
Pintaremos la casa en unas semanas. Por mí, podían haber pasado otros cuantos años. Me da vértigo el desarreglo monumental que nos espera, todo el piso patas arriba. Necesito ponerlo en la agenda, suspender toda actividad exterior y prepararme para afrontar algún momento delicado con mi mujer cuando comencemos a desmontar, limpiar y recolocar toda nuestra vida expuesta o almacenada en casa. Me preparo para el revolcón de los objetos. Fotos, discos, libros, souvenirs. Lo que no imagino es que, mientras se viste y se desviste, la casa me va a contar cosas: desde cajas y estanterías los objetos se disputan la palabra para hablar de cuanto ha sido. Y todo desemboca en ti, la realidad más física e innegable de este largo ensueño.
***

Unas semanas antes, lo físico se cuela por la terraza. La casa se ha quedado sola. Tiendo la ropa en la azotea, sábanas, pinzas, olor a suavizante. Detrás de la sábana blanca, la presencia invisible de mi madre colgando una colada. Dejo que la vista se pierda en el horizonte amable que me acompaña desde que me establecí en la tierra fértil de mi familia.

Llega la música desde el estudio, donde aún vive el vinilo. He puesto un LP. El último regalo de cumpleaños, unos cuantos discos de mis hermanas mayores que ellas ya no escuchan. No tienen tocadiscos. La tarde recién comenzada baila con la ropa ondeante, agarrados, muy agarrados al recuerdo. Familia. Qué somos. Elijo el disco por la contraportada: una mujer envuelta en una toalla, sentada a una máquina de escribir en una habitación, que mira a cámara con deseo de viajar hasta los años futuros, encontrarse conmigo en este momento, aunque ella no lo sepa. La cara B de un disco que sostuve tantas veces sin llegar a entender la música que proponía, pero que me recuerda tanto a ella, a esa imagen de mujer brava que ya se iba forjando en casa de mis padres. Esa mujer que también era hermana mayor, que abría caminos, que se había topado antes que ningún otro con las corrientes que fluían por el aire en los primeros 70. Busco su firma y la encuentro inmediatamente. Valencia 6-1-72. Quién era esa mujer de la foto. Y el tipo que cantaba tan lánguidamente las canciones que parecían iguales todas, una detrás de otra. Marianne, la mujer de la foto.

Qué bonita y sugerente la contraportada, la mujer joven recién duchada, la habitación blanca, solo un poco más desnuda que ella, la máquina de escribir. Imposible despertar más deseo y curiosidad en el amanecer de la conciencia. Leonard Cohen, Songs from a room. Ahora puedo saber en unos segundos qué fue de Marianne, ver sus fotos con Leonard, leer su historia en Wikipedia. Pero he entrado en sus vidas gracias a una contraportada de cartón. Viajo seguro, físcamente agarrado a esa funda del disco, marcada como propiedad por mi hermana, vivo con ellos los 60 y los 70 en la pantalla.


Repito experiencia con un disco de Joni Mitchell, For the Roses, con una preciosa foto de Joel Bernstein en una solapa de papel que es casi cartón, qué calidad de edición: cuánto me ha inspirado en el tiempo, cuántas veces he sostenido el LP en mis manos, ver a Joni de espaldas, sobre una roca, el mar rompiendo a su alrededor. Las letras de las canciones se pueden leer nítidas sobre el azul del cielo. El cartón y el vinilo viven, 44 años después de llegar a mis manos. Cómo no enamorarse entonces de la figura de Joni, desnuda frente al mar, al abrir la solapa doble del LP. Por supuesto, cuando llegó el momento, la invité a entrar en mi novela.
***

He vivido en unas cuantas casas. Mudarme no me resultó nunca difícil salvo en la última ocasión, y de esto hace ahora 25 años. Acabé agotado y me dije: a ver si paro quieto un rato (era la séptima. Y sigue siéndolo. Buen número). Esta era grande, suficiente para la familia recién formada: dos padres y dos hijos pequeños, uno bebé. Hay algo descomunal en una mudanza, un descoloque que lastra el encaje en la nueva casa. En estos años, he vivido varias veces algo comparable a una mudanza a pequeña escala: pintar la casa, operación que se pospone de natural por el esfuerzo físico y mental que requiere. Y eso que lo hace un pintor contratado.
Pintar la casa es sumergirse en un viaje intensamente físico y emocional que no sabes bien cómo terminará. De entrada, es una competencia autoasignada por mi mujer. Cuando llega el momento de pintar, me siento arrastrado inevitablemente por un vórtice. A diferencia de una mudanza, todo sale de su sitio, pero permanece a la vista, apilado.
Durante una semana, desmontas estanterías, limpias y vuelves a colocar uno a uno todos los elementos que vivían felizmente sobre ellas, en cajas y armarios. Durante esa semana no hace falta ir al gimnasio. Al cabo del día, duermes extrañamente bien. Se da una placentera sensación de conexión extra con tu mujer, una tarea monumental acometida en equipo. Antes de dormir, me gustaría compartir mis pensamientos, pero estamos demasiado agotados y probablemente me mandaría callar, por inconcreto.

A ver: físico es arramplar con estanterías que llevan diez años ancladas a las paredes después de descargarlas previamente. Físico es subirse a sillas y banquetas, estirarse como en una clase de pilates, bajar cargado con mucho cuidado por el desgaste de los años sobre el esqueleto y las articulaciones. Físico es resoplar con doble sentido, renegando por dentro y por fuera por toda una semana de patas arriba.
—¿De verdad hacía falta pintar? Los chicos no tenemos esa misma…—por supuesto es un pensamiento censurado antes de llegar a la boca. Somos uno. Si entras en acción, juntos hasta el final. Aunque no resulte gratis. Hmmm. Pero me debes una.
Tendido en la cama, sin libro entre las manos (ella perpetra su lectura como cada noche), necesito mirar al techo, soltar el pensamiento, prisionero todo el día de la prioridad espacial y física. Cuántos objetos tenemos y cuánto pesan: mogollón. Los libros: por favor, tenemos que desprendernos de unos cuantos. Pero si nadie los quiere ya. Ni las bibliotecas. ¿Seguro? Por supuesto, mucho más fácil desprenderse de los ajenos que de los propios, qué cara tengo. ¿De verdad he comprado todos estos libros?

Sí: ha sido un placer indescriptible dejarse llevar por el vicio, razonablemente inocuo. Y detecto una línea de separación: los de antes de vivir aquí y los adquiridos en los últimos 20 o 25 años, bastantes de los cuales no he leído aún. Imposible hacerlo con un trabajo agotador y dos niños pequeños. Leídos por deseo y por posesión hasta que los lean los ojos, retorno deseado al paraíso del que salí para bregar con el futuro. Ver sus títulos en el lomo al pasar frente a ellos tantas veces, en el fragor de los días. Por fortuna, van cayendo poco a poco. Pero tengo que enfrentar la realidad. Algunos quedarán sin leer…
El primer round ha sido por el espacio que ocupan los libros.
—¿Por qué no pruebas con el e-book? —soy yo el que habla.
¿Me pasaría yo al e-book con el tipo de libro que leo? No creo. Pero no se trata solo de los libros. Hablamos de objetos que han pasado físicamente por nuestras vidas. Las primeras cajas se han llenado de libros y de fotos expuestas, de recuerdos de lugares visitados. Porque el mundo siempre nos ha llamado y nos llevamos un poco de cada sitio, trofeos incruentos de conquistador, el mito de los lugares deseados, su supuesto exotismo, la maravilla de descubrir juntos, primero solos, después con los hijos, primero de cámping, ahora en avión: viajar juntos, crear recuerdos. Qué hacemos con esa caja enorme llena de mapas, de cuando no había o no estaba tan desarrollada Internet.
—Uf, no vamos a ponernos a mirar ahora. La dejamos para la próxima y lo vamos viendo. Pero hay que aligerar. Esto es agotador, ¿verdad?
—Sí lo es.


La vista recorre montañas de objetos descolocados, cubiertos por plástico protector. En cajas sueltas (escasas), los libros que ya han encontrado destinatario fuera de casa. Aligeran algo, pero… La estantería del salón, el diccionario de Espasa Calpe en 8 tomos en donde consulté y aprendí el vocabulario que conozco. Ese sí que es un gran trofeo. Y sus lomos se asoman a mi vista todos los días. Cuando la pintura esté terminada, me prometo sentarme en el sofá a consultar algún término. Como en tantas ocasiones, el mero pensamiento de algo gozoso tira de mí hacia delante (cuántos sueños, deseos luego transformados en realidad física me han acompañado, me han traído hasta aquí. Tú lo entiendes, ¿verdad?, aunque sea imposible explicártelo en medio de este zafarrancho).

Otros libros pesados, enormes, de estantería de salón de casa de padres, “Dreams of India” y » Monsoon», hermoso recuerdo que trajimos en la mochila del viaje de recién casados por el sur de India, dos pesadísimos tomos de montañas del mundo, de fotografía, de rock and roll, de televisión, de arte, encuadernados de lujo, objetos con los que detenerse. Aguantan la pedrada de esta nueva ronda de pintura. Algunos incluso mejorarán posiciones en la estantería del salón cuando el pintor haya acabado. Han conseguido sus quince minutos de gloria al ser manipulados, uno a uno, y evocar así el tiempo y la circunstancia en que llegaron a nuestras manos. “Dreams of India” me lleva en un eterno minuto de recreación (¡vamos, que queda mucho! Ya, es que es tan bonito. ¿No te acuerdas?) por los campos de té del sur, nuestra luna de miel, botando en autobuses. Final feliz para mi búsqueda que hoy pervive, mientras resoplo y rebufo. Tú sigues leyendo en la cama. Hoy dormimos bien los dos.
Los días no pasan en balde. El humor varía. Me gustaría que le dedicásemos energía similar a otras cosas, menos físicas. Ya. No es el momento de hablar de esto. La emprendo con más cosas: ahora son los CDs.
—Y los DVDs, para qué los queremos —por supuesto, quien habla es ella.
—Ni lo sueñes. Hay unas pelis que me dan igual, pero otras son unas joyas, con ediciones muy chulas.

Asociado al DVD y su carátula, el poder supremo de verlo cuando quisieras, cuando las películas se habían tallado en tu conciencia emocional una a una y, quizá también, porque les dedicabas el tiempo y la atención para maravillarte con ellas, en el cine. Reencontrarte con títulos de tu vida en DVD fue una gran fiesta de los sentidos. Podría soltar algunas recientes, pero hay muchas que no. Fin de la no-discusión.


Y CDs irresistibles, como el No Secrets de Carly Simon, que ahora escucho con placer indescriptible, reconociendo las hechuras de los temas, sus arreglos, sus conexiones con Carole King, no tantas con Joni Mitchell (las tres, sin embargo, objeto de uno de los libros que también pasan por mis manos estos días el examen: “Girls like us”). Un ejemplar en vinilo de No Secrets circuló, como tantos otros discos (se prestaban y, a veces, se “perdían”) por mi casa en el despertar de los 15 años, cuando los hermanos compramos colectivamente un tocadiscos en 1974 que sería el vehículo de la emancipación. Carly lucía despampanante, libre y hippy en la portada. Te puedes quedar, Carly.

Cómo desprenderse de un disco como el tuyo, o como el maravilloso Thick as a Brick de Jethro Tull, la portada convertida en un periódico ficticio de varias páginas (por cierto, este lo tenemos repe) que me lleva al triste otoño del 73, que el mundo recuerda como la crisis del petróleo y para mí fue el ingreso en la melancolía sin remisión, o como tantos otros, caso por caso. Hay un vínculo innegable entre cada objeto, sobre todo discos y libros, y su razón de estar ahí, la búsqueda infatigable de un momento concreto (ese ejemplar del Ulises de Joyce en inglés de Penguin en la librería Miessner, de la calle Ortega y Gasset, comprado a los 20 años por desafiar al mundo, nada más).
Sí, hay demasiadas cosas en casa. Podría vivir sin muchas de ellas, lo reconozco. Pero no termino de arrancarme. Cada DVD, cada libro, cada CD, los mapas, los recuerdos de tantos lugares han sido nuestro combustible vital. Los hemos absorbido en su respectivo tiempo, la suma de los cuales nos ha traído hasta aquí y, la verdad, estás estupenda. Y yo tampoco estoy nada mal. Nos hemos dejado envolver noche tras noche en historias de cine, antes en salas, ahora casi siempre en casa, arropados en la cama por páginas blancas, tan distintas las tuyas de las mías, nuestros oídos mecidos por un sinfín de grupos, en vinilo, CD o cassette, hemos grabado selecciones musicales manuscritas, únicas. Todo en cajas. Sí, como las cosas que se venden como restos de vidas anónimas en los rastrillos. Ojalá las nuestras tengan otro destino.

Cajas de cartas (¿cómo tirar una colección de cartas?), bolígrafos BIC conservados e identificados de 1976 (“porque aquel fue el verano de…”), la entrada del cine donde vi por primera vez «Easy Rider», que la acababan de estrenar, imágenes de fotomatón en las que parezco un delincuente. Y las cajas de fotos en donde se guarda todo el camino hasta aquí. La última vez que pintamos la casa fue hace doce años. ¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Cuánto han variado las fotos de la estantería del salón, las “privilegiadas”? Alguna nueva se ha ganado el sitio muy a nuestro pesar y ayuda a reflexionar sobre el paso del tiempo. Podemos parar unos instantes, al recolocarla sobre la estantería, junto a los libros limpios de polvo, y aceptar que la vida, para bien, solo puede ser así.

El pintor continúa sin descanso, día tras día, estancia tras estancia. Nosotros tampoco paramos: desmontando, limpiando, recolocando. Qué gracia, una noche juntamos los labios, luego nuestras cosas, nuestros discos, que ahora forman torres sobre el suelo. Algunos eran repetidos. Ahí siguen, juguetones y duplicados. Otros más los aportaste tú. Yo tenía muchos casetes grabados. Por favor, que dure este amor, combatir el fatalismo. Aquella cinta ”La noche y el tiempo” que me regaló un amigo justo entonces para convertirla en banda sonora de nuestra historia de amor. O quizá debería decir, mi historia de amor. Porque era yo quien la escuché tantas veces en aquellos días buscando los resquicios para amarrarte definitivamente a mi vida, la poesía que brotaba sin fin de nuestros encuentros. Tu olor me acompañó hoy hasta la oficina. ¿Tienes reflejos rojizos en el pelo? ¡Aún no te he visto lo suficiente a la luz del día! Sería tan bonito juntar nuestras cosas. Ah, apenas tienes libros aquí. Claro, vives en un piso de estudiantes. Los otros están en casa de tu madre, en Asturias. Pues yo tampoco tengo muchos, y eso que me gustan. Demasiadas mudanzas, me temo. Bueno. Tampoco leo tanto. Y qué más da, ven aquí. Posa para mí. Voy a hacerte mil fotos, retratar el paisaje de un mundo contigo. Las conservaré, las clasificaré, pienso hacerte tantas, las guardaré en cajas. Así podré recordar siempre cómo eras cuando nos conocimos. Y escucharé la cinta.

Limpio con la bayeta ecológica cajas de fotos y cientos de casetes, imposible revisarlas ahora. Esperaré al verano, como siempre, mientras tú estás lejos y yo aprovecho para juntar pasado y futuro en unos días de soledad. Abro una caja y lo primero que sale es el torbellino de ti. Aquel día del Campo del Moro, posando por la mañana en las escaleras de mi casa de Latina, que pronto sería la tuya. La foto me habla desde las manos, el papel encaja tan bien, te acaricio con el dedo. Física. Porque te he navegado sé que existes. En cada foto reviso el tiempo mítico de la fundación del mundo. Esta vez sí: era el paisaje definitivo, las montañas y los valles, los mares y las costas se gustaron así y alumbraron la vida que quedó. Fotos en blanco y negro que aparecían como por magia en la cubeta del revelador y marcan una época de oro: así éramos, así fuimos. De aquello quedan muchos rastros físicos. Me persiguen durante la larga semana que dura la pintura de la casa. Libros leídos, otros sin leer, que me transportan al momento clarísimo de la vida en que se cruzaron en el camino.

Las cartas que guardé. Me basta verlas en su caja, echar un ojo rápido, reconocer algunas caligrafías sobre los sobres dirigidos a un tal CH. Decenas de cartas, lo que supone que CH escribió, al menos, el mismo número de ellas, seguramente bastantes más. Cada una de ellas era una conversación en las nubes con un destinatario o destinataria. Palabra escrita y sueños volcados desde muy temprano. Solo rompí unas pocas. Muchas veces me he arrepentido. Una debilidad tonta pues todo fue parte del camino hasta aquí.
—Sí, cariño, termino con estas cajas y me pongo con los discos, que el pintor ya ha acabado en este cuarto.
Hace años que no miraba para ellas, las cartas, torrente literario de deseos, expectativas, frustraciones, emoción. Cartas recibidas y guardadas, a veces, hasta el día siguiente para degustarlas, porque habían llegado al fin, otra vez lo físico, habían viajado en tren, en avión, venían de otras manos, las tocabas, las mirabas y, por fin las abrías, con su carga de prospección, emoción, planes para el nuevo verano irlandés (nos veremos en París, el día tal a las 12 en la parada de metro de cual), o bien relataban desilusión por una oportunidad malbaratada, reconducida a duras penas a través de la correspondencia. Quién sabe dónde estaremos dentro de 40 o 45 años. Pues justo donde estoy ahora, en pleno zafarrancho físico, apilando y desapilando la vida, feliz e incrédulo de mantener alguna de aquellas amistades vivas y próximas, de todas ellas el recuerdo muy claro de lo vivido.
Cuando el pintor termina el trabajo, se te ve contenta. Cada uno ha encontrado en la semana lo que buscaba. Qué bien ha quedado todo. Hemos regalado varias cajas de libros tochos. Pervive el compromiso de aligerar los armarios. Volvemos a leer por la noche los dos. Por cierto, antes de que te pongas con tu libro, te tengo que contar: en esta semana me he dado cuenta de que todo es físico, así ha sido siempre. Tú, la primera montaña del nuevo mundo al que yo llegué, vagabundo.


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