QUEREMOS TANTO A JULIO (EL PERSEGUIDOR)

Ahora que por fin has venido, te confesaré que te he hecho seguir. Tú dirías “perseguir”. Pues, bueno: te he perseguido durante mucho tiempo, durante todos estos años. ¿Ves todos esos informes sobre ti, colocados en la estantería? El detective a quien contraté, hace ya tanto tiempo, tan discreto que creo haberle visto solo una vez en persona, y no estoy seguro de ello, ha demostrado una inusual capacidad de redacción. ¿Quizá confraternizasteis más de lo que pensaba? Empezó con pequeños sueltos y acabó con un informe, al que con más frecuencia me remito, que bien debiera convertirse en un clásico del seguimiento encubierto. Ahí estás tú reflejado como nadie, la mujer con la que convivías en aquel interior parisino, su hijo, tus amigos intelectuales, el jazz y sus servidores, y tu obsesión por aquel músico en concreto, Johnny, a quien perseguías como yo te he perseguido a ti. Y el swing, que se acompasaba a tus textos, habitados de humo.

No tengo muy claro cómo te llegó la invitación. Como sabes, para salir de allá, necesitas que alguien de acá te invite. Las autoridades son muy estrictas con eso. Pero bien te ocupaste tú de colocar las puertas de entrada y salida de allá para acá, directo hasta mi casa cerrada, mi tiempo presente, el enemigo fuera, acechante. Siempre coqueteaste con el apocalipsis. Te encantaban las casas cazadoras, los monstruos de la razón y las islas a mediodía. Pero no intentes imaginar este futuro a tu manera, ten un poco de paciencia. También yo tengo algo que contar, después de leer uno a uno todos esos informes. Es bueno que sepas lo que pienso de ti. Quiero que disfrutes de este palco al presente, tú, que te quedaste en la revolución liberal de Reagan y Thatcher. Pero tampoco te preocupe estar fuera de sitio. Nadie nos va a molestar esta tarde. Lo que importa es que un buen día encargué tu seguimiento por culpa de una mujer.

Me pauso para que te asomes a la terraza a contemplar a los humanos patear las calles, enfundados en un rostro sin rostro, no lo podrías soportar tú, un mundo sin cara, en un caminar que parece solo ejercicio sin rumbo. No ha terminado esa guerra que no ha habido. Al fin, un ensayo incontrolado del apocalipsis, ahí fuera, sobre la acera, como no ocurría en tus libros, vaya invitación, ¿eh?, te he conseguido asientos en primera fila del cuadrilátero. He buscado, sí, respuestas en los informes del salvaje detective que te espió, que debe tener ya mi edad, por lo menos, y éramos bien jóvenes cuando le encargué seguirte por primera vez. Aquella mujer te mencionó y yo a duras penas me las arreglé para saber de qué estaba hablando.

Pero quise saber quién eras, por eso contraté al detective, por qué en esos libros que la chica citaba te empeñabas en cruzar del tiempo al espacio, con regreso por la realidad. Lo vislumbré ya en el primer informe sobre ti: “el individuo ha emprendido un viaje hacia el sur y ha quedado atrapado en un enorme atasco. Todos los ocupantes de coches a su alrededor han empezado a actuar como personajes de cuento”. El detective se vio bloqueado en el mismo embotellamiento. Al menos, él estaba trabajando. Me envió una joya de informe. Tardé años en encuadernarlo. Fue el primero. Pero quedó muy bonito. Míralo ahí, en la estantería de la izquierda, un lomo amarillo: “La autopista del sur”.

El resto de cantos forman arcos iris de nombres cortazarianos: Queremos tanto a Glenda, Todos los fuegos, el fuego, Carta a una señorita en París, Circe, Cronopios y Famas, La isla a mediodía (por cierto, qué impresión, al final de este informe, cuando el avión cumple su destino. Me pasó una buena minuta, el detective, por este servicio. “Gastos de pensión en una isla griega, quince días. El sujeto no deja de mirar al cielo”). Sí, y el más grueso de todos, ese que ves con lomo añil brillante: “Salto de la tierra al cielo”. Cuando me lo entregó, dudaba sobre el título que debía darle. Ahí se quedó corto. Le dije que me valía ese “Salto”, así. Al fin y al cabo, esto es un informe, no alta literatura. Solo al acabarlo y comprender que buena parte de lo que quería saber de ti estaba allí, se me ocurrió preguntarle qué otro título había pensado.

—Rayuela —me contestó entonces con voz queda, al otro lado del teléfono.

—Rayuela —pronuncias como un eco, con una voz más cascada, que imita a la del detective, solo más argentinizada y abismal.

Bueno. Así que estás. Bienvenido a mi terraza. Aquí sí puedes fumar. Tú también perseguiste sombras. Seguiste a Johnny, el saxofonista negro que vivía en mañana, a quien investigabas como médium y lo llamabas “intercesor”. A veces, yo también pasaba sin ton ni son de un informe a otro, como toda esa pandilla de dislocados con la que te juntaste para viajar alrededor de la música y de la literatura. Coincidimos en más de un concierto. Tú ya tenías cierto nombre. Las chicas te deseaban. Y los chicos queríamos saber por qué. Qué hacer para viajar contigo al interior de la búsqueda. Y ellas se derretían por el músico. Y el músico se desfondaba por el tiempo ingobernable. Y tú hacías lo imposible por traértelo a tu universo y así viajar tan lejos como él, conocer el infierno de su creación y quizá, imitarlo. Pero no se dejaba. Parecería que te pilló en renuncio. Pero tú y yo sabemos que no fue así. Nos lo amarraste bien para la posteridad. Por eso estamos aquí hoy.

Y, ya puestos, he pensado que estaría bien que tu Johnny le contara el secreto de lo suyo al mío, a mi Johnny, otro músico. El mío es blanco, tierno y soñador y tiene buena memoria. Anda obsesionado con un asunto, su asunto. Quiero ayudarle con eso, pero creo que nadie mejor que tú, o tu Johnny, para guiarlo en su búsqueda. Él necesita saber qué ocurrió en ese instante de su vida en el que creó una canción que ahora le han robado y está dispuesto a investigar hasta el final, con o sin detective. Y yo sé que tú tienes la clave. Y está en ese informe, en el capítulo 7 de ese dossier inmenso de lomo color añil. Ayúdame a descifrar el sueño del cíclope que se convierte en su primera imagen física y rotunda del amor. Sé que tu Johnny nadó en mil sueños parecidos. A mí solo me interesa el del cíclope. Quiero ayudar a mi Johnny a ser feliz en este lado. Tampoco es tanto lo que te pido.

A cambio, te acomodo en mi presente, en la terraza de mi casa, sin humo, sin miserias parisinas, dulcemente abierto de páginas, tendido a mi lado. Y compruebo que hasta tú eras, en cierto modo, previsible. Que todo lo que he investigado de ti, lo que te he hecho seguir en estos años, estaba justificado. Un seguimiento implacable, quizá algo exagerado, para arrancarte la verdad, vamos, dímela, cuéntamela ya, cuál fue la noche definitiva, la que terminó, o no, en un club de jazz, en la que tomó forma un capítulo, el 7, del que brotaría la conciencia del amor, el big bang del que surgió mi Johnny, un solo irrepetible en el concierto de jazz que es el informe, en el que los asistentes cruzan de la tierra al cielo.

Ahí están, tu perseguidor insatisfecho y mi joven y torpe aprendiz de igual nombre, los siento llegar juntos, por las escaleras estrechas de este interior parisino. Qué tal muchachos, quédense en el salón, que aquí en la terraza hablamos de cosas íntimas. Qué bien. Acaban de descubrir el tocadiscos. Ya suena el tema que tan imperfectamente se atrapó para siempre en un estudio una tarde o una noche, qué más da. Qué valor extraño tiene esa música que no puede ser interpretada dos veces de la misma manera, que actúa casi como sacrificio y todo lo orienta hacia ese espacio indefinido, sabes a qué me refiero, que está y no está. Tú  seguías a tu Johnny mientras perseguía la vida, soplándola por un saxo, azotado de locura. Te puedo preguntar: ¿cómo fue rasgar la capa, penetrar la tierra y sobrevolar el lugar del suceso a la vez?

—Un acorde compuesto —me señalas, indicando el piano.

Bueno. OK. Podrías ser menos críptico, pero no estaríamos hablando así, entonces. Sin ese acorde que es un universo, Johnny no existiría. Ah, me parece que ha llegado más gente, veo dos chicas. Han subido por la escalera de este piso de extrarradio con terraza generosa, que ahora no es interior ni parisino. ¿Estarán preocupadas por el saxofonista? La verdad es que lo que cuentas sobre él asusta más bien. ¿Y por qué lo cuentas, entonces? ¿Por qué contar historias de hombres y mujeres desamarrados del tiempo? ¿Por qué no atarlos a nuestras limitaciones, de percepción, de expresión, de sentimiento? Ah, claro, gracias a un solo irrepetible de saxo, tú y yo nos comunicamos por encima de todo en una tarde de primera y espantosa ola de pandemia y confinamiento, más de sesenta años después de imaginar, de vivir, de escribir todo aquello. Debiste haber ahondado más en la melodía, por qué, qué quería decir, no aceptarla simplemente como algo sobrenatural y único. Por eso juego a acorralarte un poco, solo un poco, porque sé que el juego sí va contigo. Queremos tanto a Julio.

Nuestros Johnnys están muy atentos a las chicas. A la morena la conoces. Es Ruth, la jefa de Novella, la organización que nos ha puesto en contacto, el grupo que cruza personajes en apuros hasta el otro lado. ¿Y la otra, la pelirroja?

            —¿La pelirroja? Esa podría ser la chica de mi capítulo 7.

De repente, la tarde ha estallado. Los vencejos, la luz, el jazz. Toda una tarde con Julio. El sol dice que se tiene que marchar, que nuestro tiempo se acaba. Las respuestas se quedan flotando en el viento, dos nubes en el cielo, mi Johnny y la mujer pelirroja. ¿Y si les dejamos solos, salimos a pasear y me sigues contando?

            —¿Sabés una cosa? —su voz se ha tornado metálica, menos natural, menos humana—. No creo que sea buena idea que bajemos juntos. No querrás explicarte el horror en la cara de los viandantes si trasladamos esta charla al paseo.

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