LOS CAMPOS DE TÉ

 

rickshaw Madrid 1La ciudad vibra al salir del Retiro al galope de mi “tuk-tuk” particular camino del Círculo de Bellas Artes, a cubrir la inauguración de la exposición “La construcción del amor”. Mi conductor gitano se desvía por calles laterales en lugar de enfilar por Alcalá, dando un rodeo que nos acerca al Prado y los Jerónimos.

—Es por seguridad, ¿sabe usted?

Aún me agito en la nebulosa provocada por la pólvora y el azahar en el parque, pero según nos alejamos noto que el Retiro pierde su influencia mágica sobre mí. Mientras el gitano pedalea, mantengo los ojos aún cerrados y creo ver innumerables amaneceres sobre el horizonte, uno tras otro, como un día que empezara mil, dos mil veces. Me distancio de sus árboles embrujados para recorrer, también de forma alucinada, otras zonas de la ciudad, con noches en blanco, forcejeos inmaduros conmigo mismo y con seres del otro sexo desde expectativas sobrepreciadas de la vida adulta, del ser libre que habita en el joven y pugna por ejercerlo, de forma a menudo tan torpe. Curioso: ahora que me dirijo a la inauguración de esta exposición sobre la construcción del amor de un par de artistas nórdicos, cada bocacalle que cruzamos me recuerda una encrucijada en ese camino, con nombres, situaciones, sonrojos, suspiros, pena, deseos de buena suerte, agradecimientos, algún mal rollo.

rickshaws MadridY surge en mi interior un irresistible deseo de parar, parar el carro, el tuk-tuk innecesario de país rico, plantar los pies en la acera y contarlo a los viandantes que me quieran escuchar.

—Pare, pare. Me bajo.

—Como usted quiera. Le dejo en esa esquina, que es muy abierta y puede ver bien lo que pasa.

Cerca de la esquina hay un coche de la policía aparcado. Es barrio noble y se nota. Me quedo en medio del cruce, mirando las cuatro posibilidades de dirección. En una de las calles, veo una furgoneta con una antena enorme en el techo y el logo de una radio muy conocida que tiene su sede allí mismo. De lejos se observa el trajín asociado a una emisora, personajes variopintos que entran y salen, jubilados que van a hacer de público, chicas guapas  y no tan guapas, arregladísimas y conscientes de sí mismas escrutando por encima del hombro algún signo de deseo que les confirme su estatus desde sus altísimas plataformas, un joven con pelo exuberante, rizado y larguísimo, con raya a un lado, con pinta de poeta colgado que seguramente tiene un programa nocturno de jazz.

cantante callejero tucumán retocadoY allí, junto a la entrada, un músico callejero que desgrana su canción. Es jovencísimo y mantiene una postura tan ágil. Arqueado sobre su guitarra, hace ademán de penetrar con su mástil al grupo de jovencitas que se aproximan, seguramente para participar en un programa de la radio.  Ya de lejos me había parecido que se regocijaban en lugar de enfadarse por su actitud, alejada de lo hostil, y, sin embargo, aparentemente agresiva. Cuando llego a su altura escucho su letra y su música, pugnando con el ruido de la ciudad y las risas aún vivas de las últimas chicas del grupo, que se resisten a rebasar la puerta de entrada, invitando a lucirse al músico callejero.

—…”quiero seguir tus juegos eternos, escondernos en esas nubes que algún día beberemos”.

Sea lo que sea lo que canta, resuena en mí. Conecta con la frecuencia de latido en que me ha dejado el carrito del gitano. No puedo evitar fijarme en los acordes que arman la música, que pasa a primer plano, a un único plano, en mi cabeza y en mi corazón. Es una canción que ya he oído, pero no en la radio. Es un déjà vu, parte de todo lo anterior, de la sensación de construcción tan trabajada del amor que me acompaña desde El Retiro, el camino hasta aquí, toda la vida anterior, que confluye en este cruce. Cuando el músico termina, me desarma:

—Ya conoces la canción, ¿verdad?

Acorde guitarra 1

Asiento con la cabeza, muy lentamente. Reconozco el acorde del que todo parte, aquel en que todo quedó suspendido hace mucho tiempo, probablemente poco después de que se extinguiera el olor a pólvora y azahar para dar paso a la explosión real del amor, y que resurge en medio de este nuevo ciclo. Esa libertad de hablar, de componer, de gritar, cargándote de historias para cantar finalmente al futuro que llegó, porque todo lo anterior importó. Sí, pero, ¿lo anterior a qué?

—El camino hasta aquí… —se apaga mi voz—. Pero tú no puedes cantar todas estas cosas. Eres demasiado joven. A los veinte no puedes saber muchas cosas, aún te falta vivir.

—Intento imaginarlas, canciones de amor antes de vivirlo: “Quiero vivir como un torrente, en las fronteras de lo vivo”: al límite del amor, de la pasión. Es la más grande declaración de amor. No es fácil que ocurra, ni que sea correspondida. Los hechos lo demuestran. Pero a veces sí. Y entonces la música estalla. Y la poesía se desmelena. Y los cantores justificamos nuestro oficio. ¿Quieres ver la letra completa, esa que yo no puedo haber escrito porque aún no puedo haber vivido tanto, la coronación del amor? La tengo aquí en papel. Si la quieres, te la doy. A cambio, me tienes que entregar algo valioso.

Miro en mi mochila, desconcertado. Tengo las tres extrañas maquetas del Retiro que me vendió el gitano. La segunda, de color azul, brilla de forma especial. La separo de las otras dos, encajada, como estaba, en medio. Se la ofrezco con cara de duda al músico, que asiente.

Músico en el metro retocadoRebusca en su bolsillo trasero y saca un papel plegado en cuatro. Hacemos el intercambio y en ese momento se monta un barullo en la puerta de la radio. Dos parejas de jóvenes de aspecto muy americano, con sus mochilas de turistas de visita en el barrio de los Jerónimos, se dividen y vienen a por mí, cada una desde un lado. Joder, ya estamos. Novella, socorro. El músico reacciona y tres o cuatro de las chicas también, quién sabe, quizá extras contratadas por Novella: salen a la calzada y empieza a montar un show que atrae la atención del coche de policía. El resto, una decena de ellas que aún no había entrado en la radio, le sigue el rollo y me rodean todos.

—Vamos, corre. A estos los entretenemos estas chicas tan estupendas y yo. Llévate mi canción y cántala por mí. Has visto los acordes, te suena la melodía, la letra…es casi tuya. Corre hasta el Círculo. Si no llegas a tiempo, te perderás la inauguración que tienes que cubrir y todos perderemos.

patinete puerta de alcala 2Alguien pone en mis manos un patinete eléctrico. Me monto sin mirar atrás. Solo escucho el gran follón que se ha montado, las chicas adolescentes jaleando al músico y abucheando a la policía, las parejas rubias de Kink, una vez más, haciendo turismo sin presa. Cuando miro hacia delante, reconozco el gran espacio abierto de la plaza de Cibeles. Saco la hoja y la pongo sobre el manillar del patinete para leerla. Compruebo sin sorpresa que también está en blanco. Otra vez me toca escribirla en movimiento. Es mi sino. Solo presenta el título: “2 x 20: Los campos de té”. El papel en blanco se me ofrece como una piel desnuda que urge caricias. Sonrío al teclear mentalmente mientras freno el patinete al entrar en un nuevo cruce. En esta esquina también amé. Pero para entonces, yo ya había germinado.

 

***

LOS CAMPOS DE TÉ

 

La carretera es apenas una senda ancha entre colinas pobladas de té desde hace muchos kilómetros. Revuelta tras revuelta, serpentea amable en la tarde mientras se interna en el sur, camino de la penúltima etapa del viaje de bodas, un viaje a la India soñada, la India que acaba en una punta en los mapas del mundo, en los globos terráqueos, la de elefantes y tigres y selvas, con parias, brahmanes, piratas y Sandokanes,

Meditacion_meenakshi_ammanla de dioses con muchos brazos, casacas rojas coloniales brutales y líderes pacifistas espirituales como Gandhi, la misma que llevó a las Beatles y a toda una generación a buscar dentro de de sí mientras provocaban el estallido hacia fuera de toda una época. La tarde empuja al día hacia su destino, envuelta en nubes de monzón. Se abren brechas en la bóveda gris y el último sol las utiliza para iluminar como un tesoro deseado los campos de té, que se arremolinan en la sucesión infinita de colinas. Desde el autobús, la sensación es que todas las hileras convergen en ese momento en la carretera, en nuestro paso. La luz produce sobre las plantaciones un reflejo verde intenso que emboba la vista. Reconoces ese verde. Te ha llegado en viajes previos a este de compromiso, viajes de descubrimiento y conocimiento por otras tierras calientes surgidos antes, como tu amor, de la llama de la misma noche. Ahora el verde de los campos transmite otra cosa: una mezcla de búsqueda y serenidad.  El autobús avanza muy despacio.

 

Cada hilera de plantas rebasada me sugiere más y más agarre a la tierra. Hace apenas unos días os reconocieron como recién casados al entrar en un templo, en una ciudad santa, y os convertisteis en invitados de honor en una boda hindú. Todo resuena a viaje nupcial. Qué exótico para todos, ellos y nosotros.

Si retrocedo aún unos días más me encuentro en un aeropuerto. No es un aeropuerto cualquiera: es el de París. Tampoco una mañana cualquiera: es el día siguiente a la boda, la nuestra, esperando a la conexión con Bombay.  Hemos dormido poco y ahora esperamos el avión que nos va a llevar entre nubes a la India soñada. No puedo imaginar un destino mejor. Juntos por encima de las nubes, para alimentar la loca correspondencia, para lanzar el amor hacia un nuevo estadio. Al otro lado del cristal, en la distancia, la Ciudad de la Luz me sonríe en la mañana límpida de junio.

Paris skyline—Pillín —desde Versalles, desde los campos Elíseos, desde la estación de Austerlitz, desde el camping de Joinville le Pont, etapas previas de la educación sentimental, París me felicita con múltiples voces.

—Sí —reconozco—.

Mientras dormita a tu lado en una incómoda butaca frente a la cristalera por la que desfilan despacio los enormes aviones que conectan continentes, recuerdas cómo la has levantado en brazos, hace solo unas horas, al cruzar el umbral, raptada de toda la vida anterior, la suya y la tuya, como en la Historia, en las películas, en los tebeos, en los chistes, en la vida. Acabó la fiesta y aún tuviste fuerzas para el rito. Debe ser lo que sienten todos los días millones de parejas al casarse. Pero para ti es un milagro. Porque la búsqueda ha sido siempre tan intensa, todo lo anterior parecía tan importante, tan relevante, tan dramático. Por eso la levantas, la arrebatas a tu propio pasado inacabado, que ahora es una risa, y la instauras en el gozo de la realidad. Porque  no es la chica de tus sueños, no. No se parece a nada con lo que hubieras fantaseado antes. Rompe sistemáticamente cualquier previsión o idealización. Esta es de verdad. Parece haber brotado de la tierra. Y pesa lo suyo. Le has puesto un anillo al amor, un perfil, un cuerpo. Era posible. Por qué tanto dramatismo, si lo has tenido chupado. Aunque en una decena de años de búsqueda joven caben muchas pifias, disfrazadas de aprendizaje. Porque ahora ya sabes que el destello no siempre esconde un sol. Sin embargo, la suerte os halló listos para bailar la danza universal.

— Bailo fatal.

—Y yo.

 

Pero bailamos en horizontal. Y luego en vertical. Y bailamos bien, acompasados. Ahora, bajando por la carretera hacia la siguiente ciudad, dejando atrás colinas vestidas de té, somos evidente pareja de baile en el autobús atestado de vida local, el enésimo desde que aterrizamos en Madrás, empapados de paisaje y viaje. El autobús hace una parada rápida, la última antes de llegar a destino. Bajamos para usar los baños separados del chamizo en el que se ofrecen refrescos. En el muro bajo que convoca a los hombres, mientras esperamos cola, un joven me mira a los ojos y mueve la cabeza como solo los indios lo hacen. Su inglés es pausado, las palabras se apoyan en una voz grave para viajar hasta mi corazón.

 

Plantación té- ladera y gente—Son bonitos los campos de té. Dan vida al paisaje, dan trabajo, dan satisfacción con su bebida en millones de hogares del mundo al empezar el día, cuando el hombre se enfrenta a la jornada. Desde aquí damos los buenos días al mundo cada día.

 

Asiento en silencio y contemplo más allá del muro las hileras, a menudo caprichosas, pero bien agarradas a la tierra, brillando con el último rayo de sol que se cuela entre la brecha antes de que la nube incontenida del monzón riegue sobre todos nosotros, campos, hileras, hombres, niños, mujeres, soñadores, animales.

IMG_4826Todos corren a refugiarse bajo el techado o se apresuran a entrar en el autobús. Me dejo regar por las gotas urgentes del monzón  y la veo salir del aseo de mujeres. El joven compañero de aseos también la observa.

—You are very lucky. Es muy guapa su esposa. Y parece fuerte.

—Sí —eso yo ya lo sé—.

—Que sean muy felices.

autobús KeralaAl entrar de vuelta al autobús, huele a tierra mojada y comprendo que yo ya hace tiempo que estoy plantado en un terruño móvil, bello y fértil. A partir de ahora todo es crecer, y florecer, y sincronizarnos con los ciclos del año y de la vida.  Desde cada lado, con nuestra fuerza, con nuestros rasgos tan distintos, con un esfuerzo que no notamos, hemos construido el amor. Nos necesitamos hasta el punto de no imaginar la vida futura sin el chorro de novedad y gozo que es reencontrarnos al final del día, emprender juntos la noche, salir juntos a la mañana. Mientras la última plantación de té se escabulle entre las sombras de la noche, comprendo que al fin estoy plantado,  que puedo empezar a echar ramas y, quizá, alegrar cada día un poco la vida al mundo, como un campo de té. Ahí fuera, el monzón  me recuerda que a partir de ahora solo necesito empaparme de sol y lluvia, el regalo de las nubes. Al llegar al destino, dormiremos en un hotel cualquiera. Así es como viajamos. Siempre hay sitio para nosotros. Siempre hay sitio para unos recién casados de viaje por el sur de la India. ¿Ves, tonto, cómo era posible?

Campos de té y nubes

 

 

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