POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS

Relato de pancordia (de pandemia y concordia)

Paseo con mascarilla 1Gabriel Oleza, 48 años, concejal de izquierda en un pueblo de extrarradio con votantes de derechas, se alegra, “como todos”, de que el párroco de Santa Eulalia, Don Daniel, haya salido bien y que esté de vuelta en el “estupendo piso” en el que vive, después de dos largas semanas en el hospital. Aprovecha el paseo de la tarde para expresar estas y otras opiniones sobre el sacerdote a los vecinos que se encuentra y le reconocen, pese a la mascarilla, inconfundible. Para más de uno, lo suyo con Don Daniel es casi un pique personal. En realidad, se trata de una pugna por la atención de los ciudadanos, pues él apenas dispone oficialmente de unas semanas cada cuatro años, en la campaña electoral, mientras que los feligreses de Don Daniel le escuchan en misa cada domingo. Eso lo lleva mal el concejal Oleza, a quien resulta fácil reconocer por su envergadura y su poderosa constitución, un hombre de metro noventa y cien kilos que, sin embargo, semeja a un bailarín gigante más que a un levantador de pesos cuando se detiene a hablar con sus convecinos. Ahora más, durante los paseos aún condicionados por la epidemia, su cuerpo habla casi todo por él, pues la mascarilla esconde la expresión risueña que quienes le reconocen echan de menos al conversar. Gabriel no ha perdido ocasión en ausencia de Don Daniel para recordar a sus vecinos con gran vehemencia que es el Estado el gran padre que nos defiende de la epidemia y que lo público ha venido para quedarse.

Campanario en blanco y negroExtrañamente, durante la convalecencia de Don Daniel, las campanas han seguido sonando a mediodía, sin que nadie sepa quién las tañía. Hoy vuelve a haber misas presenciales, después de dos meses de suspensión, por el confinamiento. Gabriel quiere estar presente cuando Don Daniel vuelva a “la cruz”, como dice él de su misión de pastor, al frente de sus feligreses, ninguno de los cuales votaría jamás a su partido. Él sabe bien por qué y está dispuesto a reanudar en cuanto sea posible su pugna personal con Don Daniel, a quien considera un sacerdote “misógino e integrista”, que utiliza el púlpito para pedir votos para la derecha más extrema. ¿Acaso ser de izquierdas no es compatible con ser un buen cristiano?

Por si acaso, el jefe de la policía local, Ramón Obrador, 57 años, nativo de ese pueblo en donde se han realojado exiliados pudientes de la gran ciudad, se va a dar una vuelta por Santa Eulalia también, para controlar las aglomeraciones y, de paso, evitar algún incidente que puede imaginar, pues los ánimos andan más y más exaltados según la epidemia los va maltratando. Mientras recorría las calles día a día durante dos meses para aplicar el estado de alarma,

Balcón cartel ánimoRamón ha visto cómo todo el pueblo, seguramente todo el país, ha pasado de la congoja y el silencio de los primeros aplausos emocionados y agradecidos en las ventanas y balcones, al ruido bronco de la frustración y la búsqueda de culpables, al altavoz tóxico a los políticos de todo signo, que se han quitado definitivamente la máscara. Ramón ha escuchado excusas de todo tipo estas semanas, mientras patrullaba los barrios antes de que se aflojara el confinamiento. Ha sancionado a ciudadanos incívicos e insensatos que se saltaban la prohibición de salir. Pero también ha tenido que reprender a algunos subordinados por creerse los sheriffs del condado. No hay que pasarse. Se trata de que los ciudadanos entiendan y que contribuyan con lo que pueden durante esta primera fase: quedarse en casa para detener la carnicería.

Policía noche aplaudiendoEn los peores días de la epidemia, el concejal Oleza ha hecho lo posible por dificultar la apertura de la iglesia, con amenaza de acudir a la prensa, con la que parece llevarse bien, y azuzando al jefe de la policía para que, en ausencia del cura por enfermedad, la iglesia quede cerrada por falta de control. Ramón conoce bien el pique entre Oleza y Don Daniel. Aguanta el embate, de uno y de otro, como siempre. Hoy le toca escuchar a Gabriel.

—La mezquita está cerrada a cal y canto. Pues la iglesia también. Es por seguridad, no lo olvides.

—No está claro. Las iglesias pueden permanecer abiertas, aunque sin culto.

iglesia prefab 2Pero mientras el sacerdote se recuperaba en el hospital, la iglesia prefabricada, levantada sobre un trozo de descampado cedido por el ayuntamiento, ha permanecido cerrada. Aunque hubiera querido, Don Daniel bastante tenía con lo suyo y la otra llave la guardaba la empleada de la limpieza, a la que él mismo había despedido justo el día antes de caer enfermo. No limpiaba bien. Y, además, era respondona. En la bruma de esos primeros días pavorosos, nadie reparó en que esa mujer era la única persona que podía dar acceso a la iglesia. Localizarla no era una prioridad para la policía local. Sin embargo, todos esos días, a las 12 del mediodía, las campanas de Santa Eulalia se han unido a las del resto de iglesias del pueblo.

campanas solasEn el hospital, Don Daniel ha celebrado la noticia de que sus campanas siguen sonando. Le ha dado fortaleza, “fortitudo”, la virtud que recuerda de sus estudios de Filosofía y Teología, y de la que, humildemente, él anda sobrado. Lo nota en la cara de los feligreses cuando les arenga desde la homilía. Sus 42 años hacen de él un hombre joven aún, de altura media pero desgarbado, tirando a rubio, de ojos marrones y mirada de aguilucho, algo impetuoso de palabra, que no transmite simpatía sino prevención en un primer encuentro. Tal vez sea por esa nariz que no encaja y que le tuerce el gesto de entrada, antes de saber si es de natural o por recelo hacia el otro, algo que en seguida el interlocutor asocia con arrogancia. Los niños pequeños se asustan cuando les hace carantoñas, vestido de negro. No es simpático, lo asume. Él es un líder, un pastor, y lleva “su cruz” mejor que otros. Y es el jefe de su parroquia. Lo tiene claro. De momento no ha necesitado ayudantes. Pero, en estos días tan difíciles para él y para todos, le levanta la moral saber que alguien ha mostrado la misma “fortitudo”, ese afrontar la amenaza con firmeza y sin violencia, que él exhibe en toda su acción pastoral, tan vigorosa que incluso los concejales de izquierdas se preocupan de lo que dice en misa.

iGLESIA PREFAB 1Sí, las campanas han latido estos días en Santa Eulalia, esa iglesia que parece más bien una nave industrial consagrada en un trozo de tierra mordido a la dehesa. ¿Qué valiente feligrés habrá desafiado al Estado a diario para cumplir con tan hermosa tarea durante su estancia en el hospital? Debe ser alguien que conozca dónde está el botón manual auxiliar, para accionar las campanas desde fuera del edificio, un mecanismo previsto para emergencias. Y más aún, quién conoce la clave para operarlo, una contraseña de cuatro números. Un valiente, sí. Y se anima pensando que le dan el alta en unos días y volverá a ese descampado del que es el amo. La gente se viene hasta allá desde todas partes del pueblo para escuchar sus misas, sus sermones, tan llenos de fuerza. Muchos días, al final de la tarde, atraviesa el parque municipal, camino de su piso, dónde va a vivir si no, qué cosas tiene ese concejal, satisfecho de la jornada, hablando por el móvil, con un ordenador ultraligero colgando de la funda en la otra mano. Se siente fuerte para trabajar por su misión en la tierra, que de momento consiste en gobernar con mano firme Santa Eulalia, seguir siendo el azote de las costumbres relajadas, del materialismo y de los gobiernos laicistas. Su labor se prolonga, como la de tantos otros, por las redes sociales, en las que se despacha a gusto con los políticos de izquierdas. ¿Por qué no? Es el mundo en el que vivimos. Es lícito. Y él es una fiera en Twitter.

 

hospital ifema general paredes blancas 2Sin embargo, durante su estancia en el hospital no ha mandado ningún mensaje a redes, ha guardado sus fuerzas para hablar con su familia y con gente del arzobispado y tranquilizarles. Ha intentado que no se note la gravedad, no tanto la suya como la circundante. Pero su ánimo, su esperanza, han flojeado en muchos momentos, asediados por todo el dolor colectivo, el suyo propio, que es también dolor de alma. El mundo es otro desde su lecho de campaña. Cada bombona de oxígeno junto a cada cama le parece un biberón.

Al acariciar la suya mientras está conectado a ella, le recuerda la mano de su madre cuando se quedaba sin ir al cole, cuando estaba enfermo, de pequeño. Cada vez que médicos y enfermeros se llevan a un vecino de zona a la UCI, lo hacen con gran profesionalidad y con enorme cariño, como lo habría hecho su madre. Cada tarea, desde la urgencia atendida hasta las bromas que llegan con las comidas y los juegos para pasar el tiempo, todo lo que sucede allí irradia eficacia y ternura. Se siente un feligrés más en la gran parroquia del hospital y, de pronto, comprende que si se está venciendo a la enfermedad es por una mezcla de “fortitudo”, el empuje sobrehumano de los sanitarios, y otra virtud de la que no puede decir que él ande tan sobrado: la templanza, la delicadeza, que tan bien se acoplan a la fuerza y valentía del personal del hospital.

—“¡Tenéritas!” —se le escapa en voz alta, como epifanía que brota del fondo de sus estudios de seminarista.

De pronto, envidia a los sanitarios, a quienes ve como encarnación de la virtud que tanto le cuesta practicar, acostumbrado a entrar en más batallas de las que quizá le competerían y que él resuelve solo a base de “fortitudo”. Conmovido y callado, el día del alta se despide de sus vecinos de cama del gigantesco hospital improvisado por el Estado, bendiciendo por última vez la comida de toda su zona. Cuando uno de sus compañeros de estancia se revuelve porque no quiere esperar al final de la oración, Don Daniel le sonríe. Por primera vez desde que llegó, su nariz torcida, sus labios finos y su mirada, que ya no es reñidora, componen una sinfonía de amabilidad y ternura.

—Rezaré por vosotros.

Al poco de regresar a su casa, dando gracias a Dios por haberle devuelto sano y salvo, recibe la llamada de Ramón, el jefe de policía local, para darle la bienvenida y hablar de las medidas de seguridad de las primeras misas, con aforo al 30 por ciento, que están a la vuelta de la esquina. Don Daniel se organiza con varios voluntarios, que le ayudan en los días siguientes. Ninguno de ellos sabe nada de quién ha tocado las campanas en su ausencia. Pero él prefiere no preguntar demasiado, para no comprometer a nadie. Al llegar a la iglesia, lo primero que hace es desconectar el mecanismo manual para controlarlo a distancia, que no le vuelva a pasar. Ese primer día siente un inmenso gozo al apretar el botón que las pone en marcha a las doce en punto. Ya está al frente de Santa Eulalia de nuevo.

interior iglesia 1Unos días más tarde, la primera misa después de dos meses se desarrolla con normalidad. Pero los ciudadanos no son los mismos. Empezaron con un único rito de aplausos en sus balcones, pero después se han ido separando, o los han ido separando, unos de otros, desafiando a la autoridad y al resto de los ciudadanos con botellones y manifestaciones politizadas en la calle. Don Daniel piensa en todo lo intangible, los valores por los que clama en sus sermones, las virtudes morales, las cívicas también, pues toda la tensión se podría suavizar si hubiera una base cívica más sólida. Pero nada de esto parece haberse cuidado en los últimos años. Más bien, se ha dificultado, se ha ridiculizado la búsqueda de lo que nos une. Se han vaciado las reservas de prudencia. Fortaleza y templanza han dado juntas la talla estos días en los hospitales y nos han mostrado un camino a los ciudadanos y a los servidores públicos. Don Daniel se sorprende moviendo la cabeza de un lado a otro, como si hiciera análisis de conciencia, mucho más ausente de lo que el momento requeriría: la primera misa en dos meses. Prudencia, fortaleza, templanza, pero no solo de los políticos, sino de todos, él incluido. Ya tiene el mensaje para el sermón. Suspira bajo la mascarilla y saluda a Ramón Obrador, que se le acerca.

El jefe de la policía local no quiere incidentes, que la primera misa se convierta en otro caballo de Troya para que la epidemia se nos cuele aún más dentro. Se pregunta cómo resuelven otros pueblos, otras naciones, un problema tan enorme. La vacuna llegará, pero hasta entonces debe haber paz.

Los feligreses ocupan todo el espacio disponible. A los que no caben, se les pide con amabilidad que vuelvan a otros horarios. Todos llevan mascarilla, incluido Don Daniel, quien reconoce sin problemas al concejal Oleza, sentado en la última fila, junto a la puerta de salida. A Don Daniel le entra la tentación de quitarse la suya justo después de la homilía, para mostrar a los fieles como siempre, su rostro ceñudo, con el que despacha mucho mejor su mensaje. Pero no lo hace. En la homilía y en la despedida, Don Daniel habla de fuerza, sí, pero también de templanza, de prudencia, de justicia.  Sus ojos le brillan cuando se cruzan con los del concejal Oleza.

Santa Genoveva lateralA la salida, cuando el último feligrés abandona el recinto, con la verja ya cerrada, párroco, concejal y policía se reúnen junto a la base del campanario, una estructura metálica con tres campanas. Ramón indica a un empleado de limpieza municipal que está desinfectando la entrada de la iglesia para el siguiente servicio que aplique el chorro sobre la base del campanario. Algunos feligreses, sobre todo niños, a la salida, la han toqueteado entre palabras de admiración. Cuando termina, el barrendero les deja solos a los tres junto al campanario, guardando cada uno la distancia. Hay un silencio pacífico, que nadie esperaba, entre los tres. El policía se ajusta la gorra en un gesto reflejo y se dirige a Oleza.

—¿Se lo dices tú o se lo digo yo?

—2512 —contesta el concejal, asegurándose el respingo de Don Daniel.

—¿Has sido tú? —Don Daniel no puede creerlo: ¡ha sido Oleza quien ha tañido las campanas durante su ausencia! —. ¿Cómo conocías la clave?

—La Natividad del Señor. Veinticinco de diciembre, fun, fun, fun —Oleza lo dice entonando el villancico y sonríe bajo la mascarilla. Los tres achican los ojos a la vez. Oleza siente curiosidad por conocer la sonrisa de Don Daniel, pero se tiene que aguantar sin verla—. Soy cristiano de izquierdas, que es lo suyo.

—¿Por qué lo hiciste?

Campanas Santa Genoveva recortado—Cuando supe que te ingresaban, hice mi trabajo: pregunté a unos cuantos ciudadanos a la puerta de un supermercado en el barrio qué les aportaban las campanas de Santa Eulalia. Casi todos me dijeron que les transmitían fuerza y que comunicaban a la vez alegría, tristeza y alarma, funciones que han cumplido durante siglos las campanas en este país. Y que les producía una enorme carga de sentimientos, les proporcionaba un momento de paz para pensar en todo lo que está pasando.

—Celebro tanto tu ”tenéritas”, Gabriel. No sabía que fueses tan buen político.

Se puede adivinar la cara de sorpresa por la palabreja, bajo la mascarilla de Oleza.

—Nunca ha sido más fácil para un político satisfacer una necesidad de su comunidad. Esto era una emergencia.

—Lo sigue siendo —el jefe Obrador indica con un leve ademán que hay que desalojar y preparase para el siguiente servicio, cada uno el suyo—. Señores, por favor.

Cuadro campanas

 

 

 

 

 

 

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