LA CERTEZA (Final de viaje)

Cruzaremos el parque desde lugares distintos

Nervios en la mañana. El editor me ha pedido que le entregue el trabajo en mano, a la antigua. Y que lleve también el manuscrito que me ha pasado el tipo que se identifica como A.  Es sábado y hemos quedado en un parque público. La excusa: que le ha fallado su ordenador y quiere saber cuanto antes si la biografía sobre la vida del cantante H.C. va a desatar pasiones, réplicas o indiferencia en este mundo asolado. Esto es muy importante para el editor de una revista como Las Nubes. Y cree que el papel, el doble espacio, la mañana del sábado, el banco del Retiro que señalamos en su día para entregas secretas, deben regir este trabajo. Y, también, que a los dos nos gusta el parque y lo cruzaremos desde puntos distintos, maravillándonos de su belleza en otoño, para encontrarnos en el punto X, en ese banco en el que ambos nos hemos sentado en otro tiempo pasado junto a lo mejor de nosotros mismos. Me espero cualquier confesión sentimental. Pero, en todo caso, me la espero de mí. El editor jamás ha soltado prenda de su pasado.

Aun así, me extraña la cita con este nivel de seguridad. ¿Ni siquiera enviarle el texto por correo electrónico? No me parece que sea para tanto. No hablamos de Elvis, ni Michael Jackson, ni Prince. Ni siquiera de Aute. Sin embargo, cuando le dije que se había puesto en contacto conmigo un oscuro autor con la historia secreta del cantante, no lo dudó un instante:

            —Ve. Corre. Una biografía como esa es de interés para nuestros lectores. Hay que verificarla primero. Tienes que controlar al autor. Saber por qué ahora. Qué secretos ha escrito y cuáles ha guardado. Pero queda con él en un lugar abierto.

            —¿Por el virus?

—Tú ya sabes por qué. Para evitar trampas. Ya no estás a salvo ni con un obituario (ver entrada “Alma” del blog de las nubes). Averigua quién es el tipo y por qué acude a nosotros. Qué dice ese libro que no se supiera ya de H.C. Por qué alumbrar un libro sobre él.

Sí, pienso, mientras escucho la mañana en el parque, aún fresco en la memoria, mi paseo arrastrando los pies por los ríos de hojas caídas. Por qué escribirlo y acudir a nuestra revista para facilitar su publicación. Todo el libro y, sin duda, las últimas páginas, aportarán certezas sobre aquel abrupto fin de viaje. Ahora son datos corroborados, testimonios de quienes lo trataron, inseguro, enamoradizo, introspectivo, poco afecto a la parafernalia de la industria. Alguien ha reconstruido aquel final. Pero, ¿por qué lo ha hecho? ¿Qué consigue el mundo conociendo su historia, si ya teníamos acceso a todas sus canciones? La historia de un artista que se frenaba siempre, merodeando displicente a la entrada del Olimpo, cazando nubes, cuando otros amigos, compañeros, competidores, aceptaban el juego de los dioses para subir hasta lo más alto, y luego se sentía excluido del banquete.

***

Deberé leer el tramo final justo antes de conocerle

Recibo el archivo por email y le paso el antivirus, por si acaso. El autor prefiere mantenerse aún en el anonimato. No por mucho tiempo. Leo el manuscrito sin descanso durante dos días, menos los capítulos finales, por indicación suya. Quedo con él en una terraza no lejana al Retiro. Así, cuando terminemos, me reuniré con el editor en el parque. Lo reconoceré por una camiseta con la “A” gigante y otra “A” más pequeña que cuelgan de una guitarra eléctrica.  Nos veremos en esta mañana de sábado, a mediodía. Deberé leer el tramo final a primera hora para conocerle en persona nada más terminar mi lectura. Me ha pedido que sea así y acepto.

Nervios en la mañana. Final de viaje. Afronto emocionado la lectura de las últimas páginas de la biografía sobre Hilario Camacho. Solo queda la última tacada, un último escalón para saldar cuentas con la realidad, la que ocurrió de verdad y la que yo recreé en mi corazón. Sabes cómo termina. Sí, murió solo, en circunstancias quizá no tan extrañas. Pero quedan esos últimos pasos documentados por conocer. ¿Fue un accidente aquel fin de viaje? ¿Qué esconden esas páginas? ¿Casarán con la interpretación que te diste en los días siguientes de aquel horrible agosto, ante la falta de información en la prensa, desolado por su muerte misteriosa, huérfano repentino del maestro de nubes, del arquitecto de sueños, a quien hacía tanto que no seguías la pista?

Descoyuntado por la noticia, saliste a comprar algún disco suyo, el que hubiera en ese centro comercial más próximo (hace tiempo que no tienes cerca tiendas de discos). La estrella del alba, rápido, antes de que me lo quiten de las manos, lo encontraste, lo protegiste. Pero nadie se abalanzó para arrebatártelo, ni siquiera tus vecinos de compra más próximos mostraron curiosidad por saber qué podía haber de tanto valor en aquellos stands para agarrarlo así. Parecían más pendientes de los últimos lanzamientos, que ocupaban casi la mitad del mueble. Solo, hundido por la noticia, pero maduro, con una familia ya y responsable, en el balcón de tu refugio, en el bosque, abriste por primera vez La estrella del alba, continuación de los otros dos primeros discos de Hilario que habías escuchado mil veces. En mitad de la perplejidad, versos sueltos bailando en el aire, como en aquel primer festival en que la letra de Hilario llegaba entrecortada, a oleadas por el pésimo sonido.

Porque a un sueño

qué más se le puede pedir.

Un río de nostalgia manó de una canción única

El eslabón perdido de tu educación sentimental. El disco que nunca existió hasta ese día y que era la culminación de la primera etapa de Hilario. Porque después del despertar vino el crecer, el volar, el conocer, el madurar, y ahí ya cambió Hilario su papel de solista y entró a formar parte del coro, hasta el día infausto en que la certeza se apoderaba de ti: el final de viaje ocurre, ocurrirá un día, ya ha ocurrido. Un río desbordado de nostalgia manó súbitamente de una canción única y sorprendente, casi al final de aquella primera audición, de su estrofa y giro finales: la canción María, ojos de ámbar gris.

Arrasada el alma, te preguntabas qué pudiste hacer para evitarlo, como si fuera un familiar al que hubieras vuelto la espalda y del que llegan noticias luctuosas un día cualquiera, cuando la vida ya está lanzada a toda velocidad. ¿Le ignoró el mundo realmente, entre ellos tú, que creciste fuerte desde aquel nacer de nube en un festival de rock seminal que despertó a todo un país? ¿O quizá él no supo salir nunca de esa adolescencia desde la que te invitó un día a cazar nubes? Atormentado, pensabas que desde el redil es fácil juzgar a las ovejas descarriadas, cargando sobre tus hombros el enorme duelo de la pérdida súbita. Y sonaba la canción María una y otra vez. Y quisiste saber quién sería María en la vida de Hilario. Cómo podía ser que no hubieras reparado en ella, en el disco, en la canción, en la mujer que tendría que haberla inspirado y que compartía nombre con tu grande y primer amor. Y te fuiste a suspirar al bosque, porque no había con quién compartir la hondísima pena. Pena por ausencia prolongada, por haber seguido tu camino sin volver a buscarle en los escenarios desde un anodino concierto de verano en 1984, por apenas recordarle como el trovador de aquel principio. Pena porque La estrella del alba se te había escapado hasta entonces y comprendías que el mejor Hilario estaba ahí y tú ya habías partido a buscar otras sendas mientras él seguía su camino. Y, sin embargo, extrañamente incorporadas la duda y la introspección a tu carácter, a tu actitud, seguías cantando desde dentro las mismas preguntas que te llegaron en aquel concierto primero: “Desesperadamente, busco y busco algo, qué sé yo qué, misterioso, capaz de comprender esta agonía”.

Sí, ninguna canción suya se coló en las selecciones que grabaste en cassettes antes y después de forjar el largo recorrido de juventud. Para ti, eran una sucesión intocable de temas de dos discos de inicio y aprendizaje. Al rescatarlas hoy, atentas a tu lectura final de la biografía secreta, te recuerdan el formidable camino hasta aquí, la sucesión de amaneceres, de conversaciones, de intentos, hasta llegar al puerto donde te establecerías. No: sus canciones y su voz inconfundible no se acompañaban de la panoplia del rock, un espíritu, una proclama que recorrió las décadas siguientes por las calles de tu vida. Sin embargo, aguantaron compactas, los dos primeros discos almacenados en una cassette y en el primer reproductor mp3 de Sony, que aún guardas.

Cuántos días de tu vida adulta, como cuando tu padre te recordaba que, día tras día, comió durante décadas en un restaurante junto a la fábrica en la que trabajó, recurriste a esos dos discos en el walkman stick de Sony junto a otros pocos fundamentales en tu educación sentimental, mientras dabas el paseo solitario del mediodía después de comer en ese complejo empresarial al que le entregaste lo mejor de ti por una familia. En cuántos de esos paseos te reconfortaron y te sacaron del vértigo atroz del vacío de los días seriados al reconocer versos como “el agua en sus cabellos”, “sus largas piernas imantadas”, “ven aquí”, “desesperadamente busco y busco” y un sonido acústico y una reverberación del pasado, y volvías con fuerza a afrontar el presente, la tarde por delante, porque, ahora sí, ya sabías de dónde venías. De allí.  El camino hasta aquí. La certeza de que todo tenía sentido: la vida, crecer, el amor, la familia, la nostalgia siempre, la nube inasible ahí arriba, tantos días, juguetona, sembrando nostalgia en la sobremesa laboral. Y flashes de intensidad variable que traía la escucha ambulante, como este:

Madrid, 1983. El joven soñador se corta el pelo y la barba para que no se las rapen en el cuartel al que le envían a hacer la mili. Todo lo que le empuja se sostiene sobre un espíritu de música y rock. Siempre será así. La vida es una odisea de rock. Así la viviré. No conoce los planes que el futuro tiene para él. Ya en el cuartel, recordará (porque se habrá fijado en ello, sin saber que así está marcando el final de una época) cuál fue el último disco que escuchó, cuál la última canción, antes de entrar en “guerra” con la mili. Sí, fue El Thunder and Lightning de Thin Lizzy. La última canción de la cara B (porque los discos los escucha completos), Heart Attack, resonará en su cabeza en momentos duros de la instrucción militar, recordándole que el rock es su vida y le da fuerzas mientras espera que todo vuelva ser como antes: “Mother, I am dying from a heart attack”, canta Phil Lynott. La poetiza, la sublima en su resistencia. Y en una tregua consigo mismo, escucha en la cantina del cuartel la música de “Taxi”, de Hilario Camacho, que ha sacado ese mismo año. Y se abre la coraza y se pregunta qué fue de aquel jovencito que sigue sin tener nada claro, que teme tanto a la mili del presente como el futuro de después, por mucho que todo lo vista de rock, que creció besado por la literatura de aventuras y al que hoy tranquiliza Hilario Camacho con su voz inconfundible, rotunda: “Taxi, sácame de aquí, llévame por la ruta del azar, en dirección prohibida, hasta llegar al mar”. Eso es rock, te vale, y te ayuda en tu huida imposible, porque conecta con lo más íntimo: contigo, con lo que eres, a través de la música.

El joven de la mili nunca más se dejará barba ni pelo largo: ha comenzado a pasear por la existencia y la energía de cada vez más soles le ha transformado. Pero no tanto como para no reconocer el apagado de uno de sus faros cuando le llega la noticia de que ha partido sin avisar, para siempre. 

La inmensa canción de lo etéreo

Peleando con el tiempo y la crianza de la prole, de pronto te zambulles en la poza de los sueños. Quizá incitado por el dolor de su partida, adviertes que todo es viaje y que todo viaje tiene un final y que tú debes empezar, sin más dilación, a reconocer el camino andado. Una canción.  ¿Y si se pudiera contener todo en una canción? Cada canción es un todo, una chispa, así es la música. También el rock. Todo. Alfa y omega. La canción que todo lo contara, de la que manara una historia cantada y contada. Pero no una cualquiera, sino la que contuviera toda tu esencia y la esparciera con desparpajo, sin vergüenza, la canción de todos tus caminos, la canción cuyos versos encienden emociones, la inmensa canción de lo etéreo, del infinito anhelo de lo infinito, de las nubes.

Vuelta al texto secreto. Fin de viaje, el artista lo anticipa, ¿o es que estamos ciegos? ¿No le escuchamos embelesados en su día cantar que el final de viaje solo puedes ser tú? El nuevo Bécquer de gafitas y pelo rizado, de voz poderosa, de carácter difícil, lo lanza así: Viaje eres tú. Versos que no se pueden explicar. Solo experimentar, sentir. Versos que jalonan la vida, propios y ajenos. En algunos, oculta el poeta lo que no puede decir abiertamente, su conjuro inútil contra el tiempo, el abandono, la soledad. En todos, su viaje, que insiste en compartir con nosotros, más allá de modas y vaivenes, de décadas (las de juventud), de veleidades y envidias de la escena musical, que generan inseguridades en él, que resurge una y otra vez en pequeñas plazas, invocando y convocando lo auténtico para quien quiera y sepa escucharlo.

El material manuscrito es claramente subversivo: la herencia que muestra del cazador de nubes atenta contra el orden presente, contra el caos desorientado y malmetedor de las redes. Extrañamente, algunas canciones de Hilario parecen descomponer los algoritmos de canalización del producto hacia los suscriptores. De entre todas las canciones disruptoras identificadas, una es indomable, no es programable. Revienta una y otra vez los sistemas. Me lo contó una fuente del ministerio de Tecnología y Felicidad Digital. Varias plataformas han denunciado el caso a la Policía Normal, que, por supuesto, no entiende nada de esto. Pero en el manuscrito está claro: Hilario fue por libre, Hilario creó en libertad. Quizá no fue el músico quien se estrelló, sino el ser humano. Y eso es otra cosa. Pero las redes quieren verdades absolutas generadas a partir de sí o no. Y en eso, los seguidores de Hilario, sus admiradores, sus huérfanos, probablemente no estén ayudando con sus respuestas para alimentar los Big Data. Algunas canciones de Hilario no se pueden calificar digitalmente y eso tuesta las meninges de los algoritmos y las plataformas entran en auto-shut off.

De alguna manera, al cerrar el manuscrito, siento que H.C. ha hablado a través de A.A. Entiendo su labor casi como la de un médium entre Hilario y sus seguidores para terminar un duelo pendiente. He de preguntárselo. De nuevo, la certeza. Para que los lectores, los seguidores, ocupados en vivir sus presentes, rescaten por un último momento su hermosa juventud hilariana y se sientan más vivos por haber conocido y amado al cantante, que los lanzó sin duda a amar, a buscar, a abrir los ojos a nuevos mundos con la llave de sus versos. Y se me ocurre una última canción para el epílogo que podría llamarse “Nostalgia del día”, que podría firmar este médium. Quién es, de dónde sale, este tipo A.A., sin duda siglas falsas, para despistar a la Policía Normal, cómo sabía que al editor le iba a interesar tanto la noticia de su libro.

Le encantaría que Zeus le cantara “Final de viaje”

Me apresuro, cada vez más nervioso, hacia la terraza señalada para la cita. Mi cabeza se llena de lírica homérica: una vez más, el viaje. Para cerrarlo, bien vendría la intervención divina. Seguro que en el Olimpo andan discutidos sobre los méritos del bardo. Sin embargo, incluso Hera, la furibunda esposa de Zeus, se apacigua al escuchar Final de viaje, qué alto apuntaron los hombres, piensa. Y le encantaría escuchársela cantar a Zeus: al final de su propio viaje olímpico, estás tú. Solo puedes estar tú.

***

—Es María, ¿verdad? —me sorprende mi propia presentación, sin ninguna cautela.

No hemos acordado ninguna contraseña para este encuentro. Pero las palabras impactan en su rostro, que refleja la sorpresa. La camiseta señala a A.A. Es él, sin duda. Está expectante. La “a” pequeña cae como una lágrima de la guitarra eléctrica.

—La canción que los revienta, sí, a los algoritmos. Y Arquitecto de sueños, también —sin otra explicación, saca de su mochila un vinilo de La estrella del alba. Lo coloca sobre la mesa—. Siéntate. Es seguro.

Prudencia: tengo que explorar la fuente y su contenido

Con un gesto pide dos cervezas a la camarera morena que atiende dos mesas más allá. La mascarilla le tapa la cara, pero sus ojos ponen mucha atención en nosotros. La de al lado está vacía, por distancia de seguridad. La terraza a mediodía. La ciudad a medio gas. La historia que nos trae hasta aquí, a tope de presión. Prudencia: tengo que explorar la fuente y su contenido. Me ofrece el disco:

            —Es para ti. No te preocupes, tengo otro —así acalla mi gesto de protesta. Me parece algo tan valioso que me resisto a aceptarlo. Me pongo en guardia. Demasiado generoso sin conocerme de nada. ¿O es que no se puede ser generoso sin más, aunque traigas una exclusiva clandestina y subversiva a una revista como Las Nubes?

            —¿Por qué a nosotros? ¿Sabes, acaso, que estamos en el punto de mira de la sección más oscura (y también la más desastrosa) de la Policía Normal y también del millonario Kink, que busca siempre capturar para su máquina de la felicidad la emoción que se produce cuando algo inasible y hermoso se convierte en realidad?

            —¿Algo como el contenido de este manuscrito?

            —Sí, la emoción que puede producir en miles de seguidores del cantante. Eso es lo que Kink necesita: cazar emoción y empaquetarla. Yo ya lo he sufrido antes. Me han intentado secuestrar varias veces en el momento en que se producía el intercambio.

            —O sea, que quieren siempre al médium —el tipo lo ha pillado rápido y se remueve, nervioso, en su silla. Agarra la botella por el cuello, pega un trago y no la suelta, como si se preparara para repeler un asalto.

            —Sí. Bueno, no debes preocuparte. Simplemente, estar atentos. Y ahora, a lo nuestro.

Es grande, corpulento, y habla rápido. La camiseta es muy molona. A.A. y la guitarra eléctrica. Lo que cuenta es interesante, pero también preocupante: él mismo cree que, de alguna manera, ha hecho de médium con Hilario al escribir toda esta investigación, le ha dado voz, le ha ayudado, sin querer, a despedirse con propiedad de casi todos, de muchos, al menos, que, como yo, no pudieron decirle adiós después de haber significado tanto para nuestras vidas.

Y también para convocar la ternura desde fuera de cualquier moda, desde donde esté, llamar a nuevas almas inquietas que buscan lo auténtico en la vida reciente y que no han llegado a conocer a Hilario. De su relato comprendo que Hilario permanece en los corazones de mucha gente, que el tiempo y la distancia colocan las cosas en su sitio, que alguien tenía que ayudar a Hilario a despedirse y le tocó a él.

            —Necesitas pasar esto al otro lado. Conozco una organización que te puede ayudar. Se llama Novella.

—¿Novella?

—Sí. Ellos se encargan de cruzar a gente como tú, que el momento de la emoción al desvelar tu mensaje al mundo no sea manipulado por nadie más.

—¿Cómo puedo ponerme en contacto con ellos?

—No podemos. Son ellos los que nos contactan cuando detectan que hay que hacer un cruce al otro lado. A veces creo que me leen el pensamiento. Pero, cuidado. Ningún cruce es fácil.

La mañana me lleva al principio de todo

Sujeto el vinilo, abro la solapa en dos, leo los versos, la mañana me lleva al principio de todo, a un día para la eternidad, la primera noche sin dormir, fuera de casa, a los dieciséis años, y el recuerdo más vivo de aquella jornada: la voz de Hilario cantando como nadie antes, como nadie después. El viaje emocional me abstrae tanto que no percibo el movimiento súbito, cómo se ocupan las mesas a nuestro alrededor. Dos parejas de jóvenes de aspecto foráneo, extraño en estos tiempos en la ciudad. Su pasaporte les delataría: Kinklandia.  El mismo A. detecta el peligro y tensa el cuerpo, me agarra el disco de las manos y lo lanza hacia dos mesas más allá, en donde lo recoge la camarera de ojos negros, que desaparece con él hacia dentro de la cafetería. Es material sensible, es la pieza clave que completa la lectura del manuscrito para un admirador agradecido que hoy, gracias a ella, ha terminado finalmente su viaje con Hilario. Intentamos levantarnos de nuestras sillas, pero ya cuatro manos fuertes nos empujan hacia abajo, dos sobre los hombros de A. y las otras sobre los míos. Dios mío. Qué cansinos. Esta vez sí que estamos perdidos, pienso mientas escucho el chirrido de unas ruedas de caucho al frenar en el asfalto, a apenas 20 metros. De dónde sacarán estos SUV negros en Madrid.

            —Tú, quieto aquí, grandullón. Esto no va contigo —siempre choca el inconfundible acento americano para una frase tan correcta en castellano.

Mi compañero de mesa cierra los ojos y abre la boca en el mismo instante en que los altavoces de la terraza empiezan a escupir a un volumen descomunal la música del disco. De pronto, parece que Hilario canta a todo volumen a través de la boca de A., que pasa de ser un médium literario a convertirse en médium artístico también. Los transeúntes se detienen ante la escena atronadora, como si los dioses jugaran al karaoke de pronto, y toman conciencia de la amenaza sobre nosotros. El estribillo que parece surgir de la garganta de A. se repite a un volumen colosal, que paraliza todo en la pequeña plaza. Jamás un verso pudo causar semejante estruendo:

Porque a un sueño /Qué más se le puede pedir.

Una multitud improvisada se congrega alrededor de las mesas, mientras la camarera sale de la cafetería con un rodillo en la mano y la portada del disco a modo de escudo, acompañada del cocinero y otro enorme rodillo. Ella se acerca a la multitud y entrega la portada del disco para que circule. El conductor del SUV hace un gesto y las tres parejas de americanos sueltan la presa, una vez más. Se dirigen al coche y Kink vuelve a perder. La canción termina y comienza a escucharse María. La portada corre de mano en mano. La gente quiere saber qué les ha conmovido, qué les mueve a salvar a un desconocido. Es la fuerza de la música.

            —Ven, María, que quiero anidar en tu blanco pecho…

Me levanto discretamente, quiero despedirme de A., pero no es posible. Se aleja ya con la camarera de ojos negros, a quien reconozco tras la mascarilla. Se la quita un instante en la distancia, para que sepa que es ella. Ruth, Novella, siempre en el lugar y en el momento de la emoción, para salvarla. Cómo te envidio, A., solo de pensar que pasarás las próximas horas junto a ella, mientras Novella te cruza al otro lado. Me consuelo pensando en que ahora me reuniré con el editor en el banco fijado del Retiro y la historia que le llevo le va a molar, envuelta en música y la emoción de una despedida.

            —Y besar esos ojos que inundan mi cuerpo de claridad.

Letra y música: Hilario

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