BLOG DE LAS NUBES

Comunicados sin importancia de Carlos Herrán

NUBES DE NEILA

Nubes de Neila

Un paisaje forestal con árboles altos, rocas y vegetación densa en blanco y negro.

No se expresan bien los árboles en blanco y negro, ni el bosque en general. En la imagen son brutales aliados del tiempo, como si supieran que da igual el intento de retener aquellos días o un solo momento en que se prestaron como fondo a un devenir humano. No salen bien los árboles en la foto, solo miran para arriba, buscan la luz, alejarse del suelo, nos ignoran mucho más de lo que pensamos. En las fotos envejecidas lo que perdura es el documento, lo que ocurrió. Aquello que ocurrió.

Río en un entorno boscoso, con rocas visibles y árboles a cada lado, en blanco y negro.

El río era caudaloso, habían entrado ya la primavera y el deshielo. Había que ir al monte, a sentirlo, palparlo, observarlo, como en las anteriores, Pirineos, Las Batuecas, el monte, la naturaleza intacta, cómo nuestra vida, que quizá ya no lo estaba tanto.

La Semana Santa cayó muy tarde ese año, en la segunda quincena de abril. Siempre lo he recordado, como tantos detalles aparentemente inútiles o nimios, y me regocijo al confrontarlo con la inteligencia artificial y saber que esa parte del recuerdo era correcta. Lo demás lo ponen las fotos, es arqueología emocional, porque hubo tanta vida después de ellas que es aceptable (además de lógico) que no recuerde el lugar exacto. Y porque no es eso lo que hoy se recuerda aquí.

Dos cascos de piloto blancos en el suelo, uno de ellos de motociclismo, junto a una persona con pantalones oscuros, en un entorno al aire libre.

Algún río que retaba al Duero de los alrededores, una corriente deshelada y urgente para lavarnos y acampar como dos colonos del oeste: vamos en moto hasta un destino suficientemente salvaje para seguir profesando un modo de vida. Porque somos enrollados, tenemos que serlo, no nos vale lo convencional. Y porque son las vacaciones de Semana Santa, porque tengo permiso (estaba en la mili), porque salimos juntos desde hace cinco años y se supone que lo hacemos porque nos queremos y somos jóvenes y …

Un arroyo fluido pasando por debajo de un puente de troncos, rodeado de vegetación en un entorno natural.

Todo es lógico, pero en esa primavera (también lógico) todo va a cambiar, todo se va a acabar. No haremos más viajes juntos. Eso es lo que hoy se recuerda aquí. Que fue nuestro último viaje juntos, en la naturaleza más pura y absoluta, en la primavera más clara y fluida, en el mismo bosque que he visitado hoy sin poder evitar contar a los mismos de hoy y de entonces, que apadrinaron nuestra relación, que conocía ese rincón mágico de naturaleza porque estuvimos allí juntos. Y en silencio han escuchado que aquel fue mi último viaje con ella. Nuestro viaje acabó allí al poco de regresar.

Las fotos

Observadas desde la historia conocida y certificada, las fotos guardadas en una caja etiquetada a la que no es la primera vez que acudo, dejan poco lugar a la interpretación abierta. Supongo que solo yo puedo reconocer la tristeza que se esconde en ellas. A la vuelta nos dijimos que nos dábamos un tiempo de separación (otra vez el tiempo). Después vino el resto de la vida.

De todas las fotos me quedo con dos que retratan una nube que se eleva ominosa sobre la cornisa a la que no subimos (muchos años después la recorrí con mi familia en un acto que me llenó de gozo existencial). Cuánto significado le podemos asignar a un río, un puente de madera sobre sus aguas bellas, una tienda de campaña canadiense que enseñaba ya una edad (recuerdo el momento de comprarla en Makro, por fin una tienda propia para no andar siempre de prestado), la casita propia y no de los padres, que ayudaba a soñar con un tejado protector que algún día llegaría, porque algún día nos habríamos de hacer mayores, pero mayores de verdad, como ahora, con permiso del tiempo y de la mismísima vida.

Nubes esponjosas sobre una montaña nevada en blanco y negro.

Aquel cielo de la foto solo lo hubo una vez, la nube no se convirtió en tormenta, pero se jactó del respeto que producía, al menos en mí. Miedo y atractivo a la vez. Porque hoy, al visitar el lugar, la misma necrópolis de las cercanías de las lagunas, me ha venido a la cabeza la foto de la nube. Recordaba haberla fotografiado, metáfora del final: todo lo que podía haber contenido una nube que nace de la atmósfera, crece, adquiere forma, se eleva y llueve o se disipa para siempre. Observada desde el nivel de las lagunas, se insinuó ante la cámara para imprimir en el negativo las formas amenazadoras que siempre me recordarían aquel final.

Una tienda de campaña en un entorno natural, rodeada de árboles y vegetación.

Así se pasa, o se ha pasado la vida, guardando en cajas las pruebas de que fuimos jóvenes, que nos preocupamos, que soñamos, que disentimos, que nos enamoramos y, casi incomprensiblemente, nos desenamoramos. El tiempo discurrió desapercibido a nuestro alrededor, entre nosotros, rozando nuestros cuerpos, incluso cuando nos besábamos o profundizábamos en el amor, dejando una película que algunos nos obsesionamos por revelar, sin dejar de advertir: esto va en serio. No lo sabéis aún, pero este será vuestro último viaje juntos y ahí seguiré yo para maduraros, para que os estampéis unas cuantas veces más hasta que el techo de vuestra tienda sea de pizarra y cemento, y vuestro amor por la otra persona definitivo, tanto como para trepar en el futuro por esas laderas del adiós con la familia que encarnó el gran paso por la vida.

Bosque denso con árboles altos y un suelo cubierto de hierba y hojas.

Vuelvo al bosque y lo fotografío en color con el móvil. Sé que no puedo atrapar su esencia, aunque dispare varias fotos de un mismo rizo rebelde de árboles caprichosamente inclinados, que desafían al conjunto. También ellos se enderezarán algún día o, quizá, el resto del bosque los aislará. En las fotos arboladas, somos nosotros quienes ponemos alma al bosque con nuestros sueños y nuestra mirada.

Tienda de campaña en un entorno natural con árboles de fondo.

El río, la tienda de campaña, los cascos de moto, esa que, curiosamente, no aparece en ninguna foto, el caballo que nos llevaba por territorios increíbles, inexplorados… Porque había que ir allí, vivíamos dentro del margen, pero buscando siempre la línea límite. Nos atraían los que ya habían rebasado la convención, los hippies que con sus puestos de artesanía ofrecían un modelo que entonces estaba aún al margen. Regreso a ese bosque, más de 40 años después, vivo pero algo cojo, no tanto de rodilla como de realidad: la capacidad de soñar mermada, la vitalidad algo distraída. Sí, cuesta aceptar que la vida no es para siempre, por mucho que lo supiéramos desde que empezáramos a perder cosas importantes, los padres, amigos, vecinos. La vida no es para siempre, como tampoco lo fue aquel amor.

Un río fluye entre árboles en un entorno natural, con rocas visibles en el agua.

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