BLOG DE LAS NUBES

Comunicados sin importancia de Carlos Herrán

DÉCADA

Abro el cajón y se escapan las décadas. Ocupan todo el espacio disponible, como todo buen gas, cumplidor de sus principios físicos. Pero si aquí solo guardo camisetas. El líder de la fuga es una de Harvest de Neil Young y otra bordada con amor con la inscripción: Old Man.

Neil Young -“Decade”, el primer triple álbum para explicarse y explicar su recorrido, su evolución, con canciones de 1966 a 1976. Era una caja (ahora los llamamos “box sets”) con tres vinilos que, por supuesto, nunca compré. Para qué. Ya tenía varios de los discos anteriores. Cuando salió, en 1977, yo transitaba por mi segunda década con notables problemas de estabilidad.

      —¡Qué bestia: un disco triple! Toda una década ejerciendo de Neil Young.

Qué debía ser una década cuando yo no me reconocía de un año para otro. Abierta la espita, empiezan a asomar camisetas y décadas. Se han aliado, como los obreros y los estudiantes en mayo del 68, para luchar contra el sistema. Aquello que ocurrió dentro de esta o aquella camiseta, de aquella década, cuerpo sufriente o gozador. Bailan y orbitan en torno a la cabeza que las ha puesto en movimiento.

Una comida con antiguos compañeros del colegio junta nuestras décadas a una mesa para hacer reconocibles los rostros, algo menos las inquietudes de entonces. Hacerse mayor debe ser seguir reconociendo rostros amigos sin ver el destrozo de la edad.

De pronto paseo por las calles de esos 18 años de primeras elecciones, el barrio obrero al que nunca había ido y al que me llevaron de noche para pegar carteles, qué emoción al reconocer la esquina donde levantamos el puño hacia el futuro al ver pasar una caravana de coches con banderas rojas mientras esperábamos que nos recogiera la furgoneta al terminar de empapelar el barrio.

Qué bonita la mañana hoy en el mismo barrio, con una mujer de la mano, compañera de décadas. Y allí mismo, la biblioteca pública de donde saqué el primer libro sobre nubes, que me acompañó a la mili y que devolví con retraso y bronca del bibliotecario.

—¿Qué es eso de que estás en la mili? ¿Y a mí, qué? ¿Cuánta gente podría haber querido saber de nubes en el tiempo que tú lo has acaparado?

Me entran ganas de volver, con mi carnet actualizado, a ese edificio novísimo que no reconozco, a ver si aún sigue allí ese libro que estrené yo (quizá tampoco había tanta gente interesada en nubes ya entonces).

Recorrer la mañana y el barrio de Usera en libertad, con la mano agarrada y las espaldas cubiertas de futuro, esa cosa impredecible que llamaba y te revolcaba, atípico turista del recuerdo de la geografía urbana.

Toda una década, una década de alboradas, de saltos y desconciertos, de tanteos y genialidades, de búsqueda siempre, hasta un amanecer concreto, el último día antes del gran río de las décadas siguientes, que aún fluye de mi mano en la mañana de invierno en que me preparo para celebrar la gran fiesta de los años. Por fin me permito no pensar en trabajar sino en el júbilo de no hacerlo y seguir nadando y remando río abajo, con frecuentes remontadas de cauce.  Nada impide seguir buscando, solo la salud. Conectar la línea de la vida, los padres, los hijos, todo eso se ha cubierto.

Décadas, ya tres, desde que elevé la mirada al cielo blanco, recortado de puntas de cipreses, que vertió aguanieve sobre todos nosotros al despedir a mi madre. Necesité contarlo.

Ahí empezó la siguiente etapa de mi vida, esta, rica como ninguna, real y palpable, combinada en el mismo plato con una buena guarnición de sueños. Y arrancaron las siguientes décadas. Despedimos también a mi padre y surgió el principio de este blog, “La Flor de la pita”. Nunca he simpatizado con los bancos, o los vendedores de seguros. Su negocio es ser parte del futuro de cada uno de nosotros, se apropian de una parte de esos sueños y temores para vendernos su producto: dinero presente y protección para las inclemencias del futuro, de mañana mismo.

Salgo del cuarto y trato de sacudirme el asalto de las décadas desde el cajón de las camisetas. Me recluyo en el baño y me ducho. Del grifo del recuerdo brotan años, cálidos y desmenuzados, cuyo vapor impregna todo el espacio, las paredes ahora llenas de gotitas de días, de momentos, de besos, de impulsos vitales, décadas desplegadas por toda la superficie lisa de azulejos. El espejo niega la imagen, solo una silueta. Paso el dedo por la pared, escribo con el dedo letras de agua y vida: papá, mamá, hijos, mujer, deseo, amor, camino. Una década sin mi padre, tres sin mi madre, hijos que navegan ya entre las dos y las tres décadas, que responden a los genes mientras escriben su propia vida.

Abro la ventana después de la ducha para ventilar y se escapan, multiplicadas por el ejercicio del agua, décadas ya de todo. De la peor crisis familiar, de un ejercicio introspectivo único que se derramó a lo largo de muchos años en la ilusión de una escritura convertida en misión de futuro. Todo el presente de crianza, de trabajo, no podía compararse con el sentido de futuro que cobró aquella escritura. Ir hacia algún sitio nuevo, nuevas tierras, atrapar esa nube que se ofrece inopinada.

 De pronto comprendo que llevo décadas leyendo y escuchando a mismos autores, hemos vivido juntos la aventura en compañía, autores y lectores, músicos y espectadores, compañeros de viaje desde siempre. Libros y discos. Su contenido intangible, apostados en estanterías por toda la casa, esperando su momento para asaltarme al pasar:

—¡Sácame un rato a pasear, ojéame, recuerda!

Júbilo. Ahora es júbilo por llegar a la meta. Júbilo que se ha ido generando como una nube en verano en la montaña, creciendo en silencio, sin dar espectáculo. El sentimiento de la libertad. Extraigo de entre las décadas dos o tres momentos de libertad absoluta y a través del recuerdo me sumerjo en ese sentimiento deslumbrante. El último día de mili, el viaje a Mallorca para probar la libertad inmediatamente; el cambio de trabajo que suponía pasar de un turno de noche a un turno de día después de dos años mordiendo las madrugadas y viendo amanecer desde una redacción en Torrespaña.

Reconocer de nuevo la vida de la ciudad en la mañana montado en la Vespa, pero sabiendo ahora que hay mucha gente que trabaja mientras dormimos, para que el día de los demás sea placentero. Y está bien. Otro día, otra foto, esta con marco, recién casados, con los amigos, que contemplo con frecuencia desde el sofá cotidiano para recordar cómo éramos entonces. Llegar hasta ahí para decir libremente “sí”, consagrarlo con un viaje de novios de ensueño, por deseado, por el sur de India con la mochila a la espalda. Otro adiós a un trabajo rico en Telemadrid para acariciar la lámpara del futuro y convertir el vértigo en juguete, como en un parque de atracciones, esta vez junto al Pacífico, un regreso deseado, aunque algo inconsciente, al conocimiento que emana de una universidad, al tiempo que se enfrenta otro cambio revolucionario, la paternidad y la nueva vida en pareja, que ahora es familia. Ahí el río se acelera y sortea rápidos y cascadas, ahí es torrente. Nada puede pararlo en esa etapa. El futuro lo succiona veloz para que no se despiste en su rumbo hacia el mar. Las décadas se arremolinan en torno a las rocas. El río es libre, pero ahora soy incapaz de sentirlo como cuando brotó, montaña arriba. La sinfonía de los días se ejecuta de forma automática, crece la vida alrededor, se consumen los recursos, todo ocurre tal como se espera. Y, de pronto, una decisión de otros, un papel, una carta de libertad. El vacío dura poco, los hijos ya no son niños.

Frente a un prado, una tarde, en un lugar de la sierra, aun limitada la circulación por la pandemia, comprendes que eres libre y esta vez, definitivamente. Esa misma noche empiezas a ver una serie que se llama “Libertad”, de bandoleros en los campos y las sierras del siglo XIX. Pero la inercia impide la claridad de la visión aún. Y el nuevo hombre tiene cuentas pendientes con su justicia. Quiere saber por qué no fue siempre así, por qué aceptó yugos que lo deshonran, cuál es el pago, en suma, por haber llegado a ese estado de liberación desorientada.

Vendrán uno a uno, despacio, los días, que se asentarán como sedimento, la revancha de la lectura, devorando en la playa, en el primer verano eteno de su libertad, el Ulises que se resistió en la juventud, esa que llamaba salvaje cada día para afirmar la vida de acción frente a la de reflexión. Esa llamada que de pronto acepta negociar para pagar a los sueños, que tanto han contribuido a sostener el empuje en los años, la deuda contraída:

—¡Haznos realidad!

Ese sueño de juventud que no te ha abandonado en tantas décadas, esa forma de vida que has podido mantener gracias al aporte inconmensurable de los otros. ¿Puede ahora compartir ese sueño el júbilo contigo y hacerse realidad? ¿No es eso lo que pide un sueño, aunque asuste a la vez el cruce del espejo?

Baja el río cargado de décadas hacia el estuario.

     

2 respuestas a «DÉCADA»

  1. Felicidades (aunque atrasadas), Carlos!

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    1. Muchísimas gracias, Elena.

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