BLOG DE LAS NUBES

Comunicados sin importancia de Carlos Herrán

ISLA NEGRA

La tarde de invierno austral arranca en Valparaíso. La ciudad torrencial, encaramada a cerros vestidos de murales, primer objetivo del golpe del 73, nos da reposo en una placita en la que comemos un completo para sentirnos más chilenos. Por la tarde vamos a Isla Negra. Así hemos decidido los padres.

—¿Seguro? ¿Cómo vamos a ir?

Pregunto a la señora del puesto. Isla Negra queda a no menos de una hora en coche. A los tres minutos ha arreglado para que nos lleve su sobrino.

—Es una de las cosas que uno viene a ver en Chile. La casa de Pablo Neruda en Isla Negra.

Por qué llevar ahí a tu familia sería la pregunta, por qué es tan importante para ti. ¿Entenderían que quizá no existirían como son sin Neruda? ¿Qué saben de la juventud de su padre? Les podría citar la película “El cartero y Pablo Neruda”.  ¿Contar una película para explicar a un poeta? Mejor no. Vamos para allá, a ver qué pasa. Caminamos desde la carretera, donde nos deja el conductor, hasta la casa, porque no dejan pasar coches.  El mar se siente por todos lados, pero no se ve. La edificación se interpone y cursa noticia del mar.

Noticia de mar. Siempre ha estado ahí, pero después de recorrer la casa del poeta el alma no lo verá igual. Ninguna advertencia en la entrada sobre el antes y el después junto a la taquilla, en donde los adultos mayores pagan menos (saco partido a una demora de décadas). El lugar te prepara sin que lo sepas. El océano nunca será lo mismo después de verlo a través del cristal de sus ventanas. Sientes el impulso poético que genera la mera visita a la morada soñada del poeta con tu familia al completo. Esto es Isla Negra, chicos. Aquí vivía un poeta cuyos versos se colaron en mi juventud, la que os ha traído hasta aquí, amarrados todos a la cintura de la mujer que os dio la vida y que, generosa, comparte con la casa durante la visita al hombre poseído.

Ella lo sabe, quizá porque cuando todo era pasión el amor comenzaba por el oído, resonaban transportados por el aire marino los versos escritos en la casa tantas veces imaginada por un hombre que los hacía brotar como cascadas de palabras frente al mar. Después la pasión floreció y los frutos crecieron a su costa para llegar hasta aquí todos juntos.

Como en la galería Uffici, en Florencia, cuando los niños (¡qué pequeños aún!) se maravillaron en sus salas y permitieron que me traspasara la belleza sublimada por Botticelli, así se mueven hoy, adultos pegados a la audioguía, deslumbrados por algo que no anticipaban. Es mucho más que extravagancia, que una colección de mascarones de proa, ellos que nunca leyeron libros de aventuras y piratas. Me gustaría explicarles, pero yo mismo me abandono a la sensación: se respira la extraordinaria cotidianidad de algo en la antípoda de lo vulgar. Cómo será vivir junto a un poeta. Hoy vi la ventana frente al bronco Pacífico donde el poeta se sentó a escribir su “Canto General”, sus versos encendidos del capitán, su canción desesperada, los cuerpos recorridos. La emoción es tan intensa y contenida, el corazón se acelera.

Nunca recorrí un cuerpo sin emoción. La búsqueda del amor, aunque solo fuera deseo irreconocible, comenzó en el mundo físico, se desarrolló en él, hasta instalarse en el alma. Y, aún ahí, no siempre vivía para siempre. Vamos: recorre sus estancias, siente el espacio físico de una época. Luego, sal, sal al mar y háblale. Un día cualquiera en la vida de un poeta. Cuántas veces lo pensé, oh, y ahora en Isla Negra lo vislumbro. Nos levantamos de la cama cada mañana para producir algo y mantener el cuerpo con vida al cabo del día.  Quizá al acostarnos, solos o en compañía, cansados y puede que desagradecidos pese a ese nuevo día vivido, pensemos que dedicamos toda la energía a pagar las facturas más que a sentir el latido del día en nuestro cuerpo. Pero al recorrer cada estancia de la casa, la electricidad de los veinte años recorre mis extremidades. Reconozco la fuerza vital y creadora retenida entre las paredes de madera y objetos como la buscaba y sacralizaba a esa edad.

¿Qué era ser poeta? ¿Escribir versos? ¿Atrapar la vida dejando que te atrape? Sí, había poetas, y se estudiaban en clase de Literatura. Por lo tanto, incomprensibles. Los había, pero eran seres mayores, calvos, a veces con greñas, algunos con corbata, reconocidos por el sistema. Así era Neruda. Por alguna razón, eran respetados en el mundo de los adultos al que no queríamos incorporarnos.  ¿Cómo era el poeta joven? ¿Cómo distinguirlo entre nosotros? No identifiqué a ninguno entre mis compañeros de edad. Escribir versos, sentirse único, volar por encima de las nubes…Cuánto había en ello de mecanismo obligado de adolescencia. Algunos amigos de entonces me llamaron poeta. Pero yo hacía canciones, vivía en una odisea de rock. La poesía era ardua de leer y comprender, mucho más de escribir. Cómo acomodar la frustración de tantos jóvenes que no llegarán nunca a donde imaginaron, ¿verdad, papá y mamá? Mis padres e Isla Negra.  Mis hijos e Isla Negra. Mi mujer e Isla Negra. ¿Y la poesía?

***

Me demoro, sago el último de cada estancia, retengo y retengo, respiro, siento: cómo seré al salir y enfrentar el océano, después de haber comprendido su secreto, la mar infinita como material supremo, acotada por los marcos y cristales de las ventanas y por los ojos del poeta. Todo es mar en Isla Negra, mucho más allá de barcos embotellados, sirenas, mascarones. Navego de habitación en habitación por todos los mares que he conocido, el primero, el más grande y lleno de aventuras el de tu cuerpo, ese tan físico que me ha traído hasta aquí. Podría escribirte los versos más alegres esta noche, mujer del presente, no quiero imaginar los más tristes escritos para ti. Esos los reservo, aún ahora, para quienes te precedieron en la búsqueda, mares que se convirtieron en mapa, mientras tus aguas vivas siguen abriéndose a mi proa.

Estragos del tiempo, balance, el juicio de la luna y las estrellas, en una canción de Joni Mitchell de los veinte años: apuntarán sus mangueras sobre ti, pero tú no debes apagarte. Los versos encendidos del capitán enaltecen la gran fiesta del sexo, puede que también la del amor. La canción desesperada, herramienta de amantes de otra generación que se preparan para asumir el adiós: qué vértigo cuando los leímos por primera vez y había aún tanto por recorrer. Habría que pasar por esa desolación. Vivíamos así el amor, sin posibilidad de punto intermedio. Por eso fueron siempre tan duros los adioses cuando, en realidad, me confiesa el mar, solo se trataba de renacer. Los rizos blancos contra las rocas día tras día, desde la ventana. La esposa-roca, reteniéndolo en tierra. Todo me suena familiar mientras atravesamos estancias juntos: vivencia y empeño, suerte, trabajo, familia que ha peleado mucho junta y ahora acude junta a Isla Negra, llevada por el padre que solo ha sido capaz de decir al llegar:

—Chicos: esto es Isla Negra.

Y los libros que se publican, uno y otro y otro, hasta el Nobel, hasta el golpe, hasta el final, que siempre llega. Que lo llevaran allí a descansar para siempre. Salimos en silencio, uno a uno, afectados cada uno por un impacto propio. No podemos hablar aún, solo hacer fotos. Mis hijos, mi mujer, comprenden que los he llevado a un lugar único, porque sienten, son parte de mi vínculo con Isla Negra, la vida que les antecedió: son producto feliz de una vida buscada y sentida, muchas veces entre nubes, otras amarrado a una cintura que se ancla en la tierra. Descubrimos las dos sencillas tumbas: el poeta y su mujer frente al mar. Mi hija comprende que necesito una foto y eleva el momento hasta el cielo. En ese instante, con el mar a sus espaldas, frente a mí, siento el alivio del relevo. He creado una familia y la he traído al otro confín del mundo a contarles de dónde vengo. Confieso que he venido. El poeta se fue hace 50 años. Pero qué honda su huella. El mar.

En la tienda a la salida, una taza, un libreto de la casa y un ejemplar de “Canto General” de diez euros. Le ponen el sello de la fundación. Con él siento que convalidan mi poesía aprendiz, vital, roquera, de estas décadas.

               —Muchas gracias.

               —Al contrario —señala con un levísimo gesto a mis hijos, que curiosean los artículos para la venta, a mi mujer satisfecha.

               La tarde se despide perfecta en el invierno austral. La luz cae rápido, pero hemos llegado a tiempo. Nos extendemos a la salida, ya fuera del recinto, con más fotos, excusa para seguir mirando al océano, cuesta marchar. Regresamos ya de noche, en un silencio intensamente rico, cada uno con su botín, durante la conducción de vuelta a Valparaíso. Allí, en el balcón del apartamento frente a la bahía, el mar es otro. El sueño de Isla Negra es ya un recuerdo de familia.

4 respuestas a “ISLA NEGRA”

  1. Estuve allí hace más de veinte años. Me ha encantado tu narración. Abrazo fuerte a toda la familia.

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    1. Muchas gracias, Jesús. Abrazo fuerte.

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  2. Magnífico relato, Carlos. Enhorabuena, por lo escrito y por lo sentido.

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    1. Muchísimas gracias, Laura. Es un relato compartido desde hace muchos años.

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