LA CLASE DE FILOSOFÍA

Surfeamos de epifanía en epifanía, resonancia entre lo expuesto por el joven profesor y lo vivido por sus alumnos, cuya media de edad se encuentra más cerca de los setenta que de los sesenta. Extraña inversión la de esta clase de filosofía. Al acabar la sesión, algunos nos miramos, sin conocernos apenas, y nos admiramos de lo que acabamos de vivir. “El gozo de los viernes”, me atrevo a soltarle unas semanas después al joven profesor, que disfruta del descanso de su clase en el mismo bar que hemos encontrado mis nuevos amigos de etapa y yo, justo al otro lado de la calle que limita con el campus, en Getafe. Atento a su móvil mientras remueve mecánicamente el café con una cucharilla, se lo suelto con timidez y arrobo. “Y te dejo con tus cosas”. Qué emocionante debe ser impartir una clase de Filosofía de la Solidaridad a un alumnado que peina canas. De hecho, con la mochila y la chupa de aspecto mod, me parece haberme colado en un club impensado en donde se te exige prueba de larga vida, o sea, canas, surcos y aspecto convencional. Sí, porque solo la apariencia invita a pensar que allí se da algo conocido. Pero si hay algo que sabemos todos los asistentes, incluido el joven docente, es que las apariencias engañan. Vaya, si engañan.

De entrada, es un espacio compartido de curiosidad, en donde se reconoce la autoridad del profesor, que ayuda a interpretar la tambaleante actualidad, el reino de la incertidumbre.  Todo se explica, todo se entiende. Sobrecoge lo justo. Siento de mis compañeros la misma hambre, seguramente también la misma ilusión (para mí es la primera experiencia de este tipo). Tenemos hambre de respuestas. Lo que implica que seguimos buscando. Eso impregna la clase de una calidad muy especial. Ese nervio, que recuerdo perfectamente de los veinte años, se manifiesta día sí y día también.

Por apariencia, podríamos ser vecinos (sí, algunos tienen/tenemos pinta de gruñones) en plena junta extraordinaria para acordar una derrama. Pero somos gente que no ha querido descabalgarse de su curiosidad y acude a llenar la bolsa. Como la clase es en viernes, al salir al campus se respira el fin de semana: los jóvenes en grupos charlan, se detienen, ríen y bromean. Algunos, quizá sin comprenderla, sienten esa pulsión del futuro, la expectativa global, el amor, el trabajo que vendrán.

Inasible pero perceptible, la fraternidad de esta edad se siente al entrar en el aula, como cuando éramos jóvenes y eso nos unía a los otros. Los ganchos para los abrigos en los laterales del aula (“están muy altos, cómo se nota que son para los jóvenes de ahora”), la pizarra, que aún requiere tiza blanca, que se queda como descolgada cuando nos vamos, con esquemas y flechas y nombres de autores para ayudar a tomar notas; los bancos donde todos los alumnos son muy mayores… (recuerdas de pronto aquel banco en el Retiro, a tus veinte años, cuando un anciano entabló conversación contigo, seguramente enternecido por tu pelo, por tu cara lampiña llena de asombro y por tu presencia, sentados uno al lado del otro, compartiendo el parque y la mañana del día laborable). Adultos unidos, o reunidos, en busca de una belleza que se manifiesta a través de la voz del profesor, que nos lleva de paseo por el pensamiento humano, y una materia que nos ayuda a ser lo que somos en sociedad: la solidaridad.

Tenemos en común no solo los años que nos ha tocado vivir, sino el lugar. Tiempo y espacio: los presentes aportamos recuerdos desde los 60. Al regresar a casa, tengo la maravillosa sensación de fin de semana, con un botín impensado (y cada vez más irrenunciable) en el bolso: me llevo otro paseo por el conocimiento que llega tanto del estrado como de las aportaciones de mis compañeros. Ahí, ¡chas!, es donde se produce la magia de la clase. Algunas son de película americana. Lo clavan como lo bordaría un guionista de Hollywood. Escepticismo y calidez que brotan de lo vivido.

En la autopista de vuelta, la consciencia de la alteridad juega con el “traje”, la carrocería con ruedas que nos envuelve a cada uno en ese camino asfaltado hacia delante. Las montañas del fondo, otro viernes gozoso, las amistades tímidas que vamos haciendo, sin apresurarnos, aunque hayamos empezado a sentir, al despedirnos, ya de vuelta de las vacaciones de Navidad, que el final del curso está muy cerca, fin de enero y adiós. El paseo sin prisa, como cuando caminábamos de vuelta a casa con los amigos al salir del cole, ahora rumbo a nuestros respectivos coches: “¿Dónde has aparcado hoy? Junto a Lidl, como siempre”. Será difícil superar el listón en el próximo. Inevitablemente, los compararemos. Pero el siguiente, al menos, traerá consigo la primavera.

El recuerdo de la clase de filosofía se fijará al de la luz del otoño, pues este ha sido un curso otoñal. Ha traído una nueva mirada para interpretar el mundo, a nuestros años, con un poco de filosofía y de amor por ella y por los demás, y un pensamiento elaborado, que quizá no existía antes, sobre lo que somos a través de la solidaridad. Experiencia bella y, seguramente, también útil, para estos tiempos cafres. Me monto en el coche, me sumo al río, uno más, parte de un todo. Hombre siempre, al fin y al cabo. Al fondo, las montañas aparecen nevadas, por fin. Entro en resonancia con los otros “yos” que he sido, reconociéndolos en otro juego de alteridad. Y escojo de forma manual y consciente la música de fondo con la que recordar esta enésima epifanía. “Ça fait du bien”, de un disco capital de mis veinte años, “Deux cents nuits à l’heure” del dúo canadiense Fiori- Séguin, himno maravilloso de juventud y búsqueda. “Ça fait du bien”. Sienta bien.

*****

Aquí, canción y letra de  “Ça fait du bien”, del disco «Deux cents nuits à l’heure» (1978), de SErge Fiori y Richard Séguin, que mi gran amigo Roberto me trajo de Canadá en 1979, y link a reproducción en Youtube.

Ça fait du bien
De voir que tu reviens
De savoir que tu viens
Vivre à mes côtés

Ça fait du bien
De voir du monde heureux, autour
De pouvoir partager ma lumière à tes côtés

Y’a d’la sueur
Dans nos mains
Y’a d’la peur
Qui nous retient
Prends mon temps, moé j’prends le tien
J’vois l’printemps à chaque fois que tu reviens
J’vois loin, par en avant

Ça fait du bien de s’voir
Ensemble dans un lieu d’espoir
J’crois en toi tellement fort
Si on chantait encore

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