LA LIBRETA

 

Libreta abiertae en escorzoLa libreta me sobresalía del bolsillo cuando he entrado en la editorial. La foto de nubes de la cubierta aparecía algo manchada de café. El editor la ha visto asomada, con  casi medio cuerpo colgando fuera,  y me ha avisado para que no se me pierda por un descuido. Le ha debido parecer un rasgo más de mi desastrada vida.

—Menudos tesoros debes llevar ahí. Seguro que se te cae al suelo y sale volando hacia las nubes, claro, ja, ja. Algún día me la tendrías que enseñar, a  ver si te pillo de una vez el aire.

—Naturalmente—, le digo, procurando que la mueca no se me note mucho.

Él lo sabe. Yo lo sé. Ningún escritor muestra nunca su libreta. Y si alguien la leyera, sería peor que violar el correo. Porque en las libretas reside la más íntima correspondencia: la de uno consigo mismo en sus fases menos “publicables”: devaneos, epifanías, cagadas ampulosas, alguna finta para escribir en clave, por si lo lee la persona equivocada. Es decir, la libreta es como el amigo al que se puede contar todo, porque necesitas contarlo, pero que no va a largarlo por ahí. Y si lo hiciera, le cortarías la lengua. Y él no protestaría, porque sabe que ese es el precio de irse de la ídem.

pEREC 1

Georges Perec

Salgo de de la editorial y me aseguro de sacar la libreta, apoyarme en una farola frente a la ventana del despacho del editor y hacer como que observo la vida de esa esquina, al más puro estilo Perec  (Georges Perec ), para hacer méritos. Y garabateo en vacío, pues mi editor no entiende que los rodeos son mi esencia, mi artimaña para despistar a la realidad y cortarla cuando menos lo espera con la navaja, sí como la que saqué en el blog hace unos  meses. Y si lo comprende, no lo acepta. Y ahí está él, asomado a la ventana, meneando la cabeza con condescendencia.

 

Silueta escritorGarabateo para mi espectador, pero las palabras me salen sin sentido. Empiezo a acumular cuitas con este editor. Hace unos meses, cuando le llevé un artículo sobre Contrabando de Palabras, un reportaje narrativo que recorría los lugares más oscuros de una Dinamarca sin Hamlet, me dijo que si estaba loco. Cómo iba a publicar la historia de un traficante de personas bueno cuando la peor crisis migratoria vivida en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, llena de traficantes malos, sacudía las conciencias de los lectores. Yo le insistí en que la gente querría saber cómo conseguía pasar al otro lado a habitantes selectos, algunos provenientes de los rincones más oscuros del blog, y que había acabado su carrera pasando palabras de aquel lado a este, haciendo un verdadero contrabando de personas y personajes.  Me ha dicho que no insista.

escultura parque hombre mujerNos quedaremos sin conocer detalles del viaje de Ramiro el contrabandista, enamorado de Ruth, su contacto en la organización. Tengo que buscarme otro editor (o publicarlo yo en el blog un día de éstos, sin que se entere y comprobar si el público está preparado o no para leer la historia).

Pero mientras lo hago, lo de buscarme otro editor sufrido, tengo que seguir con el paripé, porque él sigue en la ventana.  ¿Observar la calle, una vez más? La plaza: joven desocupado camina junto a chica ausente; abuela feliz empuja carrito de bebé; madre joven sonríe a la cortesía de un ejecutivo en el paso de peatones. Él se la beneficiaría ahí mismo. Ella hace caja de autoestima sin soltar la mano de su pequeño al cruzar: la misma canción casi monocorde. ¿O quizá no tanto? ¿Me atrevo a rescatar una libreta de hace veinte años, treinta, cuarenta, ver qué escribía entonces? A algunos os está recorriendo un escalofrío por el espinazo ahora mismo.

Cashel 2¿Abro aquel cuaderno de viaje del verano del 79, repleto de páginas hinchadas de lluvia, escritas en una tienda de campaña en distintos puntos de Irlanda, aquella libreta que, traducida a lenguaje del presente, contenía el manual de despegue dictado desde la torre de control del instinto? ¿Sería algo asombroso o provocaría vergüenza propia y ajena?

De repente, la libreta capta toda mi atención, más que la gente, el guardia, la señora del perrito, el autobús, que tan loco traía a Perec en su observación en una esquina del barrio latino de París. Claro (la navaja acaba de hacer su trabajo): ¡Libretas! Toda la vida adulta pegado a una libreta. ¿Qué es esto que tengo entre manos, qué pone en los papeles fechados hace un mes, dos meses, anteayer? Se agranda la distancia entre lo escrito y el momento, hasta hace unos instantes pendiente de un editor en una ventana. Ahora, la libreta me habla: Soy la enésima que has rellenado, y no empezaste anteayer. ¿Quién escribe a quién? ¿Nosotros a la vida o la vida a nosotros? Creo que suceden ambas cosas y que lo hacen a través de las libretas,  esos pequeños artefactos de papel que caben en un bolsillo para que se empapen de todo lo que le pasa a su portador, no solo de sus ideas.

manos escribiendoAunque algunas tengan tapas duras, se pueden doblar, como para adaptarse a los accidentes del cuerpo, a sus cabos y sus golfos, a sus curvaturas, a sus aventuras. Se guardan en un bolsillo interior de la chaqueta o el abrigo, o en el trasero del pantalón (los chicos). Otras veces, se esconden en un bolso, junto a llaves, carmín, un espejo, y quién sabe qué otros misterios. Cuanto más manoseadas, mejor. Por lo menos han pasado por las manos de su dueño, que habrá intentado escribir algo en ellas. Yo desconfiaría de una libreta limpia y de tapas brillantes, de canto de hojas blanco reluciente.

Las libretas sirven para lo que sirven. Normalmente, se usan para llevar los apuntes de cosas muy importantes para nosotros. Su portador suele hacer un uso muy concreto de las mismas. En el colegio, un profesor de matemáticas, bastante pirado, por cierto, solía amenazar a sus alumnos con la suya:

—Esto es muy grave, sí señor. Yo todo esto lo apunto en la libreta y ya veréis a final de curso, ya.

La libreta física que este profesor sacaba de debajo de la sotana se parecía más a un fajo de papeles enfundados en un plástico sobado, pero él la blandía y nos aterrorizaba con ella. Dios sabe qué cosas escribiría en ese papel con una letra micrométrica que a veces alcanzábamos a ver cuando nos llamaba a hablar con él y la tenía a mano. La libreta del profesor funcionaba como un referente de las tablas de la ley con sus cuadrículas, en las que anotaba con minuciosidad las notas de cada examen, y el pequeñísimo espacio al lado para recordar que tal o cual alumno era merecedor de algún apunte (de una sentencia). Todo el ejercicio de su poder quedaba registrado en su libreta.

Cuatro niños corazonistas pensativos¿Qué hubiera hecho sin ella? ¿Y si nos hubiéramos organizado para quitársela? ¿Quién se habría atrevido? Habría conseguido otra, claro, pero todo el archivo, las  cosas buenas y, sobre todo, las malas, habrían sido borradas. Como cuando después de una revolución se proclama una amnistía. Pero antes tenía que producirse la revuelta. Y eso nunca iba a pasar en aquellos tiempos, ¿verdad, compañeros?

Le imagino, en la soledad de su habitación, por la noche, repasando su libreta y maquinando amenazas. Años después, supimos que estuvo ingresado un tiempo en un sanatorio mental. Le tuvimos, le sufrimos, le superamos. Así es la vida. Seguramente más de uno apuntaba ya entonces en otro tipo de libreta lo que iba sintiendo, el temor al examen, a la libreta del profesor, al compañero matón que siempre le ridiculizaba. Así ponía voz a otras cosas, quizá sentimientos, quizá pensamientos, sin duda primera reacción de sorpresa ante la gran fiesta de la vida, que se anunciaba más allá de aquellos días.

IMG_3103Sin darnos cuenta,  un cuaderno que utilizábamos en clase,  que tenía aún renglones para escribir derecho, servía también para algo nuevo, aún no se sabía qué, ni siquiera un proyecto. Podía almacenar pensamientos de una línea, o versos que caían por pares, la primera canción, retratos casi inconscientes de una etapa, que utilizaban una cámara y un carrete singulares. Los primeros despistes hormonales encontraban así  alivio escrito: no lo entiendo, pero lo escribo y así me entrego un poquito más a lo que está ahí fuera, pidiendo paso.

El cuaderno desapareció un buen día, como tantas cosas, sin saber por qué, y tampoco ocurrió nada, porque era pasado y la vida sonaba a futuro. Para entonces, el papel en blanco se había convertido en un amigo: papel ligero, de avión, que se transparentaba si escribías por las dos caras (¿y cómo no ibas a hacerlo?), y la aventura de escribir cartas iba más allá, pues vertías en ellas a veces la inspiración poética que creías te había abandonado al crecer, el cuaderno que ya no se necesitaba para contarle tus cosas, tu diario. Decenas y decenas de cartas jalonaron loCartas de avións años del adolescente, dirigidas a amigos y amigas conocidos que a veces se excusaban por no escribir tan largo. Estanco, sellos, sobre, dirección, buzón y a esperar al cartero.

– ¡Tienes carta!

Siempre estaba la voz de algún hermano para decirlo bien alto, por si eso podía servir para chinchar un poco. Las epístolas iban y venían y se acumulaban en cajas de cartón. Algunas contenían ya el subtexto que nos haría mayores, diciendo sin decir lo que querían decir, declaraciones de principios que escondían sentimientos y que, normalmente,  venían de un lugar alejado a nuestra ciudad y, por lo tanto, exótico, en donde la vida y el otro sexo gritaban que también nos necesitaban en la distancia, a ver cuándo nos vemos de nuevo, aunque no nos atreviéramos a creerlo. Necesidad de sentir, de experimentar, de contar, de escribir. Las cartas servían para todo eso. Y convivían con el rock. De hecho, ambas fuentes se retroalimentaban. Circulaban historias de algunos escritores que habían vivido más al límite que nuestros ídolos del rock. Sin ir más lejos, los beatniks, la generación beat, que precedió a todo el movimiento hippy. Escritores y músicos se fundían en la noche de los clubs de jazz de norteamericanos. Intentábamos imaginar qué habría pensado Joyce del rock and roll, de los Beatles, incluso de Elvis. James Joyce fue rompedor en lo suyo, padre de la novela del siglo XX, pero cada época tiene que abrir su propia brecha. Lo más probable es que el rock le hubiera parecido la encarnación del mal.  Y cada vez que aprendíamos algo más sobre escritores afloraba la cuestión de su correspondencia: todos los escritores mantenían una intensa correspondencia, que los estudiosos de la literatura desgranaban después de su muerte: sus archivos, sus cartas, sus notas breves. Dios mío, pero ¿es que se puede documentar todo eso? Y si nos convertíamos en escritores, ¿quién iba a reconstruir nuestro archivo inexistente, pues las cajas de cartas no sobrevivieron a las mudanzas, como los cuadernos adolescentes?

escribiendo en un bancoY los escritores siempre tenían a mano una libreta, en la que anotaban “cosas”. ¿Qué cosas? ¿Qué es lo que anota un escritor en su libreta y un año más tarde le vemos publicando su obra? Era todo un misterio. Yo quería tener una libreta, y escribir “cosas”. Pero ya había rebasado los veinte años y entrado en una nueva etapa. Y una novia me regaló la primera libreta de madurez, (que bien podía haberse llamado “Liberta”, por todo lo que significaba). La había fabricado ella, con una fotografía impresionante de un refugio en una peña en los Alpes: el sueño de la montaña, el sueño de escribir, el papel en blanco, las hojas pequeñas, que cabían en un bolsillo. ¿Qué más hace falta para escribir? Probablemente, todo lo que acompañó la llegada de la libreta: la llegada del amor y su caída, las relaciones complicadas con los amigos, el vértigo ante la madurez, la injusta batalla siempre abierta con los padres no se sabe por qué…

IMG_3105Ya no importaban los cuadernos, incluso el de canciones, las cartas, solo había tierra por delante y vivir lo que la gloriosa juventud nos pusiera a tiro. Ya tenía libreta, aunque no la pudiera mostrar ni siquiera a la novia que me la regaló. No sé si me atrevería a revisar ahora las libretas de entonces. Solo serviría para certificar que el largo camino hasta aquí no estuvo lleno de cosas mágicas, sino de sentimientos bastante normales, ideas justitas, cuando no  vulgares o incluso mezquinas. Escribíamos notas, algún verso, inspirados por noches eternas, risas sin cadenas, para documentar, porque queríamos dejar testimonio de nuestro paso por la juventud, nunca con el ánimo concreto de convertirlos en historias narradas, porque nunca nos creímos capaces de hacerlo, aunque sí sentíamos que la materia que teníamos entre las manos, la vida, era profundamente literaria. Se terminó la primera libreta y llegó la siguiente, también con tapas de montañas.
Y luego otra vez el silencio escrito, salpicado de años y observaciones dispersas en blocs nunca acabados, comprados a hippies artesanos en las ferias de pueblos, inmersos como estábamos en la gloria de vivir y de rescatar el amor más intenso y real, el que se materializa a través de los cuerpos y el tiempo, no el imaginado. Hasta que un buen día se cruzó la Palabra y exigió su tributo:

—Te he dado todo, incluso te he permitido pronunciar “amor” hasta el desmayo. Tiempo es de que me devuelvas parte de lo que es mío: aquí tienes una libreta. Esta es de escritor. No lo olvides. Ya tienes edad y tú también lo quieres.

BordersY me arrojó frente a un libro en una librería de Santa Mónica, en Los Ángeles. Un título sugerente en una pared: Suite Francesa. Autora: Irene Nemirovski. Última novela de esta escritora judía francesa antes de ser enviada a Auschwitz, donde murió, en 1942. Para entonces, nuestra historia de amor con los libros se había reavivado, después de la esplendorosa juventud de los cuerpos, y decenas de nuevos títulos inundaban las estanterías del que, por fin, era nuestro hogar definitivo.

 

Suite Francaise portadaLa historia de Suite Francesa me conmovió hasta el extremo: un manuscrito inédito, oculto en plena guerra mundial y hallado en 2004, mostraba solo dos partes completas de las cinco con que pensaba retratar el horror que ya había comenzado en Europa y que se cernía sobre su país, Francia. Pero lo que terminó de estremecerme fueron las notas que aparecían como apéndice: los apuntes que escribía en su libreta en los paseos apresurados por el bosque, cuando ya Francia había sucumbido a la barbarie, especialmente la de no reconocerse a sí misma, y entregaba a los judíos a los nazis. Sus anotaciones sobre la acción y los personajes se entreveraban con la horrorosa urgencia y la sensación de plomo de todo lo que se venía encima. Con la lectura aún fresca del texto principal, recorrer las páginas de notas para las siguientes partes que nunca llegó a escribir me sumió en una profunda turbación. Eran las de una escritora que trataba de conjurar la realidad inminente escribiendo su última novela.

mano con boliY, a la vez, esas notas me resultaban parecidísimas a las que yo llevaba décadas escribiendo en blocs dispersos, sin que hubiera sentido nunca apremio por terminar, por dar forma, a una obra mayor. Sus notas me sonaban tan familiares,  en lo trivial, lo superficial, lo inconexo. Y formaban parte de una obra inacabada. De pronto me sentí como Jimi Hendrix el día que descubrió que él también podía cantar, que tenía una voz válida, aunque distinta a todo lo anterior, una voz que necesitaba para unirla a la guitarra más afilada del rock y hacer historia.  En mis libretas había materia y ya había decantado, como el vino en la barrica. Por fin había visto el contenido de una libreta de escritor. Me sentí impelido a imitar a Irene Nemirovski, como homenaje, a componer una sinfonía en su honor, que todo lo que escribiera a partir de entonces tuviera, por fin, una cohesión, un destino creativo, una intención.

irene nemirovski portadaElla lo había tenido infinitamente más difícil: era de otra época, era mujer, era judía, y escritora, y se entregó hasta el final para que leyéramos su testamento sobre la ocupación alemana. Esas notas podrían haber sido, como las mías durante tantos años, unas notas cualesquiera, unas notas sin un destino. Pero las suyas eran urgentes, inconscientemente trágicas, estaban cargadas de audacia, de valentía, de la imperiosa misión de escribir, como inmensa escritora, una última obra sobre el desmoronamiento de la civilización, que iba a suponer su propio fin.

Y empecé una nueva libreta, forrada de nubes.

 

libreta paginas de nubes

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