BLOG DE LAS NUBES

Comunicados sin importancia de Carlos Herrán

RODRÍGUEZ

Es mi hija quien lo menciona, como sin venir a cuento, en un momento cualquiera del maravilloso viaje en el que estamos embarcados la familia al completo por tierras llenas de prodigios, en Chile.

               —Se ha muerto Rodríguez.

               ¿Rodríguez? Ante mi cara de no comprender, precisa:

               —El de” Sugar Man”. ¿Te acuerdas?

               —Ah, sí. El del documental —me resulta más fácil situarlo ahí. El tema de un documental, no la persona. Deformación profesional. “Searching for Sugar Man” ganó el óscar de 2012.

 En la vertiginosa sucesión de días intensos, madrugones, cabos por atar cada noche para el día siguiente, Rodríguez no logra mucha más atención. Si acaso, como quien ve algo con el rabillo del ojo, se aposta junto al recuerdo de otro viaje en familia. Y resulta que es de diez años atrás, el verano en que las nubes se volvieron tormentosas sobre nosotros. Vimos la película juntos, les había puesto en antecedentes de la historia, compré el disco, lo escuchábamos en ruta, que ese año, 2013, era por el sur.  Por aquel tiempo llevaba años embarcado en contar la historia de un tipo cuya vida se había detenido treinta años atrás y que la reanudaba gracias a una nueva búsqueda vital y heroica. Tenía un detector de historias con treinta años de arco y una cuita pendiente.

Así que me fijé en el documental. “Searching for Sugar Man” sigue la pista a un cantante anónimo, desaparecido sin pena ni gloria después de grabar su segundo disco en 1971. Me situé: yo tendría 12 años entonces y Rodríguez 28.  En ese momento, con cincuenta y tantos, me cruzaba con alguien que grabó un disco y desapareció. Tenía algo en común con la historia que yo estaba escribiendo. Un cantante joven que aspira a todo y se queda en nada y despierta treinta años después del letargo de toda una vida adulta. ¿Cuántos discos grabados, cuantos libros publicados, no llegan ni a la primera esquina? ¿Por qué ahora este tipo? ¿Se llama Rodríguez? Suena a operación comercial. A medida que avanza el documental, comprendes que se le busca porque no triunfó en su tierra sino mucho más lejos, en Sudáfrica. Sus temas destilaban existencialismo brotado de rancios tugurios de Detroit. Allí lo intentó, mientras curraba en la construcción. Dejó la canción. Hay quien dice que se suicidó en el escenario, después de una penosa última actuación. Un par de periodistas sudafricanos insisten en seguir su rastro porque su primer disco, “Cold Fact” (1970) fue uno de los más escuchados en aquel país en los años de durísima dictadura racista. Los jóvenes encontraron en la voz de Rodríguez y sus canciones al Dylan local que no podían tener.

De pronto, el documental se llena de luz, emociona mucho más que un melodrama. ¿Pueden los documentales tener final feliz? ¿Qué ocurriría si en realidad no murió, si encontráramos a este cantante perdedor de nombre Rodríguez y rasgos aindiados? No era la mejor combinación para pretensiones artísticas en los primeros 70 en Detroit. Y mucho más allá: si, como parece posible, estaría vivo, cómo sería presentarlo en concierto en la Sudáfrica democrática y multirracial de treinta años después. Sí. Todo ocurre así y emociona. Emocionan las intervenciones de sus tres hijas, acompañando y apoyando a su padre y aportando información clave sobre la personalidad y la vida fuera de los focos de un tipo que, como tantos, soñó con llegar al mundo con su guitarra.  

Rodríguez emerge de la sombra y vemos su figura encorvada caminando despacio, con cuidado, sobre feas calles heladas de Detroit. Suscita compasión y curiosidad. Para entonces empezamos a imaginar que sí hay un final feliz. Con esa sospecha, lo que ya importa más es el viaje. Resulta que Rodríguez ha pasado toda su vida como currante de la construcción. Sus hijas hablan de sus largas horas, de cómo se ocupaba de ellas, de que se instruyeran, de que leyeran. Y escuchas palabras muy bien pronunciadas en boca de todas ellas. Su compañero de tajo lo describe como ese tipo que nunca te dejaba tirado. “Y resulta”, se sorprende, que era un cantante de éxito. “Pero no aquí. ¿Dónde? ¿En Sudáfrica?”. Ese es Rodríguez. Un ser humano rescatado por el presente para calentar el corazón de un país que lo adoró a través de un disco y que va a vibrar al escucharlo cantar en directo unas sencillas canciones de los 70 que se convirtieron en himnos de liberación mental.

               Rodríguez llega con sus hijas a Ciudad del Cabo, no se lo cree aún, ve carteles que anuncian sus conciertos. No tiene banda. Solo una guitarra. En unos pocos días, monta sus temas con el grupo de uno de sus admiradores, que era feliz simplemente actuando de telonero. Apoteosis del hombre sencillo, del deseo de vibrar con un ser humano no contaminado por la industria musical, que le dejó de lado a principios de los 70. Fue un hombre de a pie, como tantos millones, que tiró para delante. Y dio, y obtuvo, su ración de felicidad en Sudáfrica. Sus conciertos se convirtieron en actos de humanidad, de puesta al día, de intercambio de vitalidad y energía entre el público y el hombre que no pudo seguir cantando ni siquiera en garitos de barrio y que, de pronto, se entrega con arrebatadora timidez ante miles de fans enfervorizados solo de tenerlo enfrente y cantar a coro con él los temas sagrados de una juventud vivida bajo las botas de una dictadura racista. Las imágenes de los conciertos son sublimes. Rodríguez, eres tú. Rodríguez, Sugar man. Te han encontrado. Y después qué. Vuelta a la vida, sus hijas, la sencillez elegida. Su rostro indio, su nombre hispano, de vuelta al anonimato de su país, después de hacer felices a miles de personas.

Regreso del viaje y me viene a la memoria mi hija:

               —Se ha muerto Rodríguez.

               —¿Rodríguez?

               —Sí, el del documental aquel, “Sugar Man”.

               —Ah, sí: Rodríguez.

De vuelta en el hogar, escucho el disco íntegro, vuelvo a ver el documental, me lleno de Rodríguez, de esperanza en la raza humana. Diez años después de llegar al corazón de la gente a través del documental, el mundo le reconoce y le llora con una sencilla nota, que no necesita muchas más palabras: RODRÍGUEZ HA MUERTO A LOS 81 AÑOS. Querido y recordado. Con ese titular, cada cual escribe por dentro su necrológica, como hizo mi hija al darme la noticia. Descansa en paz, amigo. Tu vida dio sentido a muchas otras. Gracias por llevar tan alto el apellido Rodríguez.  

2 respuestas a «RODRÍGUEZ»

  1. No recordaba ya cuánto me gustó ese documental. Ha sido un placer leerte y disfrutarlo por escrito y de esta manera nueva.

    ¡Qué bien escribes, Carlos!

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    1. ¡Qué bien que te haya gustado! Muchísimas gracias, Elena.

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