BLOG DE LAS NUBES

Comunicados sin importancia de Carlos Herrán

Adiós, Franco. Hola, vida

Mamá se asomó al cuarto. Era pronto, seguramente las siete de la mañana. Seguro que llevaba despierta un buen rato y lo habría escuchado por la radio.

—Se ha muerto Franco. Hoy no tenéis clase. Van a dar una semana de vacaciones.

Con dieciséis años y un examen de Física de COU a las ocho con el “Coleta”, un cura que no llevaba sotana y que era endiablado de pillar, lo primero que sentí fue alivio. Me pasé la mano por el pelo, un gesto inconsciente. En la cabellera, que me había cortado atendiendo a mi madre por última vez en septiembre, crecía toda la fuerza, la potencia que después sentiría como inherente a la edad, sin ningún otro mérito o atributo que el de ser rabiosamente joven, incluso antes de serlo, un cuerpo adolescente que no ha terminado de crecer.

—O sea, que no hay cole hoy.

—No. Os podéis levantar más tarde.

Un rato más en la cama, al calor de la protección parental, en la casa  en la que todo lo  das por sentado, porque es lo natural, pues nunca se te ha ocurrido aún buscar fuera la realidad de otros hogares.

En la cara de los adultos, de mamá, puede que se colara alguna arruga de más, provocada por la incertidumbre del momento. Mis hermanos mayores iban a la universidad. Mi hermana mayor ya había terminado. Tenía 25 años. Y la siguiente tenía un novio abogado que conocía a otros abogados. Seguramente llegó tarde a comer o es posible que llamara para decir que no venía, pues tendría mucho que hablar con esos amigos suyos, que estarían excitadísimos por la noticia.

El teléfono no descansó en todo el día. Por la mañana, mamá hablaría con papá, que estaba trabajando, como todos los días, en la fábrica; con su hermana más próxima, también, amiga y compañera de trayecto. Por la tarde, los hermanos nos peleamos para hablar con nuestros amigos más cercanos. Qué suerte que mi hermana, la novia y amiga de abogados, se la pasó toda fuera. Porque cuando ella cogía el teléfono ya te podías despedir.

El día transcurrió con los mayores pegados a la tele y a la radio. Yo me agarré a la guitarra, mi única novia por entonces. Y quedé con mis amigos del grupo de música en que aprovecharíamos aquellos días sin clase (¡extrañas vacaciones!) para comprar las planchas de poliuretano blanco con las que acolchar las paredes del cuartucho, el trastero del piso, que mis padres me habían cedido, previa petición envuelta en la más exquisita diplomacia, como local de ensayo para el grupo de música que acabábamos de crear mis amigos del cole y yo. Allí se almacenaba la leña para la chimenea que tan solo unos años antes, años de infancia aún, encendía mi padre los días de mucho frío, con gran regocijo de todos. Mandaba a subirla a mis hermanos mayores, que siempre rechistaban y tardaban lo suyo en traerla.

No sé si solo ocurre en todas ls familias o solo en las numerosas: en la mía, niños educados con suficientes medios se cobraban en paciencia de sus padres la realización de tareas necesarias para todos. Ir a por el pan, poner la mesa o recoger los cacharros de la comida costaba un sufrimiento a mi madre. Y no era para tanto, jopé. Más bien, entre todos los miembros de la familia se dan unas relaciones de amor y competencia que se manifiestan así: con peleas, gruñidos, quejas, te toca a ti, tú no has colaborado, ya está bien. Y la madre se encuentra al cabo de todo esto, ventilándolo mientras saca adelante la casa.

Yo me había librado, junto con mis compañeros de clase (y de grupo de música) del examen de Física. De repente, ya estábamos en COU, en la rama de ciencias. Habían pasado 11 años desde que fuimos «párvulos» corazonistas. Los curas del Sagrado Corazón (nos creíamos únicos, pero luego decubrimos que había más «corazonistas» dispersos por ahí. Al parecer, los recursos de la Iglesia para nombrar a las distintas órdenes religiosas son limitados) tenían fama de ser duros y formar bien para carreras técnicas. En COU se veían asomar por primera vez pequeñas protuberancias o tendencias ente los compañeros de clase. Por ejemplo, el profesor de Lengua nos había pedido unas semanas antes una redacción sobre el tema“Política y políticos”. En semejante fecha (cuando aún no había muerto Franco), sin duda, toda una prueba de madurez para saber qué tipo de alumnos tenía enfrente, a pesar de que se orientaran a Ciencias.

Acabábamos de vivir la “marcha verde” de Marruecos, llamativa porque no era fácil de entender que unos cientos de miles de personas, pobres como las ratas, hubieran obligado a España a entregar a Marruecos el Sáhara, ese lugar a donde había ido a hacer la mili algún profesor seglar que habíamos tenido en años precedentes. También habíamos vivido las ejecuciones del 27 de septiembre y sus repercusiones internacionales, como la quema de la embajada española en Lisboa. Es decir, sí había materia para empezar a preguntarse qué pasaba ahí fuera.

Fue un gran reto extraer argumentos de mi cabeza adolescente impresionada por lo que estaba pasando, pues no conocía apenas ninguna realidad política. Pero debí hacerlo bien, porque el profesor me jaleó mucho la redacción, con gran sonrojo por mi parte ante la clase, y dijo que estaba como para publicar. Aquello me ayudó a entender que me gustaba buscar. (Varios años y numerosas tempestades después, dejé los estudios de ingeniería por los de periodismo).

Pero, también, mis amigos y yo habíamos arrancado el curso con la mente puesta en el rock, el grupo que habíamos decidido arrancar, que se llamaría Orujo. Se rumoreaba que el último disco de Pink Floyd, después del “Dark side of the moon, era todavía mejor. Y salía en Londres por aquellas fechas, algo más tarde, como siempre, en España. Pero ya el márketing se abría paso entre nosotros (traía un poster, postales y alguna cosa más) y las radios nos lo colocaron a fondo. Se llamaba “Wish you were here” y, al parecer, iba dedicado al antiguo guitarrista del grupo. Eso, que debía haber sido una mera anécdota, trascendió, como todo alrededor de ese disco y, después, de muchos otros discos, a la cultura popular. En ese momento nadie podía imaginar que la música pop y rock se convertiría en la banda sonora de nuestras vidas como forma omnipresente de compañía, para elevar en un mundo que solo sería capitalista la sucesión de momentos llamados vida.

Mis amigos y yo nos pertrechamos así, sin saberlo, para hacer frente a la cordillera de la adolescencia. Nos emocionaba la música, aprendíamos a toda velocidad a sacar sonidos a la guitarra. En esos días de vacaciones imprevistas nos organizamos para preparar el cuartucho como local de ensayos. Compramos las enormes planchas de poliuretano en un local en algún lugar entre la plaza de la República Dominicana y la Plaza de Cataluña. Y las acarreamos a pie desde allí hasta mi casa, por toda la calle General Mola, que en seguida cambiaría a Príncipe de Vergara.

Las clavamos lo mejor posible sobre las paredes del cuartucho, alcayatas de acero que se resistían a perforar hormigón. Pronto quedó empapelado de blanco y nos sentimos autorizados a meter ruido. Contábamos con la batería que habíamos comprado al padre de “bolita” Fernández, que tenía una pastelería en la calle Eugenio Salazar y que había tocado de joven en una orquesta. Nos preparábamos para despegar, como el resto de los españoles. Solo que nosotros teníamos 16 años y una vida sin gastar. Apenas unas semanas después, la nochevieja de 1975, actuamos por primera vez en un lugar excepcional: la sinagoga de Madrid. Un amigo de nuestro batería era judío y nos consiguió una actuación en la fiesta de año nuevo que iban a celebrar los jóvenes de esa comunidad allí. Empezamos 1976 tocando Jumpin’ Jack Flash y Sympathy for the Devil, pura esencia rollingstoniana, en una velada recortada a dos temas porque los bafles se estropearon. Pero estuvimos sobre el escenario el tiempo suficiente como para comprobar el efecto que generaban unos músicos sobre el público femenino. Todo ello, por supuesto, en versión amateur.

Pasaron los siete días de vacación, que solo más adelante interpretamos como el tiempo que ganaba algo tan adulto y marchito como el régimen franquista para controlar mejor cualquier atisbo de desorden público, mientras intentaba ajustarse sus propios resortes y mirar al futuro sin morirse de miedo. Y el viernes de la siguiente semana nos cayó el examen de Física, como estaba mandado. Fue difícil, podríamos decir que jodido, y nos quedaba la excusa de que no estaba claro que fuera a haberlo. Pero lo hubo. Y llegaron las vacaciones de navidad y a primeros de enero se estrenó en el cine Infantas la película “Easy Rider” – “Buscando mi destino” y allí la vi el día de Reyes, con la chica con la que había bailado en la sinagoga unos días antes. Fue la primera de un montón de veces, deslumbrado por el viaje y la carretera. Y a la vuelta de vacaciones, en el autobús 51, cayeron en nuestras manos las primeras pesetas, rubias requeterrubias, con la efigie de Juan Carlos, algo más tarde los duros, las de 25, las de 50. No las queríamos soltar en la panadería, en el autobús, en el quiosco. Franco había muerto. Se notaba hasta en las monedas. No ponía nada de que Juan Carlos fuera rey por la gracia de Dios. Empezaba nuestra transición, catapultados hacia la vida adulta.

2 respuestas a “Adiós, Franco. Hola, vida”

  1. Avatar de Juan Luis Castro Fernandez
    Juan Luis Castro Fernandez

    enhorabuena !!!! Me he sentido en regresión!! Un abrazo

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    1. Muchas gracias, Juanlu. Aquellas primeras semanas después de Franco fueron un huracán de novedad. Vosotros empezábais en la granja de Alhaurín. ¡Todo era tan nuevo….!

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