BLOG DE LAS NUBES

Comunicados sin importancia de Carlos Herrán

DESEO Y SUSTANCIA

DESEO Y SUSTANCIA

Leo una carta que escribí hace 44 años a mi mejor amigo de entonces (y de ahora, ¿no es fantástico?). Primavera de 1982, en tercero de Periodismo, aferrado al “Artista adolescente” de Joyce en la asignatura de Literatura, que me daría una gran alegría al final de curso. Tenía 23 años. Había ido creciendo, pasito a pasito, sin darme cuenta, y de pronto expresaba en una carta que había llegado el momento de salir de casa para ir a un piso compartido, pero no con la novia, sino con amigos. No estaba mal con mis padres, solo creía que tenía que dar el paso que yo veía que otros habían dado. Entiendo ahora su temor, si no había acabado aún mis estudios, si me quedaba la mili todavía por hacer, si había empezado a estudiar Periodismo con 20 años, después de abandonar los estudios de ingeniería. Trabajaba como mensajero con la Vespa.

Leo la carta y leo deseo por todas partes. Deseo de volar, de salir, de vivir. Incluso menciono un embrión de idea: vente a vivir a Madrid, compartimos piso, vivimos según las normas que nos dicte el rock y quizá podemos abrir una academia de idiomas en el sur y, simplemente vivir.

Increíble cómo funciona la memoria. No recuerdo cuándo y cómo escribí esa carta (solía ser de noche, con los cascos puestos en el salón de casa, escuchando discos), pero sí recuerdo la sensación. Y me excita sobremanera observar al joven de 23 años que sueña, que se siente frenado por las cosas próximas, que quiere saltar muros. Tan tierno, sí. Pero no nos confundamos. No podemos decir que fuera majo. Solo que era un joven lleno de DESEO. Ese joven se preparaba para ver a los Rolling Stones en el Calderón, comprando entradas con su novia un mes antes en el corte inglés de Goya, el mismo día que Israel invadía Líbano, en 1982. De todo esto me acuerdo ahora, no por la carta.

Pero sí pone en ella que teníamos el foco en el concierto de los Rolling Stones, que después nos iríamos de vacaciones juntos unas dos o tres semanas en la Vespa, a Alicante y la costa, queríamos proseguir esa relación adolescente que habíamos descubierto en viajes en los veranos precedentes, siempre de camping, siempre juntos. Era lógico que aquella primera novia, de larga duración (duraría casi 5 años), sintiera cierto picor. Pero yo tenía 23 años y ella, 21: sin cocer para una aventura juntos de semejante envergadura. Sin embargo, era compatible con la libertad de movimiento que aportaría un piso fuera de casa de nuestros padres en aquellas edades. La carta ofrece información importante, porque incide en los momentos antes de un gran paso, mientras la relación con ella mejoraba, después de marcados altibajos. Pero el joven parecía apostar por otra cosa. En esos movimientos, sin saberlo, estaban las bases del futuro.

“Sin sustancia”, decía mi madre. Se refería a gente que, aparentemente, vivía despreocupada de las cosas que verdaderamente importaban (dime alguna, por favor). Es la primera idea que se me vino al leer cómo era yo hace 44 años. La diferencia de sustancia (como una diferencia de potencial en electricidad) entre el joven escritor de cartas y el más que maduro lector-autor de las mismas. Desde mi atalaya actual, si el día está tranquilo, puedo ver y reconocer las huellas que me llevaron hasta ella. Observo la estela que ha quedado y que es especialmente visible para cada uno si tiene la suerte de ver su fotografía vital. En este caso, una carta retrato de los 23 años, empujado en aquel momento de búsqueda por la fuerza del motor, arrogante y rebelde, de la juventud. Sostenía mi mirada en el espejo, todo se hacía apoyado en un espíritu de rock. Escribí muchas cartas en mi juventud, incluso una canción, a los 18, que se llamaba “Joven” (su estribillo decía algo así como “Joven, joven, porque yo soy así, joven, joven, porque así quiero morir”, para gran burla de mis hermanos mayores cuando la canté en público en un festival al que acudieron). Los jóvenes no pueden imaginar que luego esos amigos a los que escribes tus intimidades desaparecerán de tu vida, sin que eso sea grave, hasta quedar reducidos a un puñado. “¡Qué grande ser joven!” (el mejor eslogan que he escuchado nunca, de El Corte Inglés). Escribí muchas cartas y recibí otras, no tantas. Tengo derecho a releerlas y, sin embargo, me da cierto pudor bucear en ellas. El efecto de esta reciente lectura me sugiere “sustancia”, el tema de este escrito.

Había una pasta entonces, de la que estaba hecho. Reconozco esa sustancia ahora, pero la veo crecida, aumentada, felizmente envejecida como el buen vino. Mantengo contacto con algunas de esas personas. Sin embargo, la vida actual es una rutina de disfrute y búsqueda de conocimiento bien distinta, de mantenimiento, en lugar de conquista. En ese sentido, inevitablemente, me ha hecho el tiempo conservador (por envejecimiento del cuerpo, fundamentalmente, diría) y el único gran esfuerzo es mantener el calor de esos pocos amigos que quedan, mientras aguardamos (y aguantamos) los zarpazos no siempre imprevistos que nos hacen sangrar.

Hablando de cartas, solo recuerdo haber roto un lote. Son las cartas de aquella primera novia. No me arrepiento, porque quizá sí encontraría impúdico releer alguna ahora. La vida nos deparó destinos bien distintos. Intentamos un camino que no pudo ser. Y a eso se añadía la amistad del amigo con el que todo era tan divertido. Altos precios que pagamos. Y no era todo tan suave. La materia oscura, los celos, el deseo de aventura y las manos que se agarran y no se dejan marchar…yo la quise, ella me quiso. Un mal día (o quizá no tanto) aquello terminó. Era lo mejor seguir cada uno sus propios sueños. En esa separación de caminos hubo crecimiento. La sustancia acumuló una capa, como la grasa, sin que te dieras cuenta. La transformación no la percibieron unos ojos jóvenes más ocupados en los otros cuerpos y en los propios sueños. El “engorde” se da de mil maneras. La primera noche en la mili, en la litera desde la que veía un cachito de Mediterráneo, después de la humillación del rapado casi total que nos habían infligido en la mañana. Sustancia en aquel primer permiso después de la resistencia heroica a lo militar, después de una ausencia en la que habían pasado cosas. Por ejemplo, The Police había tocado en Madrid mientras yo recibía instrucción militar. Esos días de permiso (qué palabra, si lo piensas ahora) fueron como una isla. Era un jipi rapado que nunca más (¡increíble!) se dejó barba de nuevo.

Sustancia en el último examen de la facultad de Periodismo, en junio de 1984, en plena mili y con novia nueva, cerrando el ciclo de formación con retraso por los años despistado en una rabiosa adolescencia tardía, ahora en mitad de la mili, y pensar “¿y ahora qué?”

Hubo sustancia en la segunda oportunidad con esa segunda novia con la que también había terminado. En medio, la transformación por una crisis personal muy profunda que me llevó a dudar de todo lo que había sido antes, de mi expectativa ante la vida y el amor.

Sustancia fue leer un anuncio providencial en la Facultad y entrar a trabajar en “La Clave” y, más aún, cuando tuve que volver a ser mensajero en moto después de haber probado las mieles de un trabajo periodístico de primera y saber que podía haber un camino profesional ahí.

Sustancia fue el desolador cumpleaños número 27, sin expectativas en ninguna dirección, sin trabajo, en el Retiro, mientras en las Cortes juraba el príncipe Felipe, que cumplía 18 años ese día, volver a apuntarme al paro. Sustancia fue chocar con una jefa en el trabajo nuevo, sentir por primera vez el desafecto de una persona que tiene poder sobre ti, llegar a ofrecer marcharte porque para ti es más importante seguir tu camino si así debe ser.

Hubo sustancia en agotar hasta la extenuación la relación, en su segunda parte, para concluirla porque no podía seguir mintiéndome más, ayudado por la terapia psicológica.

Sustancia fue coquetear con algunas personas próximas a través de formas sutiles, casi subconscientes (alguna amiga te dirá después que vaya peligro tenías).

Sustancia es sentir cada amanecer vivido de verdad, es decir, ver llegar el nuevo día. El color de ceniza del amanecer, esos minutos en los que la casa, la calle son tuyas, para que te abandones al pensamiento del nuevo día, lo que puede traer. El color de ceniza recortando las siluetas de los edificios, aún oscuros, y vivirlo desde la perspectiva de la aventura de la vida. ¿No era así como lo sentíamos, como lo hablábamos? Enamorado sí, pero de la vida, cantábamos. Amanecer de primavera, adelanto del verano, que es la estación de la aventura.

Sustancia es agarrar la libreta de viaje del verano del 79, la primera que dediqué con vocación y sentimiento de perdurar en el tiempo, pensando que aquel viaje de Irlanda 79 era lo más importante hasta ese momento en mi vida. Y lo era. Pero cuando lo releo, me sonrojo. Así era. Sustancia es el sonrojo que hoy me llena al leerlo. Constancia de los 20 años, lejos de casa, de mis padres, en un viaje que me llevó en busca de mí mismo como ningún otro hasta entonces (y seguramente como ningún otro después). Y al leerlo no encuentro pensamientos geniales, ideas para escribir otras ideas, solo la crónica de aquel día a día. El relato de un joven no tan simple que empezaba a acumular veranos y que a la vuelta de ese verano se emparejaría por vez primera.

Las cartas: en ellas me disolvía, me materializaba, me metía en el sobre, contaba al oído del destinatario cosas que brotaban como un manantial, chorro de palabras, chorro de emociones. Sustancia retenida o contenida en esos papeles que ya no son propiedad mía, pues los eché al correo. Alguien, (¿quién?) puede haberlos guardado y releerlas algún día, como yo. En aquella correspondencia, en aquellas cartas, había deseo a porrones, que es uno de los motores de la vida. Los jóvenes desean, unos a otros, y llevar a cabo sus sueños.

Por eso me duele tanto esa parte del presente, donde compruebo que ese deseo se ha ido transformando en sustancia. También aquel deseo platónico ardiente, si es que podía ser. O quizá deseo auto reprimido porque era prohibido. En otras cartas reconoceríamos recorrido por planes, sueños y crónica de lo cotidiano (la excitación de recibir una carta, de la espera a la contestación después de echar una en el buzón). ¿De verdad fuimos así? Sí, y lo seguimos siendo, esa es la maravilla, con más sustancia y menos deseo.

Cómo mantenerlo en este momento de la vida en que todo es tan frágil que invita a volverse conservador y, paradójicamente, ahí no puede vivir el deseo. En este momento de la vida, en que la parte sexual del deseo es brutalmente agredida por la realidad de la edad y sus procesos.

Recuerdo el fantasma del inmovilismo, que yo veía entonces en las personas acomodadas (recuerdo la expresión “foca“ para describir a una señora joven que ejercía ya de señora y que nosotros nunca seríamos). Seguí tanto tiempo esa senda teórica, pero cuando llegó el momento no pude renunciar al bienestar buscado, que me ha permitido crear con holgura una familia, que no es poco. ¿Foca? Bueno, mi mujer dejó de trabajar hace 28 años, cuando nació nuestro segundo hijo, y ha sido ama de casa desde entonces. Todo en mi día actual es hogar.

Sustancia es aquella cita con el destino, en la Comisión Fulbright. Ese día, al salir de una la entrevista, compré el disco de Neil Young “Sleeps with Angels”. Queda para siempre vinculado al vuelo que emprendí entonces.

Sustancia es un paseo a mediodía después de comer, junto al parque de Santander, ver el horizonte de edificios de Islas Filipinas, extraño a mis ojos, y pensar que tengo mucho (un gran trabajo en Telemadrid, del que empiezo a estar cansado, una esposa embarazada, un piso al fin en propiedad) pero me voy, me tengo que ir, tengo que acercarme al vórtice, poque sé que eso no me va a matar, solo me va a agitar (mientras otros no se mueven). Es un vórtice bueno que me meneará (jolín si me meneó), me encaminó a una senda, la del conocimiento más moderno, pero sobre todo a la renovada búsqueda del conocimiento en general. El rock seguía ahí, pero ya no era tan necesario para subsistir en una vida en la que deseaba ansiosamente el hijo que por fin venía.

Sustancia es, por supuesto, la que creció por dos veces en la barriga de mi mujer, llevando el milagro al amor. Sustancia es también la brecha aparecida entre nosotros dos con nombre de hijo primero, para seguir amándonos de otra manera, nada fácil al principio. Un nuevo club, el de los que circulan dando vueltas a la manzana, mientras queda un sitio libre para aparcar en tu propia casa.

Sustancia es aguantar los embates de la mar de los años (atestada de monstruos), como cuando salía a correr por la noche y dejaba que el aire ayudara a salir las lágrimas que a duras penas contenía durante el día en los momentos más oscuros de esta familia.

Sustancia es volver por la carretera una tarde de pandemia sabiendo que (finalmente) me habían despedido y que, una vez cerradas las heridas, sería un hombre libre que se preguntó muy rápidamente: ¿qué quieres ser de mayor? ¿Qué quería ser de pequeño? Escritor. Bueno. Tienes medio camino recorrido, porque durante muchos años te has aferrado con fe y entrega a un proyecto personal único que saldrá bien, que habla de nubes y sueños.

A los sueños les gusta volar y no siempre nos encuentran dispuestos a agarrarlos y subir con ellos. En la vida, en la física, prevalece el equilibrio inestable: seguir atado a tierra, pero cuestionarse aún de qué están hechas las nubes.

[Una regla de la física: Impulso es igual a cantidad de movimiento. I=m.v Sospecho que el deseo era ese impulso, que se transforma en sustancia, en cantidad de movimiento con las acciones en el tiempo]

Una respuesta a «DESEO Y SUSTANCIA»

  1. Me encanta leerte 😉

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