LA ESTELA

Se había cambiado de barrio.

Se había cambiado de barrio poco antes de declararse la epidemia, aconsejado, una vez más, por su abogado, especialista en divorcios y acosos. Por esta faceta suya lo había conocido y contratado casi treinta años atrás. En el lío actual, su abogado se había tenido que emplear a fondo en sus dos especialidades. Pero ahora era libre de nuevo, sentía al caminar por última vez por las calles de su antiguo barrio, el último paseo por la hierba pisada. Jamás se volvió atrás para ver si volvía a crecer. Solo le importó olerla, yacer sobre ella, arrancarla a mechones, mientras miraba al cielo, y arrojarlos luego lejos, antes de seguir caminando. Volvía a ser libre para mirar, para seguir, para fantasear sin pudor detrás de una mujer por las calles. De una tacada, el abogado le había resuelto el divorcio y el supuesto acoso a una vecina, que lo desencadenó todo. Aceptó el divorcio y el acuerdo con la acosada, y se mudó a otra zona más humilde, imposible mantener el nivel después de ese despojamiento que le llegaba justo cuando se iba a prejubilar.

Detenerse en los escaparates de ropa íntima.

Ahora, mientras se recuperaba del zarpazo de la pantera, podría ser el hombre solo, maduro, aún atractivo, que gustaba de recorrer los parques, las calles comerciales, detenerse en los escaparates de ropa íntima a ver los bustos de plástico. Casi todas las mujeres, no tantas, que le invitaron a entrar en sus vidas después de superar la incomodidad del empalago, se habían marchado después como lo habría hecho un Ferrari amarillo. Las que salían caminando lo hacían dudando entre denunciarlo u olvidarlo para siempre. Mejor esto último. Se evitaban el engorro de dar forma a algo inconcreto, incómodo, opresivo. Algunas cambiaban de hábitos, o sufrían ansiedad, o desarrollaban insomnio. Otras se mudaban de domicilio y hasta de trabajo.  

—Vaya estela que dejas siempre, macho —el comentario se repetía en las cañas con sus amigos de otro siglo, a cada mudanza forzosa. Pero esta vez, no había tanta envidia y admiración. El zarpazo lo había dejado temblando. En el despacho del abogado, había tenido que escuchar a su esposa hablar en nombre de quién sabe qué reguero de perjudicadas, desde cuándo. Error de cálculo por su parte. Nunca se debía haber casado. Nunca antes había tenido que escuchar el lamento directo convertido en acusación. Nunca se había llegado a fotografiar su estela destructiva. Por primera vez alguien la ponía sobre la mesa y exigía compensación.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

Y el mercado. Allí la descubrió.

Entraba así en el nuevo vecindario venido a menos. Volvería a empezar, con su trabajo fijo de Técnico de Hacienda, que seguro impresionaba más en esa zona de la ciudad. Ya se trabajaría los escasos parques, la calle comercial tan populosa, las tiendas de ropa íntima, que allí eran, también, mercerías. Y el mercado. Allí la descubrió. La escrutó desde atrás, como siempre hacía con sus presas, en el puesto de la pescadería. Lo que no podía imaginar en su primera salida de caza es que, además, aquella mujer aún joven, de poderosas formas, morena y de rostro a la vez hermoso y hierático, como de diosa griega, era su vecina de calle. ¡Afrodita, la diosa del amor, vecina de enfrente, nada menos! Ocupaba un cuarto piso del bloque al otro lado, de la calle, separados por una veintena de metros. Tarde tras tarde, la fugaz correspondencia en el saludo y el rito diario del aplauso a los sanitarios alentaron en el hombre un improbable juego romántico, él, que solo y siempre jugó a conquistar y abandonar. ¿Y si esta fuera la auténtica, como la piel dulce que esperaba al tío Alberto al final del camino en la canción de Serrat? Se haría el encontradizo. Pero realizar la compra en el mercado ya no resultaba tan fácil, con mascarillas, todos tensos, guardando las distancias. La veía ejercitarse en su balcón. Quizá podría aprovechar, pues pronto permitirían salir a la calle a pasear unas horas o a practicar deportes individuales. Su imaginación se había encendido tanto que en algún momento había pensado en trepar por las tuberías, como el amado hasta el balcón de la doncella. Vaya tontería. Trocar el objetivo acostumbrado de posesión por un sueño de enamorado joven era una debilidad estúpida que ahora se permitía, achicado por su disminuido vigor de sesentón. Un sueño solitario que habría sido hiriente para cualquiera de sus víctimas, de haber tenido ellas el mínimo interés en saber algo de su vida posterior. Esperaba morir conquistando, en la cama, con la mujer más bella del mundo a su lado. ¿Cuál sería la última?

Los noticiarios combinan el estupor y la crudeza.

Los noticiarios combinan el estupor del mundo encerrado con la crudeza de la muerte masiva. Y recuerdan que no hay que bajar la guardia. Cuidado con los asintomáticos, pues pueden transmitir la enfermedad sin sufrirla. El hombre observa de lejos, como siempre. Ahora, desde un balcón. Incluso se alboroza con la idea de conseguir una prenda suya. Por eso se fija en la sudadera verde turquesa que cuelga de un gancho en su terraza y que ella se pone y se quita con frecuencia cuando hace gimnasia. Juguetea por un instante con la extraña idea de la pureza del amor romántico. Se imagina tener una prenda de la amada. Querría olerla a fondo. Extraño pensamiento, pero, sí, ha empezado a poseerla ya mentalmente y, cuando coinciden en los aplausos, él abre los agujeros de la nariz para oliscarla desde su balcón. Ella se despojará de su sudadera turquesa en el momento de la posesión.

El ejercicio será la excusa perfecta.

            Por fin llega el día en que podrán salir a la calle a hacer deporte de forma individual. El ejercicio será la excusa perfecta para trabar contacto. Hace guardia desde muy pronto para observarla. Desde su balcón casi a oscuras, bien temprano, el primer día la ve descolgar de la terraza la sudadera turquesa y desaparecer dentro. Se viste también él de deporte y se pierde en la maraña de corredores y ciclistas que forman civilizadas filas indias y guardan las distancias, como piden las autoridades en las primeras horas de libertad después de 50 días de reclusión forzosa. El primer día no consigue verla. Pero su propio trote en la multitud le distrae y le ayuda a estudiar cómo ejercerá el cerco. No le cuesta practicar, poniéndose a estela de distintas chicas, hipnotizado por las colas de caballo que oscilan acompasadas a sus trotes femeninos. Las sigue desde distintas distancias. A veinte, diez, cinco, tres metros. Las autoridades dicen que debe guardarse un mínimo de cuatro metros. El hombre ha corrido muchas carreras populares en donde nunca tuvo intención de ganar, solo de trotar detrás de jóvenes cuerpos, ágiles, lisos, descubiertos. ¿Quién va a poder acusarle de nada en el enjambre de corredores que al fin escapan de sus confinamientos?

Desde donde puede seguir su cola de caballo.

Al tercer día ya sabe desde dónde salir para ponerse en seguida a apenas dos corredores de distancia de ella, desde donde puede seguir su cola de caballo. Al cuarto día ella se gira hacia atrás para comprobar que es él quien le sigue, a tan solo dos metros. Acelera y pone algo más de distancia. Otro runner se cuela entre ellos. Pero el hombre no deja de tenerla a tiro, de observarla cuanto quiere, su trote grácil. Él percibe cierta incomodidad y deja espacio a dos o tres corredores en medio. Por si acaso, alterna el sentido de marcha. Así, el hombre consigue también encontrársela de frente. Día a día, perfecciona su técnica: unas veces de frente, otras desde detrás, el momento de máxima proximidad a la mujer le produce una sorda satisfacción: el pensamiento es verde turquesa.

Una semana de juegos prohibidos a los que la mujer no responde

Al cabo de una semana de juegos prohibidos a los que la mujer no responde ni parece incomodarse, ella se gira y le invita a ponerse a su altura. Es lógico. Todos estamos contentos de salir, de sentir el valor de la vida de nuevo, después de tanto horror.

—Hola vecino. Ya va siendo hora de que nos presentemos, ¿no? —su cola de caballo se desacelera, rompe el compás que llevaba, que lo hipnotizaba.

—Uf, sí, lo que cuesta ponerse a tu altura. Estás muy en forma.

Por un instante, van a la par. Luego, ella pisa más fuerte para ir siempre medio metro por delante de él. Así corren todo el circuito, charlando sobre la pandemia, los aplausos, el miedo. Todo el tiempo, ella gira la cabeza para dirigirse a él, siempre un poco por delante.

            Unos días más de compartir circuito y conversación al trote y el hombre cree tenerla a punto de caramelo. La ha invitado a su casa a tomar una cerveza al día siguiente, después del deporte.

Pero la noche anterior, con todo a punto para el gran día, se siente mal. Piensa que se ha pasado con el entrenamiento, o con una tortilla caducada de fecha, porque el cuerpo le duele por siete, como si le hubieran dado una gran paliza. Le estalla la cabeza. No sale a aplaudir al balcón. Se queda en la cama con 38 de fiebre. En los dos días siguientes, se asoma repetidas veces, sin éxito, para intentar ver a su vecina y contarle que no va a correr. Seguramente por un enfriamiento. ¿O será el mal? Al tercer día llama al 112, describe los síntomas y, al poco, se presenta una ambulancia de la que salen tres sanitarios como tres astronautas, que le bajan en camilla y se lo llevan. En el trayecto desde el portal hasta el vehículo, levanta la vista hacia arriba.

La expectación causada por la ambulancia ha llenado los balcones de la calle. Él busca el de la vecina. La máscara transparente de oxígeno apretada contra su cara no le impide verla en el balcón, recostada con displicencia sobre la barandilla, fumando un cigarrillo. No la reconoce. En su obsesión, confundió la diosa. No era Afrodita sino Atenea. Con la cabeza ligeramente girada hacia un lado, como cuando le hablaba al correr, ella le mira desde arriba y exhala con fuerza una nube de humo, que flota y se expande más de dos metros antes difuminarse por completo. Esa estela es lo último que ve de ella, justo al entrar en la ambulancia. Cierra los ojos y comprende que la presa se ha deshecho del cazador.

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