BLOG DE LAS NUBES

Comunicados sin importancia de Carlos Herrán

UNA NOVELA Y UNAS CANCIONES

DE CANCIONES Y NUBES

La noticia ha corrido como la pólvora. El músico y la camarera han cruzado al otro lado. Novella ha concluido con éxito su misión: salvarlos del olvido y de quienes querían hacer de ellos píldoras de felicidad. El mundo escuchará la canción de las nubes, la que ellos han compuesto cantando por separado desde sus respectivos escondites durante tanto tiempo. Ahora se exhibirán juntos, sintetizadas sus voces en nuestra cabeza de lectores. Responderán a preguntas de la prensa, quizá incluso de algún programa de televisión interesado en contar historias con final feliz. En cuanto pase un poco, las autoridades los mostrarán abiertamente. Los veremos pasear por ferias y campos, libres al fin.  Quizá se agarren de la mano para las fotos, sonreirán algo aturdidos, buscando en cada ocasión el objetivo que les reclama, se apretarán la mano en los momentos de mayor desconcierto. Todo lo harán de buen grado, pues su odisea ha terminado. Las autoridades guardarán el silencio que corresponde sobre su extracción. Las preguntas versarán sobre los peligros corridos, los innumerables intentos de cruzar las líneas hasta la seguridad de la realidad. El mundo querrá saber por qué su odisea fue tan importante para nosotros.

Ya los veo en conferencia de prensa, en donde yo seré un periodista más, para guardar las apariencias. Mi editor me encargará un reportaje especial. El Blog de las Nubes se llevará otra exclusiva de época, pues completaré la redacción gracias a mis contactos en Novella. Quizá Ruth esté presente, disfrazada como ayudante de cámara. Quizá Ramiro nos observe a la salida del Hotel Palace, cuando salgamos en tropel para seguir haciendo fotos y preguntas en el exterior, tan cerca del Congreso que no hay peligro de ningún intento de secuestro por parte de los sicarios de Kink. Lo imagino con su boina, sus gafas gruesas, el mentón apuntando a su meca, Arrigunaga, en Getxo, sentado en un banco al sol, bajo la apariencia de un jubilado que ejerce en la mañana. De pronto, la nostalgia. Todo el camino, la búsqueda, la espera, las crónicas desde el Blog aguardando este momento. De repente creo añorar las primeras crónicas desde el Norte, desde Cristianía, desde el otro lado del puente de Oresund, en Malmoe. Qué extraña búsqueda, un blog que hacía periodismo del alma, la emoción de ser reclutado para la valiosa labor de cruce de personajes al otro lado. Y el mejor mugalari, Ramiro. No recuerdo la última vez que nos vimos. Quizá fue en el muelle de Santa Mónica, en la noria del parque de atracciones, como en la película “El tercer hombre”. Ahí ya había aceptado que su amor platónico y físico por Ruth no prosperaría y me hizo creer que yo sí podría tenerla un día. Solo ocurrió una vez, una noche, en los Andes, aunque el texto del Sortilegio (“Sortilegio de los Andes”) se empeñara en mantener la duda sobre si fue un sueño. Es lo que ella pretendía, sí, pero se le escapó una palabra de amor, fue más allá del sexo. Por eso sé que fue de verdad. Las palabras de amor no pueden cruzar del espejo a la realidad, ninguna inteligencia artificial puede recrearlas como se pronuncian en el oído de la persona amada. Me alimentaré otros mil años de aquel encuentro ( que se describe en la pieza “América”)  ¿Y ella? ¿Acaso no quedó atada a tierra como yo en aquel camastro, por primera y quizá única vez, antes de volver a su escondite, a la acción guerrillera? ¿A cuántos ha ayudado a cruzar desde entonces? ¡Cuánto me presionó para que me involucrara más! Pero siempre he sido demasiado anárquico. O displicente. O, simplemente, no podía más en aquellos años. No hay más que revisar la hemeroteca  (“Pretender”,  Óxido”, “La libreta”,  “La voz y la montaña”, “Viaje a Ítaca”, “ La tempestad”, “La brecha”, “Central Park Txiki”, “Piazza Navona” o “Ulises en Cádiz”, en la que el tono apuntaba a despedida, entre otras) para asimilar todos los años y curvas que ha traído esta carretera. Las fechas de los artículos, la densidad que respiran sus lecturas me sorprenden ahora que, de repente, se ha impuesto la paz.

El espejo dice que los años me han curtido, pero también se han llevado lo suyo de músculo y resistencia. En la foto de este rescate quieren que salga un poco, que dé la cara, contraviniendo las reglas básicas de la organización. Al parecer, con el músico y la camarera ya a salvo, ya no intereso a Kink. Pero eso es mucho suponer, porque yo sigo recordando. Lo recordaré todo, dije una vez, y empecé a hacerlo, y a ser perseguido por ello. Buena parte de la memoria queda ya a salvo con el rescate del músico y la camarera. Sí. Pero tengo más cosas que contar. No quiero dar pistas.

Aunque, mientras escribo estas líneas, tengo la sensación que ya es de nostalgia de los años y las leguas, de las campañas y conflictos superados, la permanente búsqueda de la belleza y de la felicidad en este acompañamiento que es el Blog de las Nubes.

Han sido muchos años de dudas, fe, búsqueda, miedo y satisfacción, de pelear como una bestia para mantener viva la célula a este lado, guiado siempre por mi instinto, que personificaba el editor-redactor jefe en misiones escasas de sentido, pero llenas de magia. He aprendido a bucear en la memoria y recrearla. Siento la pena del adiós al músico y la camarera. Me han acompañado por Sevilla, Cristianía, Malmoe, Cádiz, San Sebastián, Roma, Etiopía, Los Andes, abrochados a recuerdos que ellos contribuían a convertir en creación. Durante muchos años he vivido una auténtica búsqueda de joven hambriento de vida, conectado a mis personajes. Me han sobrecogido, me han enamorado. He sufrido con ellos los excesos románticos que yo mismo les procuraba. He temblado al escribir las letras de las canciones que me llevaban a un tiempo y a un universo imaginarios, pero que mordían como muerde la soledad. La canción de Las nubes acumuló condensación antes de poder darla por terminada. Cada verso tenía que ser encendido, mirar aún más arriba, si yo pretendía que estuviera a la altura de una historia novelesca que nacía precisamente con su existencia real,  como canción compuesta, interpretada, grabada. ¿Qué pasa si una canción escrita desde la cima del amor regresa cuando la vida ya está construida? Puede ocasionar una media sonrisa, algún temblor y resignación, puesto que la recibimos desde el futuro que se creó con todo lo que vino después. Para alguien en extremo romántico y en crisis, puede suponer una invitación a la revolución. De ahí nace toda la historia del músico y la camarera.

Todo ha valido para vivir esa vida paralela. De pronto, en aquellos años tan ricos de trabajo, de crecimiento, de crianza, de vida a pleno rendimiento, encontré una misión épica que no tenía nada que ver con nada profesional. Y a la vez que me agotaba en los días de escritura intempestiva, progresaba a saltos y pensaba en la obra interminable sin saber que era, simplemente, interminada. Duramente rebajado por el desgaste de toda esa realidad laboral y familiar, emprendí, aun así, nuevos aprendizajes. Estudiar música en horarios imposibles, escribir en huecos aún más impracticables. Lo hacía con la felicidad del iluminado que tiene una misión.  

***

Una noche de aniversario se lo conté, a quién si no, en aquella cena regada de vino y de deseo de futuro, de confirmación de lo nuestro. Sentía la pulsión renacida de ciertas cosas, algo que me costaba concretar, anteriores a ella. La vida viajaba entonces por encima de las nubes, a altitud de crucero. Todo parecía sólido, a la vez que endiabladamente complicado. La vida es así. Pero no bastaba. Una noche, cantando una canción a mi hija para dormir, pensé en qué ocurriría si todo lo anterior a ese momento volviera de golpe, si la canción no fuera tan inocua, sino que fuera un canto lleno del pasado que me había conducido hasta allí. Así empezó todo. Así comenzó la historia de una historia que hoy cruza por fin al otro lado. La historia de las nubes y de una canción.

En el fondo, las nubes son parte natural de nosotros. Espejo de la vida sobre la tierra, reflejo de la mutabilidad permanente, algo tan real e inalcanzable como los sueños. ¿Quién no ha querido agarrar una nube? Pero no esas de lluvia o la niebla, cuando te envuelve, sino las de algodón que se recortan en el cielo en un precioso día de primavera, aunque de mayores ya sepamos que todas las nubes son agua.

En la mitad de la vida, aunque estés bien situado, no puedes ignorar de dónde vienes. Algunos sienten nostalgia de todo, incluso del verano que va a empezar. Y sienten así desde siempre. Mi joven compuso a los 20 años una canción llamada así: “Nostalgia del verano” escrita en mayo. El lector habitual del blog de las nubes reconoce ya la importancia de esos quiebros en momentos concretos pasados que afloran y se mezclan con el presente para crear una pieza nueva.

El momento en que me reclutó el flautista de Hamelín (“Lafsalonsón”), aquella curva en una carretera de Asturias, a lomos de una Vespa, en que tomé una decisión (“Tarde en Itapoa”), el reconocimiento y agradecimiento a un amor anterior (“Alma”) que fue pista para llegar al presente desde el cual arranqué la escritura del blog, con un sentido homenaje a las lecturas de infancia (“El mejor abril”). La dolorosa metáfora con la que se abre el blog (“La flor de la pita”) o la experiencia intensamente humana de acompañar y despedir en una residencia (“La residencia y los montes”). Casi todas las entradas del blog responden a un momento pasado que aflora en un presente y entre los dos intentan agarrar la nube que pasa sobre ambos. Pero ¿por qué el blog? Antes del blog estuvo la historia, la novela que nacía para contarla.

Me entregué durante múltiples madrugadas y madrugones de fin de semana a una escritura discontinua pero ilusionada sobre un músico y una camarera y un paraíso terrenal de donde fuimos los tres expulsados, amortiguada la salida por las nubes que inspiraban a los personajes en su búsqueda de algo superior. Al concluir, después de seis años fundamentales en la vida de mis hijos, sentí un inmenso alivio. Ya está, he cumplido conmigo. Pero, ¿y el mundo? ¿Qué tiene que decir el mundo? ¿Cómo llevo al mundo este paseo que me ha tenido feliz y en vilo, con una misión, durante seis años? La peripecia solo existe al otro lado del espejo. Necesito un campeón que la traiga a este lado, que se enfrente a todo aquello que obra para evitar que unos hechos se instalen en la memoria. Necesito alguien que tienda un puente, que me convierta en península. Pero eran los años más oscuros. Al cajón, por pura supervivencia, mientras desarrollaba la parte de las canciones. Cuando estas estuvieron maduras, la releí y me hundí en el abismo: no estaba bien. La historia del músico y la camarera había que reescribirla por completo. Y llegó la pandemia. Y en el tiempo suspendido de aquellos días tan atroces busqué y rebusqué hasta encontrar una vía. Y la encontré. Esta vez sí, lo sentí. El resultado es el que ahora se convierte en papel y ya ha comenzado a diseminarse.

Ya se puede leer y escuchar en papel, en un hermoso objeto de papel de EOLAS Ediciones, «DE CANCIONES Y NUBES».

N.B. Las canciones de la novela, “Las nubes”, “El espacio”, “Cinco minutos” y “Acordarse de ti” están disponibles en cualquier plataforma. Busca DE CANCIONES Y NUBES – CARLOS HERRÁN y las podrás escuchar. Muchas gracias.

Deja un comentario