LOS JINETES DE LA LUNA

Neil Young en sofá con flecosCara a cara, al fin. Nunca habíamos estado tan cerca como ahora, a pesar de haber cabalgado juntos toda la vida. Cuántas noches estrelladas en la pradera, sentados al fuego, bajo la luna, después de dejar pastando a los caballos, hablando del horizonte, de la chica que quedó atrás en el último pueblo. ¿Y si ésta era la auténtica, la mujer que buscábamos? Pero siempre volvía a amanecer, con esa luz de ceniza, indefinida, preciosa cuando la interpretas como el fin de otra noche bajo las estrellas. Ensillábamos entonces las monturas, echábamos los restos del café sobre los rescoldos de la hoguera y, por separado, admirábamos las vastas llanuras de donde veníamos, las que nos esperaban al frente, las colinas y las montañas azules imponentes que se adivinaban detrás. American stars con autógrafo
A veces, la nostalgia nos castigaba sin piedad al recoger por la mañana y, sobre todo, en el momento de volver a montar. Unas veces, a él. Otras, a mí. Rumiábamos hacia dentro, cada cual su momento, su memoria, la chica de aquel baile, quizá hubiéramos congeniado, la de aquella historia de amor suya del año anterior, que tanto me había emocionado. Sabíamos perfectamente cuándo ese ataque del recuerdo se cebaba en el otro y lo dejábamos estar. Con suerte, saldría en la conversación ante la hoguera cualquier noche.
— ¿Tú crees que podría haberme quedado? —si el otro contestaba que sí, abría las puertas a un giro en el viaje por los años que habíamos emprendido. Por eso, la respuesta siempre quedaba abierta, después de un silencio que llenaba la noche, entre el crepitar del fuego y la vista que se nos iba, indefectiblemente, hacia el firmamento.
—Ya sabes cómo son las mujeres. Pueden arrasarte, como un huracán. ¿Qué puede haber mejor que esta hoguera, estos caballos?—no importaba quién de los dos argumentaba. El otro siempre comentaba:
— Claro.
Neil After the gold rush portadaCada año quedábamos en un lugar distinto. Él solía llegar antes y montaba el campamento. Su aspecto siempre había cambiado algo con respecto al encuentro anterior. Pelo más largo, menos largo, patillas, barba, pantalones más o menos acampanados llenos de parches. En cada reunión me sorprendía su aspecto y supongo que yo a él también: este año yo también me he dejado patillas, qué te parece esta zamarra.Pantalones con parches

Escuchaba sus historias, sus aventuras (mucho más numerosas que las mías, pero eso era normal. Al fin y al cabo, era unos años mayor que yo), esa búsqueda del amor que ejercíamos por separado y que nos relatábamos (sobre todo él) en forma de canciones, las suyas tan redondas y contundentes, las mías tan introvertidas y difíciles.

Según cabalgaba hacia el reencuentro cada año, imaginaba las historias nuevas que cantaría a la luz de la hoguera. Él montaba con la guitarra en bandolera, con el mástil hacia abajo. La acariciaba mientras hablaba de sus aventuras. De pronto, su voz se subía a una melodía, como a un caballo, para dar cuenta de desencuentros, pérdidas, añoranzas, sueños de libertad, de pradera, de horizonte sin fin, de esa nostalgia sobrevenida que tan bien comprendíamos. Eres como un huracán, declamaba. Yo soy un soñador, pero tú solo eres un sueño. Pareces en calma, pero cada vez que intento amarte, tus vientos me arrasan. Dios, este año ha debido ser un amor tormentoso, pensaba yo. Y esperaba más detalles mientras me regocijaba por estar ahí escuchándolo, bajo la luna, indirectamente elegido por él para relatar su búsqueda.
Cowboy guitarra hoguera 1 guai.jpgEn las veladas siguientes a cada reencuentro, cuando la urgencia por contarnos llenaba de versos atropellados la hoguera, nuestras almas se cargaban de fuerza, del espíritu de libertad que impregnaba la llanura. Cuando se arrancaba a cantar, yo intentaba seguirle, hacer coros. Me resultaba difícil con sus relatos nuevos. Pero después, cuando recordaba alguna historia ya familiar de otros inviernos, cuando pasaba al verso conocido, mi voz se unía a la suya. La historia, la música. Palabras, palabras, cantando palabras, entre las líneas del tiempo. A veces, entraba en trance y su guitarra parecía volverse loca y él se volcaba en el silencio y las cuerdas, como electrizadas, chirriaban en la noche.
cartel con Crazy HorseUn año faltó a su cita. No sería la última vez. Me hizo llegar una nota en la que me hablaba de una experiencia extrema: había enfermado meses atrás y la fiebre de más de 40 grados lo había abrasado durante tres días. Había tardado mucho en recuperarse. Sus historias me parecieron distintas, teñidas de una luz crepuscular, me provocaban nostalgia de lo no vivido. Cuando las entonó a la guitarra, supe que había visitado un lugar especial. Aquella noche oscura, acampados junto a un río, me explicó que durante la enfermedad había entrado en un espacio paralelo a lo que conocemos y que solo se manifiesta si lo buscamos lejos del ruido que nosotros mismos generamos. Me preocupé por lo que contó después. Sabía que algo muy importante había ocurrido en esa noche de delirio: los versos hablaban de forma caótica de una camarera coqueta a la que veía como una vaquera en la arena, una chica de canela (¿?) y un hombre celoso que habría matado a su pareja de un disparo junto al río. ¿Serían la misma persona? Y lo peor: ¿la habría matado él por celos junto a un río? Su silencio ante mis preguntas no despejaba mis dudas.

Neil joven con patillas y flecosComo respuesta, rasgó en las noches siguientes su guitarra chirriante hasta que las historias del otro lado cobraron cuerpo en éste. Los flecos colgantes de cuero de su zamarra bailaban salvajes al ritmo de esas canciones mágicas y oscuras. ¿Qué debía hacer yo? Pronto se despejó mi duda: seguir montando a su lado, por supuesto, impregnándome de su fuerza interior, de su música y del indescriptible gozo de su incorrección.

Neil en su rancho 1Sin saber cómo, un día subimos una colina a lomos de nuestros caballos y yo supe que sería la última, pues señalaba la entrada a un valle fértil en el que yo me asentaría. Lo había intentado antes. Ahora estaba seguro. Ahí encontré un rancho con mucho trabajo y una chica bonita de la que no podría alejarme. Comprendimos que no había por qué renunciar a nuestros hogares ni a nuestra amistad. Añorábamos la música de nuestra búsqueda, pero el amor ya había llegado. Habíamos empezado a construir nuestra casa. Ya no éramos presos de aquellos arrebatados galopes hacia el horizonte, ni de las acampadas, ni siquiera de la maravillosa sensación de hacer segundas voces a la canción del amigo, que nos sabíamos de memoria. Quedamos para una última cabalgada antes de ocuparnos definitivamente de nuestros ranchos, de nuestras familias. La última noche, él tocó las mejores canciones, las que me habían hecho crecer, y yo le respondí con mis humildes versos cantados. Como decía el poeta, la historia de un hombre es la memoria de sus besos. Los aullidos de varios coyotes nos hicieron las segundas voces. Cantamos hasta que él me propuso un último galope hacia la luna, cuando las estrellas ya se habían desvanecido en la luz de ceniza del nuevo día.
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Neil en sofá con guitarrasTengo un sueño recurrente. De vez en cuando, Neil Young viene a tocar a mi ciudad y, en cuanto termina el concierto, dice a su equipo: “Ahora me voy de cañas con él”. Y nos vamos a un pub en donde la gente le mira pero no dice nada. Y Neil se llega hasta donde estoy yo, me da una palmadita y me dice: “¿Qué tal, colega?”. Así son nuestros reencuentros ahora: en el otro lado. Hemos dejado los campamentos de la pradera. En la misteriosa realidad de los sueños, todo parece auténtico, todo se siente auténtico. No sé de qué charlamos, solo sé que lo hacemos como dos que han cabalgado juntos toda la vida. Y, aunque sé que esto mismo u otras cosas parecidas pueden ocurrirles a los millones de fans que tiene en todo el mundo, nadie puede imaginar la cantidad de noches que hemos compartido juntos, solos él y yo, dos compañeros de viaje, bajo la luna, con el arrullo de fondo de cigarras y coyotes, los relinchos quedos de nuestros caballos y sus historias a la guitarra, con mis segundas voces.
IMG_4126Anoche Neil me volvió a visitar en un sueño, pero esta vez fue real. (¿O seguía soñando?). Cara a cara. Él estaba allí, sobre un escenario, y yo escuchaba sus canciones a apenas 10 metros, entre una multitud de soñadores que flotaban sobre Like a Hurricane, tema central del álbum American Stars’n’ Bars, que compré a mi amigo Roberto allá por 1978, pues su padre, que trabajaba en Iberia, se lo había conseguido en edición americana (entonces nos pirrábamos por las ediciones extranjeras) y él me vendió el suyo. Lo reconocí, como cada tema, antes de que empezara. Miraba para mí, como si buscara la hoguera de mis ojos con la que sentirse cómodo. Y yo echaba fuego. Seamos el huracán. Cantemos como en las praderas de la contraportada del American Stars’n’Bars cualquiera de aquellas noches que nos forjaron como amigos, cómplices, jinetes ansiosos de horizonte.
En seguida supe que en este sueño revisitaría mis mejores años. Al interpretar Out on the weekend, una de la canciones que más inspiraron la nostalgia de las llanuras de mis quince años, yo ya sabía que el milagro se iba a producir en un lugar de la tierra, en una noche de verano, en el siglo XXI. Era el estadio que nos faltaba por conquistar: el del encuentro físico, cara a cara, al fin él y su guitarra, el deseo de tantas noches aladas de adolescencia y primera juventud. Out on the weekend abría el álbum Harvest, cima del Neil más romántico, el de Heart of gold, y nosotros sacábamos los acordes y nos poníamos en trance para cantarla. Y The needle and the damage done, cuyo arpegio de bajos descendentes descifré con infinita satisfacción al poco de empezar a tocar la guitarra, a los 16 años. No entendía todavía la letra, que hablaba de otro caballo, monstruoso, que se llevaba a la gente a la oscuridad total.

IMG_4135Y Alabama, para la cual se colgó la guitarra White Falcon enorme, hueca, que anunciaba la primera distorsión de la noche, antes de acometer Words, palabras (entre las líneas del tiempo), agarrar la Les Paul negra con vibrato (Old Black) y descerrajar truenos desde el ojo del huracán sin parar hasta el final. El viejo Neil, esta vez por fin viejo, (oh, solo faltó que cantara Old man, look at my life, I am a lot like you were…), tantos años de trazarse y desdibujarse para gozo de sus seguidores y pesadilla de sus discográficas, encarnaba como nadie la fuerza del rock and roll, que se manifestaba en un bucle incontrolable de energía desde el escenario hasta el espacio donde miles de jinetes se apelotonaban. El rock es rebelión, no lo olvidéis. Tres acordes, un ritmo y, sobre todo, una trayectoria incorruptible, queremos ser como tú. En cada tema se escuchaban mis segundas voces, como en nuestras acampadas, porque ya nos las sabemos tan bien. Incluso me pareció oír aullidos de coyote, o de lobo, haciendo la tercera armonía según se adentraba la noche y mi vista se perdía en la luna.

Comes a time portada Human highway, la carretera humana, del disco con el que me preparé para la llegada definitiva del amor: Comes a time. El estribillo decía “How could people get so unkind?” (¿Cómo puede ser la gente tan antipática?) De repente tenía veinte años otra vez, pero palpaba a mi lado la piel que me ha acompañado los últimos casi 30. Era la síntesis perfecta de la vida y el amor.

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Y una voz gritó, espaciando las sílabas:
—Down-by- the-ri-ver!
Y el Viejo Neil cruzó al otro lado en el momento más mágico de la noche con el riff inconfundible: She could take me/over the rainbow/Down by the river, I shot my baby. Y se desató el ciclón, una nube de energía caía del escenario y regresaba a él alimentada por la fuerza de miles de gargantas que coreaban, como antes, hace tantos años, junto al río aquél. Permanecimos en el otro lado hasta que, abrazados, los músicos abandonaron el escenario.IMG_4144
Cuando la muchedumbre se dispersó al final del concierto, escuché a alguien llamar mi nombre. Un tipo de rasgos indios, de tez oscura y sombrero marrón de ala ancha, reclamaba mi atención desde un lateral del escenario. Me acerqué.
— Neil quiere verte.
— ¿En serio?
— ¿No es lo que hacéis de vez en cuando? Te presto mi caballo. Te está esperando.
Traspasé la barrera de seguridad acompañado por el indio. Volví la vista atrás, hacia la multitud, hacia mi familia. Me dejaron marchar: será como cuando os juntabais cada año, al llegar la primavera. No tengas prisa. Te esperamos. Te queremos.
portada everybody knowsMonté algo inseguro, mientras el indio sujetaba la brida del caballo. Afianzado sobre la silla, me incorporé sobre los estribos, me despedí de los míos con un beso al aire, di un leve manotazo sobre la grupa derecha y enfilé al paso hacia el otro jinete, que me esperaba a unos pocos metros. Nuestros caballos se reconocieron. Neil y yo, juntos, de nuevo. Esta vez, era verdad y no un sueño. Pasamos del trote nervioso al galope decidido. Volví la vista y vi, allá abajo, un niño que señalaba hacia arriba, hacia nosotros. Sus padres, felices entre la multitud que se dispersaba tras el concierto, no podían creer lo que veían: dos jinetes cabalgando juntos hacia la luna.
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Sujeto 323-B en concierto Neil YoungEl sujeto 323-B ha sido avistado, pero las circunstancias de este contacto (aglomeración humana en concierto de rock, actuando artista Neil Young) no aconsejaban su detención, por lo que se mantiene la vigilancia sobre él, aunque se le perdió la pista al término de la actuación. Nuestro agente infiltrado en Novella ha enviado copia del texto mostrado más arriba, procedente de una libreta del espiado. Se colige que el artista citado mantiene gran influencia sobre el sujeto, pudiendo ésta ser una de las razones principales del comportamiento altamente peligroso del mismo y que ha suscitado el interés de la agencia Normal. El informe de avistamiento puede consultarse en el dossier 323-B, a disposición de personal de rango F o superior.

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Hace unos días me llamó Marta, una joven colaboradora de Novella (seguramente Marta es un nombre falso) y me dijo que era muy importante que acudiera al concierto de Neil Young.

Que podría producirse alguna revelación importante sobre el caso que investigo. Me hizo llegar dos pases (no me quedó más remedio que pasarle uno a mi editor, que, al parecer, tiene un pasado rockero). Quiero tenerlo contento porque al volver de Malmoe, hace unas semanas, me llegó a la redacción otra extraña invitación para ir a California, dentro de unos días, a cubrir una inauguración en Silicon Valley, y no quiero perdérmela. Huele a Ramiro y sus extravagantes citas. Será mi próximo artículo. Respecto al concierto de Neil Young, me pareció que se producía una unión casi sobrenatural entre el público y el cantante. Encaramado en la tribuna para prensa, junto a gente VIP, envidié a los que estaban muy cerca del escenario. Los rostros de la gente de las primeras filas que enfocaban las cámaras estaban como en trance. He leído mucho sobre él y escuchado bastantes discos suyos. Sé, por ejemplo, que cuando empezaba como solista, un día enfermó solo en su casa de Topanga Canyon, en Los Ángeles, y la fiebre le hizo delirar. Durante ese proceso crítico, compuso tres de sus canciones más conocidas: Cowgirl in the sand, Down by the river y Cinnamon girl.

Mientras suspiraba en la noche pensando en una vaquera junto a un río, a mi lado, una joven preciosa de color canela, que botaba emocionada, pidió repetidas veces durante la parte acústica que tocara la canción Old man. Me fijé bien en el rostro de Neil en las pantallas gigantes: sí, está muy mayor, el viejo Young, tan joven. ¿De dónde saca toda esa energía? Al acabar el concierto me quedé un rato en la tribuna, como flotando. Puede que el olor de cannabis en la atmósfera me hubiera colocado un poco. El caso es que estaba muy a gusto y como esperando a que Ramiro se me manifestara de repente, o Ruth, que también me apetece entrevistarla. Escuché los gritos de un niño cerca de allí y observé que sus padres señalaban al cielo. Miré hacia la luna: no podríais creer lo que vi.

Harvest moon

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