. Era un informe lleno de correcciones y tachaduras sobre Ramiro, a quien describía como veterano mugalari o cruzador clandestino de fronteras.

chapela-sin-cabezaAhí lo tenías ahora otra vez, siempre de improviso, siempre con el diálogo apresurado, con su nariz aguileña, su mentón y su boina. ¿No era un poco mayor para coquetear con Ruth?

— Vas a tener que cruzar al músico tú solo, y vas a tener que hacerlo rápido. Tendrás que tomar decisiones difíciles. Quizá no puedas llevarte a todos los que le acompañan ni sus equipajes.

Sí, leíste en el dossier el plan de Ramiro. Te pareció complejísimo. ¿Qué espera Ruth de ti, que nunca has cruzado a gentes en peligro? O quizá sí, te sorprende de golpe el recuerdo, porque empiezas a comprender que no es una frontera al uso. La policía Normal, las huestes de Kink, las fugaces apariciones de Ruth, de Ramiro… Sin embargo ellos existen, son de verdad. ¿No será todo un sueño adelantado y te encuentras en 2066, y, como ahora todo es digital, se trata de llevarlos desmontados en paquetes de datos y así se les puede colar por cualquier lugar hasta algún refugio seguro y recomponerlos allí? Aún así, podríamos caer en una emboscada digital. Ramiro te saca de tu ensueño, una vez más.

— Ya has leído mi plan. Ese no va a poder ser, porque requiere un tiempo que ya no tenemos, con la Normal y los de Kink achuchándonos por todos lados. Lo importante es el músico. Tendrás que rediseñar el plan, acorde con tus posibilidades… y con tu forma de hacer las cosas. No olvides por qué te hemos fichado: tienes pasión y memoria y en tu vida te han quedado cosas por hacer, te has dejado llevar quizá demasiado, por eso la Normal no te tiene fichado. No nos consta que hayas estado comprometido con nada desde pequeño, como Sara —señala con un gesto hacia la violagambista— con la música y ahora también con nosotros —Sara no reprime un gesto de satisfacción por el comentario—. Sin embargo,  si quieres, es tu momento. Saca al músico atormentado y a quienes más puedas de su corte. Es urgente. Si lo haces bien, Novella te estará muy agradecida —los dos sabemos quién es Novella, o sea Ruth— y te encargará nuevos trabajos, cada vez más complejos, pero también más gratificantes.

Los aplausos y el rumor claro de pasos masivos sobre las escaleras y pasillos del Auditorio indican que el concierto ha terminado. En cualquier momento los empleados bajarán el clavicordio en la plataforma y esto se llenará de gente. Tenemos que salir y dispersarnos. Quiero preguntarle una última cosa a Ramiro.

nino-chapela—Tú empezaste muy joven.

— A los catorce años ya cruzaba clandestinos por la muga sin mi padre.

—¿Sabrás cuándo dejarlo?

Ramiro aprieta la mandíbula, acuciado por Sara, para que regrese a la caja del contrabajo. Empiezan a sonar pasos de gente por las escaleras que conducen al habitáculo bajo el escenario.

—El músico te espera. Llévalo cuanto antes al mundo libre. Entra tú en la caja —Sara se detiene, sorprendida.

Tu mirada recorre sus rasgos vascos por última vez. Luego, la espalda que te da, mientras Sara le agarra del brazo con sus manos mágicas y se apresura hacia una salida de emergencia señalizada con una luz.  Ahí lo deja y regresa para ayudarte a introducirte en la caja del contrabajo y la cierra.

caja-contrabajoYa no hay excusas. Lo siguiente es que Novella te procure un encuentro con el músico. Tienes una historia. El editor se va a tener que mojar. Contienes la respiración mientras escuchas la actividad en el sótano, la plataforma que baja el clavicordio, el trasiego de sillas, atriles e instrumentos pesados, voces de operarios. La caja se inclina a 45 grados y la notas rodar.

—De esta me encargo yo —un vozarrón masculino resuena por detrás de tu cabeza. La oscuridad y el movimiento te marean, pero en seguida reaccionas. Notas el esfuerzo añadido de otra persona al subir la caja en volandas para dejarte en horizontal y escuchas el ruido de una portezuela metálica al cerrarse. Podrías estar en una furgoneta que arranca con brío. El acolchado de la caja amortigua lo justo, pero es muy incómodo. No te atreves a hacer ruido. El traqueteo se vuelve insoportable. Al cabo de veinte minutos, justo cuando crees que vas a abrir la caja de una patada, se detiene el vehículo y se abre una puerta, la del conductor. Te quedas expectante, preparado para dar una patada al aire en cuanto se levante la tapa. Sea quien sea, le importa poco que seas un periodista atolondrado. Te están tratando como mercancía ilegal. Y las series de televisión nos han enseñado cómo es la gente que trata este tipo de mercancía. Curioso, piensas en las décimas de segundo previas a la apertura: ahora son las series de televisión las que nos enseñan (literalmente, pues te lo muestran, no puedes imaginar por tu cuenta, como cuando leías literatura) lo que puede pasar cuando te medio secuestran en pleno concierto.

— Vamos, salga, ya hemos llegado —la voz masculina de antes.

La luz te ciega, no te mueves.

— Vamos —una mano más pequeña de lo que imaginabas agarra la tuya y tira de ti. Estás en horizontal. Es normal que te cueste levantarte—. Cuidado con la cabeza.

Tarde. La testa topa con el techo de la furgoneta.

— ¿Ya hemos llegado? ¿Dónde estamos? ¿Y el músico? ¿Me espera?
museo-romanticismo-entradaEs una calle angosta que reconoces como del barrio de Malasaña.

—Entre —el tipo del vozarrón te ayuda a bajar de la furgoneta y te indica que entres en un portal. Apenas cruzas el umbral ves que se trata de un museo, el Museo del Romanticismo. Tu guía te lleva a un patio con jardín en el piso bajo. Allí te espera, sentado a una mesa en la terraza, con un café, el músico. Un tipo de mediana edad, con una mata de pelo negro bien cortado que llama la atención.

cafe-del-jardinCuando entras en el jardín, ya solo, pues el hombre del vozarrón ha desaparecido, el músico se gira hacia ti, se levanta de su mesa, te recibe, estrecha tu mano, casi la besa como si fueras un cardenal.

— Vd. es el periodista…

— Sí.

El músico adopta una posición más cauta, te hace un gesto para que te acerques y poder hablar bajo.

— Todo empezó hace unos meses, en la peluquería.

Sacas la libreta. Suspiras. El hombre confía en ti. Novella confía en ti. Tu editor confía en ti. Miras hacia arriba en derredor, intentando fijar el momento: el patio precioso de un museo en mitad de la ciudad, un museo dedicado al Romanticismo. Una nube de algodón cruza despacio sobre el escaso cuadrado de cielo azul que deja ver el patio.

— Se trata de las nubes. Suenan a música —la cara del músico es un poema.

corchea-de-nubes

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Muchas gracias a Teresa por su inestimable e imprevista ayuda para este capítulo del blog de las Nubes.

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Concierto de Brandenburgo número 3

SORTILEGIO DE LOS ANDES

 

 

—Lo recordaré todo.

***

charango-y-quena¿Qué había antes del Gran Túnel? Una melodía de quena, que bailaba sobre el lecho que le preparaba un charango (guitarrita andina de sonido metálico), una imagen difusa en televisión de un tren que subía muy alto, con lugareños vestidos de vivos colores, que imaginabas en la pantalla en blanco y negro, mujeres con sombreros exóticos y niños pequeños amarrados a su espalda mediante una especie de manta.

tradicion-cd-0033Y una madre que quizá te explicaba que aquello estaba muy lejos, en Sudamérica. ¿Ese sitio del hemisferio sur donde la gente camina con la cabeza? Tú ya lo preguntabas con sorna. Tendrías unos 11 años. Nooo, con una sonrisa. Allí también caminan con las piernas. Y son muy pobres. Y hay muchas ruinas de otras civilizaciones, de antes de los Conquistadores. ¿Pero no eran indios? ¿No vivían en tiendas?

***

hojas-de-coca-con-indiasDicen que el mal de altura no es tan grave y que puede tratarse, con pastillas, con hoja de coca, mascadas o en infusión. Y también con caramelos, galletas y chicle de coca. Lo pruebas todo para no apunarte (la puna, el altiplano). Pero que, en el fondo, es un mal del visitante, del viajero, porque quien vive allí arriba está habituado a la falta de oxígeno. O sea, es cuestión de costumbre. Se aclimata el cuerpo, se amolda el espíritu. Los conquistadores españoles debieron ofuscarse aún más cuando les faltaba el aliento, les estallaba la cabeza, les mentían sus ojos sobre la belleza insuperable del lugar y los colores con que vestían los indios.

mate-de-coca Las hojas de coca que se asientan en el carrillo y pronto lo adormecen. El té que no sabe peor que cualquier bebida enlatada. Pruebas a enfrentarlo por su nombre, “soroche”, para medirte en mejores condiciones con él. Así pues, esto es el soroche, el mal de altura. Pues no parece tanto, rumias desde tu boca adormecida. Y no eres consciente de la altitud que gana, constante, el autobús, hasta detenerse en una parada lunar.

p1110696Estás a casi 5.000 metros de altitud. Solo hace viento, frío, desolación y enormidad. Los montes que circundan el paso tienen que tener más de 6.000, por lógica. La detención dura solo los minutos justos para que tus compañeros de viaje disparen unas cuantas fotos, les tomes tú alguna de grupo, incluso poses con ellos y te subas a una peñas —no se aleje demasiado, o quizá le costará regresar— para evacuar el líquido que te sobra en el cuerpo.

—Tienen que beber mucho. Para que la sangre les circule mejor. Todavía no se han acostumbrado a la altitud.

p1110697Tu chorro no tiene la misma fuerza que la del joven que te ha imitado a escasos metros. Es un gringo, quizá no tan joven, pero tan fuerte y dinámico, siempre atento a ayudar en las subidas y bajadas de viajeros al pequeño autobús. Barba rubia, ojos azules, pelo fuerte, sombrero. Seguro que viaja, como sus conciudadanos, para doctorarse en la vida antes de regresar a su país y vivir una vida probablemente espantosa, en la que añorará hasta esta meada a 5.000 metros. Le acompaña una novia morena, de rasgos finos pero fríos. Durante la micción, os saludáis con la cabeza y un gesto de infinita satisfacción, como cuando evacuas un exceso de alcohol a altitudes menores y en medio de la noche. indio-quena-blanco-y-negroEl soroche te agrada, te guía, es parte de esa especie de viaje en el tiempo que te produjo un indio soplando la quena nada más bajarte en la parada. Era un flautista de verdad, no solo un tipo atendiendo un puesto desharrapado en la carretera que cruza el altiplano. Te miró a los ojos mientras soplaba bien desde dentro. Tanto, que tuviste que acercarte a preguntarle el nombre de la melodía.

—”Selvas vírgenes”, amigo —te contestó—.

Una andanada de viento levantó sus cabellos y le tapó la cara. No te preguntaste en ese momento sobre la aparente contradicción, selvas en el altiplano. Solo le miraste y quisiste comprar una quena, impelido por la necesidad de poseer el instrumento que provocaba la magia: esa misma melodía vivía sin nombre en tu cabeza desde antes de todo, cuando tu madre te explicó que había países lejanos, Sudamérica, con montañas muy altas y habitantes  que vestían de colores.

portada-sortilegio-buenaNo podrías recordar si la explicación sobre sus civilizaciones incluyó la mención a la melodía que te cautivaba, procedente de uno de los dos discos, Sortilegio de la Flauta de los Andes, de un flautista argentino llamado Facio Santillán, que un hermano mayor había traído a casa no se sabía bien por qué ni de quién y cuyos títulos (El cóndor pasa, Campamento 111, Cacharpaya, Pájaro campana, Selvas vírgenes, Palomita blanca) evocaban un espacio mágico al amparo aún de la infancia, un sentido de algo llamado Sudamérica, que conocías de la escuela. ¿Qué es un sortilegio, mamá? Pasaste de los Beatles de tus hermanos a las melodías mágicas de los Andes, antes de enfrentar el túnel, los nuevos aires que te absorberían desde el otro lado, la adolescencia, todo el Rock y la revolución de los sentidos. Ese momento previo a la eclosión, aún en el huevo, te inquieta, no hay fotos, cuántas veces las buscaste. Has revuelto tanto en los cajones de la vida, en los miles de fotos que vinieron después, intentado relacionar tu mirada, tu gesto, tu pelo, tu sonrisa, con los meses, los años previos al gran salto, que vaciaría de contenido y grandeza a lo anterior, al niño deslumbrado por la melodía andina.
el-gran-chacoPor eso te has embarcado en este viaje al fin del mundo, ahora que el turismo procura semejantes sensaciones. ¿Qué busca la pareja de jubilados españoles en los Andes peruanos? ¿Qué, la pareja de jovencitos italianos, la familia española que viaja con abuela, incapaces de disgregarse o quizá afortunados hasta el extremo para compartir hasta el mal de altura en familia? ¿Y la pareja de argentinos que se declaran de la Pampa? Te entran ganas de hacerles hablar del Chaco, para explicarles que cuando tenías once o doce años leías aventuras de un escritor alemán, Karl May, que describía el Oeste sin haber pisado jamás América del Norte y que dedicó otras novelas a la América del Sur, El tesoro del Chaco y El Gran Chaco, que nunca leíste, porque tenías la segunda, que era continuación de la primera y la primera nunca la pudiste encontrar porque estaba descatalogada, y recorriste mil librerías, y todo eso de niño. Pero tú imaginaste la vida de los pamperos, de sus hogueras, de sus caballos, de una inmensidad que sobrepasaba a tu estadio posinfante y preadolescente. Y escuchando esas melodías andinas, excitabas aún más la imaginación. Cómo serían esos trenes pequeñitos, que ascendían casi al paso las llanuras elevadísimas, entre montañas enormes, cargados de pasajeros y color. Todo esto pasó por tu mente al buscar los ojos escondidos por la cabellera del flautista en el golpe de viento.

—Llévese el disco. Es más barato, amigo. La quena es difícil de tocar. Hay que sentir el paisaje.
p1110650Al sacar el dinero del bolsillo, te molesta la cámara, que has mantenido en su funda. No has querido hacer una foto de la meada más alta del mundo. Y, sin embargo, el paisaje sí lo sientes. Te tiene cautivado. Podrías soplar la quena. El indio se equivoca. ¿Por qué no habría de equivocarse? El americano se te junta. Su novia cotillea entre los puestos del paso.

—Si yo soplara a esta altura, me moriría —balbucea en un arrastrado español—. El mal de altura es horrible —sus palabras sobran, tú no sientes la altitud, solo la melodía que volaba por el viento del puerto y que ha dado paso a otra, que también sacude el recuerdo—.

—Pero es que tú no vives aquí. Ni yo. Él, sí. Era una melodía preciosa. Se llama “Selvas vírgenes”. Y la que toca ahora se llama “Palomita blanca”. ¿No es así, amigo?—dices después de consultar el disco y apostar con intuición y sortilegio por un título de los 15 temas que contiene el disco que acabas de comprar.
p1110733El indio asiente sin dejar de tocar. Su sonrisa te anima. Suelta una de las manos de la quena para hacer un gesto de ofrecimiento del paisaje. Para ti. Es una invitación a participar, a modificar el viaje. Intuitivamente, metes la cámara de fotos en la mochila y avanzas hasta el mirador. El gringo te sigue de cerca, curioso. El indio desaprueba con la cabeza. Cuando te asomas, un cóndor que ascendía desde el cañón se queda planeando a tan solo dos metros de tu cabeza. El americano grita y prepara apresurado su cámara. Tú miras fijamente al pájaro. Os aguantáis la mirada. El gringo dispara sin cesar. Cierras los ojos y te penetra la melodía, a modo de vals andino, Palomita blanca, dulce, pegadiza, que sigue soplando el indio desde el puesto. Te imaginas bailando con una india, en lo mejor de tu vida, ella guarda la distancia que exige el baile, las miradas de los suyos. Pero por la noche se te entregará toda. Imaginas el cuerpo terso bajo las capas de tela de colores tan vivos. No hay coches, no hay carretera, no hay civilización. Solo selva virgen y una mujer. Puedes empezar todo otra vez. Recordarlo todo. Al abrir los ojos regresas al altiplano después de haber yacido con la primera mujer en un claro de la selva. La lengua recorre el carrillo, que se encuentra gozosamente dormido. La vista recobra poco a poco la normalidad. Escuchas la bocina del autobús. Os esperan, al gringo y a ti. La novia del americano se acerca a saltos hasta donde estáis, gesticulando. Parece más interesada en conocer de primera mano lo que está ocurriendo en el mirador que en arrastrar de vuelta a su novio al autobús. Su mirada es inquisitorial: te parece que se están informando mutuamente sin palabras. No hay sentimiento, solo intercambio de información.

portada-indio-zamponaAl bajar el puerto, tus sienes laten con fuerza. Estás deseando que en el hotel te dejen convertir el disco en archivos MP3 en algún ordenador para poder escuchar el misterio de la gran altura. La portada muestra un indio ataviado con una corona de plumas, con el torso desnudo y tocando una zampoña (flauta de dos filas de tubos alineados). Con sorpresa compruebas que es el mismo que realmente te la ha vendido. Se llama Tito Flor y presenta aire de chamán. Al llegar al hotel compruebas en internet que lo es,  un chamán cuya producción artística se encuentra íntimamente ligada a la ayahuasca, la bebida sagrada de los pueblos amazónicos, cuya ingesta facilita el viaje por mundos paralelos. Selva, altiplano, ¿en qué quedamos? Pasas los archivos a MP3. Con fuerza, agarras el reproductor, como si súbitamente hubiera multiplicado su valor. Acudes al comedor, en donde saludas con gesto dulce a los italianos, a los argentinos de la Pampa, a la familia y los jubilados, a los alemanes que nunca faltan en cualquier lugar del mundo y a la pareja de americanos, que no te quitan ojo de encima. Te detienes ante la mesa de los jubilados españoles. Quieres agradecerles el gesto del otro día. Te oyeron hablar de Vargas Llosa y debieron imaginar lo que te gusta y te han comprado en una librería de viejo, en Cusco, un ejemplar de la primera edición de La Tía Julia y el Escribidor, curiosamente edición española. Impresa en 1977. Dónde estabas entonces, en 1977. la-tia-julia-y-el-escribidor-1977Sin duda, alejado de aquel primer sueño de escritor, enmarañado ya en la adolescencia. El gesto les honra. Te pillaron al vuelo. Tú les obsequias con el disco del indio. Ya lo tienes en tu reproductor. No necesitas más. No quieres equipaje de sobra en este viaje. Ellos agradecen el gesto con sensibilidad. Les dices que esa música con la que te reencontraste hoy y que ahora les regalas acompañó los últimos escarceos del niño, aún perdido en mundos de aventuras, antes de comenzar la verdadera, la Gran aventura. Como son gente de letras, te gustaría decirles que a los 14 años te retaste a escribir una novela, de aventuras, claro. Y que la terminaste. Y que luego, como de tantas otras cosas, te avergonzaste de ella al entrar en el túnel. Tan solo les entregas el disco y les dices que hoy has vuelto a las selvas vírgenes gracias a un indio y su quena y el paisaje.

img_4654En otro rincón del restaurante, la familia con abuela discute animadamente. Te parecen felices. Envidias la imagen, el concepto. Tú estás solo. Ellos viajan juntos. Discuten, se empujan, siguen reuniendo recuerdos. Tú te ahogas esta noche en el pozo de los tuyos. La melodía andina de la quena, el lecho armónico que le construye el charango, los gritos medidos de los músicos que acompañan, tan exóticos, tu madre, la televisión, el tren andino lleno de lugareños y de color en blanco y negro, los primeros años 70, la intuición de la gran vivencia más allá de los padres. Sí. Porque por la mañana, en sitio arqueológico, os han puesto en situación y os han hablado de las culturas que precedieron a los incas (quechuas), y cuándo, en términos históricos, llegan los conquistadores españoles.

img_4671Y tú has sentido perfectamente que los allí presentes, los seres humanos con los que te has cruzado en el día, sois el presente del mundo, de un mundo fascinante que se renueva a diario. Sois los testigos del presente, con capacidad para mirar hacia atrás y asimilar, absorber, sentir la historia que os ha precedido. ¿No es eso algo de lo que te proporcionan los viajes turísticos? Pero tú buscas más. Buscas al niño entre los 12 y los 14, maravillado por aquellos discos de melodías andinas de quena, zampoña y charango, aquel que se atrevió a escribir una novela, ignorante aún de que había una literatura seria, de adultos, porque ese libro, Pantaleón y las Visitadoras, que cayó en tus manos en esas fechas, de una hermana mayor que estudiaba Filosofía y Letras, no había quien lo entendiera.

pantaleon-y-las-visitadorasO quizá sí. Y luego llegó la adolescencia, con esa querencia de lo físico, de amar y ser amado, de yacer en una selva virgen con una mujer, quizá sugerencia de esa lectura incomprensible, adelantada. Y recuerdas el quiosco de la calle Diego de León, donde te conocían, y al que acudiste un día para comprar un libreto de formato inusual de una niña que se llamaba Mafalda, y que las 50 pesetas no te alcanzaban y tuviste que volver otro día con las 70 que en verdad costaba, aunque ellos te insistieron en que te la llevaras y que pagarías el resto más adelante. Esa niña que vivía en una ciudad que no reconocías y que hablaba un español raro, con palabras como frazada, colectivo y querés, que aborrecía la sopita y que pintaba unos padres dedicados, paisaje insustituible para crecer, su gran obsesión. Y te preguntaste, entre las ruinas arqueológicas, si había algo más que los padres.

Por la noche, en la soledad de tu habitación, después de pasear por un pueblo de calles sin asfaltar, sintiendo que el soroche jugaba contigo, te das cuenta de que no has hecho fotos apenas. Menos, por cada día que ha ido pasando. El primer día te lamentaste de no haber revisado bien la cámara, que ese valle pelado precioso tenía un color distinto al que te mostraba la pantalla de reproducción. Maldijiste por no haberlo previsto, las baterías están viejas, la máquina está descompensada, hay que hacer un nuevo balance de blancos. Pero las fotos siguientes salieron igual o más desvaídas. Luego, borrosas. El objetivo parecía apuntar bien distinto del ojo. La pareja de americanos se interesaron por tu problema, pero tú le quitaste importancia.

—Nosotros le haremos fotografías y se las enviaremos.

puno-y-el-lago-titicaca-12Y tú les agradeciste con un gesto, sabiendo que no querías fotos, muchos menos provenientes de ellos y de su gran cámara réflex con múltiples objetivos. No te gustan estos americanos. Viajan con mochila en un autobús organizado, tienen demasiados años para pensar que están recién licenciados en viaje de conocimiento, como tantos otros con los que nos hemos cruzado en los caminos. Y ella no le mira con amor, apenas se tocan. Parecen más pendientes del resto de los turistas que de las maravillas que se os ponen a tiro. Les ves atiborrarse de pastillas para el mal de altura. Pero no se acercan a la coca. Es como si necesitaran estar a tope, como si estuvieran de guardia, de servicio. Pero tú los olvidas pronto, cada escena, cada parada en la carretera, cada puesto de artesanía, cada grito que surge de la familia, que no calla nunca, sus fotos de grupo, su trajín con la abuela, la ternura con la que los jubilados se esperan, se apoyan, comparten curiosidad y hambre de conocimiento ahora que su gran aventura está ya casi escrita, todo te llena. Y lo miras con unos ojos que no son, no pueden ser los de un objetivo fotográfico. De vez en cuando, te enchufas el reproductor de música para paladear una melodía andina.

sortilegio-contraportada-3La selva virgen. Campamento 111, Ángela Rosa y, ahora, Cacharpaya, en la que sientes el aire del flautista juguetear con los tubos de la zampoña en tu oído. Todas esas canciones estaban allí entre los 12 y los 14 años. Luego, otro flautista (*ver entrada de blog lafsalonsón) te arrastraría al otro lado del túnel. No hay fotos del niño. Pero sí de todo lo demás.

mafalda-1Y la niña Mafalda, de otro país austral en donde la gente se parecía mucho más a ti y los tuyos.  Lo recordarás todo, mientras seas presente del mundo, piensas mientras enfrentas el cielo estrellado austral y te agarras a la Cruz del Sur. Aquí y ahora.

Al día siguiente, el itinerario prevé una parada para comer en un restaurante moderno y bien ambientado con temas andinos. Un buffet de todas las cosas ricas que se pueden comer en Perú. Desde la ventana, te quedas embobado con la enésima mole que sobrepasará los 6.000 metros. Sin darte cuenta, un grupo musical, un trío de multiinstrumentistas, ataviado con ponchos rojosy espléndidas quenas y zampoñas de varios tamaños, además de un bombo, una guitarra y un charango, se apropia de un escenario desnudo, mal situado y oscuro. Dos autobuses enteros descargan turistas mientras los músicos se arrancan con piezas que te hacen girar la cabeza. No hay duda. Están interpretando para ti. Te sonríen y asienten mientras tocan.

img_4660 Detienes el reproductor de música y la melodía de Cacharpaya continúa en directo, exactamente en el punto en que la dejaste en el aparato. Sortilegio de los Andes. Es una señal. Te pones alerta. Recorres el local con ojos de faro y tu mirada se cruza con una cita de ojos verdes. La mujer está sola en una mesa de cuatro. Tú has visto esos ojos antes. ¿En la selva? No. ¡En Copenhague! En Christiania. Es Ruth, la activista de Novella, una de las personas más buscadas. ¿Quién la habrá enviado? Tú estás de vacaciones. Ofreciste al editor un reportaje lleno de color sobre el Perú aprovechando que irías allí a descansar. Después de tu última entrega, algo oscura, sobre la brecha del mundo, el editor te dijo que te fueras ya de vacaciones y que hablaríais después del verano. Y le ofreciste relatar tu viaje por el Perú de ayer y de hoy sin gastos para la revista.

—No está mal que te estires alguna vez, chaval, y que me cambies un poco el norte por el sur.

Las últimas apariciones de Ramiro te han resultado estimulantes, pero te desasosiega la falta de continuidad en el contacto. Aparece solo cuando él quiere. Y él se juega el pellejo. Tú llevas salvoconducto de periodista. Y no puedes mojarte. ¿O sí? ¿Y Ruth? La última vez que la viste fue en aquel pub de Christiania donde casi la cagas por la fotógrafa infiltrada aquella. Ramiro está enamorado de ella. Lo puedes entender. Es una mujer guapísima, muy atractiva.

p1120372Solo mirarle en los ojos y estarías dispuesto a seguirla hasta la… ¿selva? En serio, lo que te pida, eso harás. Porque en este paisaje no hay medias tintas. Como dijo el indio de la ayahuasca, Tito Flor. Pero tú ya sientes el paisaje, la selva virgen, cruzarse con la desnuda e inhóspita belleza del altiplano, de las moles que lo circundan, de las carreteras y los pasos a más de 4.500 metros que lo pueblan, de sus gentes que viven, como tú, el presente del mundo. Estás aquí, ahora. Ruth quiere verte. Entiendes que Ramiro haga lo que sea por ella. Si no supieras que él la desea, lo dejarías todo para seguirla. ¿No es eso lo que él ha hecho, en realidad?

Atraviesas el barullo de colas y turistas excitados, plato en mano, pasas junto a la familia de la abuela, que comenta a voz en grito lo que cada cual se ha servido del buffet, y llegas hasta la mesa de Ruth, la siguiente. Te sientas a su lado, ni siquiera enfrente. Te apetecería agarrarle la mano. Te contienes a tiempo. Ruth otea nerviosa su alrededor hasta comprobar que no hay peligro. Los músicos siguen interpretando Cacharpaya. Y luego se arrancan con Ángela Rosa y Alma guaraní, que las identificas todas gracias al disco de Tito Flor que has incorporado plenamente a tus recuerdos.

—Ha pasado algo grave. Ramiro ha desaparecido.

No das crédito a sus palabras. Ramiro es inatrapable.

restaurante-andes— Hace un mes que no da señales de vida. El último que le ha visto eres tú, en San Sebastián. Desde entonces, hemos perdido el contacto con él. No ha seguido el protocolo de seguridad de contactar al menos una vez cada quince días, como máximo. Novella teme que los americanos del millonario Kink lo hayan desaparecido. Con sus medios formidables, han tejido una red de espionaje privada para encontrar al músico que queremos poner a salvo y que tanto valor tiene para ellos. Ramiro tenía planes casi terminados para la operación.

—Eso es terrible. Ramiro no, por favor. Él es la esperanza de tantos que necesitan cruzar.

Ruth observa y mide cada gesto de empatía que sale de ti, buscando quizá un compromiso del que hasta ahora nunca se ha hablado.

—A veces los agentes caen, es así. Aceptamos nuestro destino. Cuando eso ocurre, no tenemos tiempo de llorarlos —se detiene un segundo, respirando hondo. No es el mal de altura—. Debemos buscar un sustituto, un sustituto capaz de afrontar el sacrificio enorme de trabajar para Novella.

guerrillerasPor un momento, te abandonas a la frivolidad y piensas que trabajar con Ruth no puede resultar tanto sacrificio. Seguro que a Ramiro le pasa lo mismo. Pero te sobrepones rápidamente. Es una mujer madura, seria, profesional, atractiva: una guerrillera en activo de un ejército que nunca se doblegará. Por un instante, ella te parece la misma selva que brota de sus ojos verdes, irreductible.

—¿Me estás reclutando?

Su respuesta llega a través de su boca, pero antes había viajado por el color selva que parece poseerlo todo.

—Sí.

Ahora eres tú quien arroja bosque desde tus ojos marrones. Bosque denso, rico, inextricable. Ella necesita que le aclares tu mirada. Es una profesional que insiste, que sabe presionar.

—Igual que Novella sabe dónde encontrarte, lo saben también la Normal y Kink. Confían en que tú les lleves hasta el músico que clama por su pasado y su canción. A la Normal le preocupa que su historia estimule más de la cuenta a los ciudadanos de bien. Y a Kink le interesa todo lo que rodea ese momento de creación que él vivió en Central Park para desarrollar las últimas fases de su start up de emociones virtuales. Ramiro lleva meses, años diría, preparando este salto, que es el más importante hasta ahora de su carrera de pasafronteras. Sin Ramiro, peligra la operación. Pero quizá pudiéramos trabajar juntos, tú y yo, para poner a salvo al músico y a todos los que van con él. Y confiar en que Ramiro aparezca.

—Pero yo, ¿qué puedo hacer? Solo soy un pobre periodista de medio pelo peleando siempre con su cascarrabias de editor.

—Tienes que seguir pareciéndolo. Pero vales mucho más. Has demostrado tu gran capacidad para el recuerdo. Las fronteras que cruza Novella no son solo físicas.

ayahuasca-psicodelicoPiensas en la coca, en la ayahuasca, en percepciones de mundos paralelos.

—¿Tendré que tomar drogas? —titubeas, con miedo al ridículo, pero necesitas preguntarlo—.

Ruth se sonríe y te agarra la mano con algo que podría ser ternura.

—No —su sonrisa es preciosa. La imaginas, por una centésima de segundo, en un claro de la selva, sonriendo igual—. Creo que este viaje te está resultando muy enriquecedor. Pronto comprenderás cómo hacemos nuestro trabajo.  En este lápiz de memoria te dejo unas notas básicas que te ayudarán a entender nuestra misión mejor. Ramiro te ha contado mucho. Pero, según sus informes, tú has caminado siempre hacia el lado correcto.

—¿Según sus informes? ¿El lado correcto?

—Siempre hemos creído en ti. Estás a punto, créeme.

—¿Cómo lo haré?

—Trabajaremos juntos, descuid…

En ese momento, tu rabillo del ojo te indica un movimiento anormal. Levantas la mano que agarraba la de Ruth en un gesto reflejo para protegerla. El americano y su novia se han desdoblado y acuden hostiles desde el fondo del restaurante con sendos objetos que ocultan en sus manos. Podrían ser pistolas, navajas o muslos de pollo. Ruth se levanta y retrocede hasta la puerta de acceso a la cocina.

concierto-andinoLos músicos bajan del escenario en medio de su canción y bloquean tres vías de acceso hasta vuestra mesa. La familia española les jalea alborozada y se ponen de pie para ver los discos que ofrecen. En un segundo, los Andes se han puesto de vuestro lado. Ruth desaparece en la cocina y tú la sigues. Cambiáis una mirada. La acompañas a empujones hasta la puerta de salida al aire libre. Allí un indio, (¡Tito Flor!), aguarda con dos mulas y os hace señas para que saltéis cuanto antes. Ella sube con alguna dificultad a la suya. Tú te sorprendes con la agilidad de un niño de entre 12 y 14 años y montas de un impulso.

mulas-andesPero Tito os separa. Indica que debéis tomar caminos separados, los dos llevan a puntos distintos de la montaña. No discutes y poco a poco te alejas de Ruth. Bien distantes, os volvéis y hacéis un gesto de saludo, o de añoranza, con la mano. No vuelves a mirar atrás. Al cabo de tres horas, llegas a una caseta con techo de zinc, sobre la montaña, con vistas de la carretera y del restaurante, en la que parece vivir una familia de ganaderos, pues pastan alrededor medio centenar de alpacas.

puno-y-el-lago-titicaca-91No sabes qué ha ocurrido abajo. Un hombre de rostro amable, el del padre de la familia, te invita a pasar la noche y a que mañana tomes el siguiente autobús. El guía del tour ha recibido la explicación de que te ibas a meditar a la montaña y le ha parecido bien. A algunos visitantes les da así el mal llamado mal de la montaña. Adiós al tour, adiós a la familia española, a los jubilados tiernos, a los italianos, a los putos gringos. Pena de tus pertenencias. Pero al día siguiente, al bajar, los músicos, que se preparan para amenizar otro almuerzo de turistas, te llevan hacia la cocina y te entregan tu mochila. Y te regalan un disco. Vuelves a la carretera. A tu viaje astral y austral, al sortilegio de los Andes. Estás deseando leer las notas del lápiz de memoria que te dio Ruth. Tu editor va a necesitar un trago. Le podrías llevar una botella de pisco.

pisco-peru-2

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Lo que viene ahora es solo relax. Disfrutad escuchando Selvas vírgenes y Palomita blanca. Y escribid comentarios, por favor. Y compartid si os gusta. ¡Muchas gracias!